José Sanz - "Cuarentena piloto"


 

 

 

 

 

Si os gusta lo que leéis y queréis poder tocarlo, olerlo, besarlo,

podéis comprar una copia en papel pinchando aquí.

 

Os lo enviaremos una vez termine el estado de alarma.

 

 

 

 

IN GIRUM IMUS NOCTE

 

—¿Se encuentra bien? ¡Ey! ¡Amigo, ey!

Seip sol noc soticeplog sevaus ed rap nu elrad óirruco el es olós recah éuq oralc yum renet on la. Elrailixua redop arap sodnuges nabatlaf el ay odnauc otsuj, abayamsed es euq oiv etnatsni la.

Onamuh are néibmat euq ed adud aíbah on aílamona añartxe alleuqa a esep orep, ortsor us a etneinrecnoc ol ne sodarg atnehco otneic odarig abatse. Arac anu aíbah acun anu rarugif aíbed ednod orep, eseiconoc euq anosrep arto reiuqlauc o omsim lé olres aídop omoc ofromoportna nat are: odazirorroh ódeuq res oñartxe ese ed ogla riugnitsid odup otnauc ne. Secov sañartxe sal ed negiro la odup euq odipár sám ol ózalpsed es, secev sod olrasnep nis, y sip recah ed esanimret orrep le euq a órepse. Abagell ayepotamono a in. Odacifingis odot ed setnerac orep sadalsia sarbalap sod nare. Oditnes aínet on euq ogla óhcucse odnauc orrep la odnaesap oliuqnart abatse.

 

 

 

 

PETRONOR

 

Giró a la derecha y redujo la marcha. El cartel de la gasolinera mostraba el logotipo del Ministerio de Demografía. Aprovechó que la velocidad del vehículo ahora permitía abrir las ventanillas para ventilar un poco. 

El depósito no tragaba más y el contador estipulaba que esos dos litros y medio que quedaban, allá ella si no conseguía que entrasen: pagados estaban.

—A tomar por culo.

Empezó a succionar de la manguera para luego escupirlo en el bidón que siempre llevaba en el maletero. El bidón de agua para mojar una toalla y ponérsela en la frente si le daba una insolación. Ya no lo iba a necesitar más. Era absurdo desperdiciar esos dos litros y medio. No estaba la cosa como para andar tirando el dinero.

—Mamá, ¿qué haces?

Pasó la manga de la blusa por su barbilla para limpiarse la gasolina y le dijo que tranquilo, que no pasaba nada. También le hizo saber que algún día él tendría que hacer lo mismo. Pudiera ser que antes de lo que esperaba.

Al hacerle prometer que lo haría acercó el mechero de forma amenazadora al surtidor. La negativa inicial del niño se convirtió tras una larga espera en una firme promesa.

Tras depositar el bidón en el maletero aprovechó para bajar de forma manual la rampa. Seguía dormida. La nuca chocaba contra el respaldo de la silla de ruedas. La toalla negra cubría frente y ojos. Era imposible que se desvelase pese a tener el sol de cara.

Eligió la trayectoria con menos baches al empujar la silla en dirección al Receptáculo de Prescindibles. Siempre consideró acertado este nuevo nombre: Depósito era inhumano, infame.

El Plan Malthusiano de Control de Prescindibles permitía depositar de forma gratuita en todo establecimiento concertado un anciano por cada repostaje de 25 litros de combustible. Sin largas gestiones ni ningún tipo de burocracia más allá de una rápida verificación del Libro de Familia: llegabas, repostabas, lo depositabas y te ibas. Beneficiaba a las clases sin acceso a Energía Limpia debido a sus bajos ingresos y a la vez incentivaba el consumo 

A 50 metros del Receptáculo un operario que entraba a su turno se ofreció a llevarla él. Le entregó un par de monedas que tenía sueltas en uno de los bolsillos de los vaqueros. Tras darle las gracias se volvió al coche sin mirar atrás.

Al salir a la autovía empezó a trastear entre las frecuencias de la radio del coche. Condujo por espacio de 42 kilómetros antes que el locutor diese paso a As My Mother Lay Lying de Jonathan Richman.

Le empezó a faltar el aire. Sudaba. Se le nublaba la vista.

Le subía un sabor amargo por la tráquea.

Al conseguir parar el coche en el arcén abrió la puerta sin haberse detenido aún el vehículo del todo. Ni así consiguió evitar que el interior de la tapicería se manchase de vómito.

 

 

 

 

 

ASÍ SE BAILA EL SIGLO XX

 

—En media hora lo tendrá en su domicilio, gracias.

A los veintisiete minutos sonó el telefonillo.

—Sí, le abro. ¡Espere, espere! Que es que si no es mucho lío: tiene que ir recto hasta la placita de la fuente y ahí seguir por el camino de la izquierda.

Sonó de nuevo el telefonillo y volvió a abrir. Al timbrarle a la puerta ahí estaba el repartidor de Glovo.

—Es que ya me ha ocurrido otras veces de tener que bajar yo al final a la puerta de la urbanización a buscar al repartidor, menudo jaleo lo de estos portales para los que no vivís aquí 

El aquí llevaba cierto matiz peyorativo, era más una mirada por encima del hombro que una acotación de lugar.

—Lo que no tengo es propina que darte, me vas a disculpar.

—No les quedaban postres de regalo, ¿eh?

—Bueno, no te preocupes.

—No, si lo que han hecho es meter una compensación. Tome.

—¿Qué es esto?

—Ni idea, va con unas instrucciones o algo así dentro de la caja.

Se abstrajo por lapso de lo que tardó en abrir la caja y leer en diagonal las instrucciones de aquello que le había entregado el repartidor. Alzó la vista de nuevo hasta posarla en sus ojos.

—Aquí dice que pulsando el botón ayudaré a una persona cualquiera del mundo.

—Será feng shui de ese, ni idea. Yo solo hago el reparto.

—Sí, bueno.

—Si no necesita nada m…

—¿Se supone que va en serio?

—Tengo que irme, de verdad; tengo pedidos aún por atender y voy ya tarde.

—Ya, ya. Bueno, muchas gracias. Y perdona de nuevo por lo de la prop…

—Nada, guarde cuidado. Hasta luego.

Depositó las tres bolsitas con comida en la mesa de la cocina y se quedó mirando de nuevo el objeto. No dejaba de ser un cubo con un botón rojo en su parte superior. Un botón del estilo de los interruptores de luz que había visto de pequeño en las porterías de edificios de Moncloa y aledaños. Probó a girar la caja y comprobó que el botón podía estar orientado a varios lugares en función de qué lateral hiciese de base. A cualquier lugar salvo a la superficie, que era tocante a la base, puesto que al sobresalir del lateral que ocupaba al apoyarlo de dicha manera quedaba desestabilizado, a la manera de una tortuga paticorta en alguna de sus extremidades respecto a las otras.

Guardó el objeto de nuevo en la caja y decidió empezar a cenar: comenzaba su programa favorito y no soportaba la comida china fría, con lo cual el apremio era doble.

Tras recoger los envases del pedido a domicilio zapeó largo rato por la inmensa oferta que sumaba la televisión de pago contratada a la ya de por sí amplia gama de mierdas que le garantizaba de forma gratuita la televisión digital terrestre. Aburrido de pasar de torneos de snooker a campeonatos de curling, de las transiciones de reposiciones de series de Chuck Norris a las redifusiones de debates de expertos en todas las materias del saber, fue de nuevo a por la caja. Sacó otra vez el objeto y lo puso con el botón orientado hacia su persona. Leyó los cinco puntos que conformaban las instrucciones; de alguna manera el asunto le recordaba bastante a La Caja de Richard Matheson. Aunque en aquel relato ni venía el aval de la Comunidad Económica Europea respecto a lo legítimo del juguete ni era un repartidor de Glovo quien le hacía entrega del mismo.

El primer punto exponía en una sencilla frase, de sintaxis semejante a una galleta de la fortuna, que el fin del objeto, su cometido, era benigno e incluso de índole altruista: pulsando el botón se le procuraba una ayuda a un tercero anónimo. Aquello le resultó igual de tranquilizador respecto a la posibilidad de encontrarse ante una caja semejante a la concebida por Richard Matheson que de ingenuo: qué clase de gilipollas, aparte de un niño pequeño, podía pensar que semejante mecanismo funcionaría. Esbozó una sonrisa mientras ataba cabos entre algunas corrientes religiosas chinas de las que tuvo constancia cuando cursaba COU. Se acordaba de ellas pese al tiempo transcurrido, no por parecerle más o menos interesantes en sus premisas y preceptos, sino por resultarle ya de aquellas justo eso: para gilipollas. El punto cuatro establecía que no había límites en cuanto al número de veces que se podía pulsar el botón. 

“Si creyese en esta mierda me podría quedar toda la noche aquí dándole al puto botón y ayudar a un millón de personas”.

Se quedó con la vista mirando el led rojo de su televisor de plasma. Bien pudiera decirse que estaba pensando en si esa metodología de ayuda aleatoria chocaba contra los preceptos del karma y pudiera llevar al ayudado a tener que sufrir males precisamente por la ayuda venida de esa interferencia en la entropía del sistema, o si, por el contrario, el propio objeto se dedicaba a repartir las ayudas priorizando quién necesitaba más de ellas. Pero no: pensaba que qué coño se iba a quedar él dándole toda la noche a un botón como un mongolo que acabase de descubrir las pajas si, al margen de que eso pudiese ocurrir de veras, que el objeto funcionase, jamás podría ponerse en contacto con ninguno de los ayudados. No daba lugar a un agradecimiento, a una genuflexión bañada de lágrimas. No se podía quedar a tomar un café con ellos ni recibir sus cartas de pleitesía. En resumen: pensaba que para qué cojones iba a ayudar a nadie si no podía hacerse una foto con ellos ni dar cuenta de quienes eran los ayudados. Y sin testimonio sobre su acción, esta no existía a efectos reales.

Decidió irse a la cama.

A la mañana siguiente llegaba tarde a la vista para organizar que el ERE fuese tal y no irregular, por lo que, a toda prisa, al echar el objeto a la basura de los restos de comida, quiso la casualidad que pulsase el botón con el dedo índice. “Pffff”, espetó casi disgustado con que una tontería fruto de las prisas fuera la causante de no haber podido mantener su firme decisión respecto al objeto.

Se introdujo en su BMW y nada más arrancarlo puso Alma de Blues de Presuntos Implicados en el Spotify. “Qué la polla que eran, joder”. El volumen hacía que vibrase ligeramente el ambientador de pino que colgaba del retrovisor. 

Del golpe en la A-6 de regreso a casa no recordaba nada. Despertó en medio de una isleta de asfalto, con la sensación de que la sangre coagulada, si decidía levantar la frente de la carretera, haría que su cara quedase más en el asfalto que en lo que era (o venía siendo) su cabeza. Escuchaba sirenas y voces en rededor suyo. Por todas partes. Pasos rápidos de aquí para allá. Frecuencias de radios de ambulancia y distorsiones de walkie talkie. Ruido blanco. Veía sirenas de hasta tres colores diferentes, confluyendo en una suerte de visión estroboscópica que le recordaba a cuando iba de noche años atrás al Opium.

Se le acuclilló un bombero al lado.

Desde el escaso ángulo que le proporcionaba el rabillo del ojo, todo su espectro de visión mientras la frente siguiese formando un todo con la carretera, pudo distinguir al repartidor de Glovo. Le pregunto si era él y respondió que sí. Le preguntó cómo es que ahora era bombero y respondió que no era momento para explicarle todo el cúmulo de casualidades que le habían llevado de la noche a la mañana de ser explotado a ser funcionario, que había que estabilizarle. Le preguntó también, antes de desmayarse: “¿Tú crees que es posible?”



 

 

 

 

ANTIMATERIA

 

—Coño, sal ya. ¡Y no te olvides la lonchera, maricón!

Así le despedía a diario Sofía. Al gesto bondadoso de desviarse de la M-30 para dejarle de camino al trabajo en el suyo se le unían siempre a modo de coda una serie de imprecaciones de índole garbancera. No era algo hecho adrede ni una coña privada entre ellos: sencillamente sucedía así. Sofía y la calumnia formaban un binomio indisoluble, un binomio chabacano que no atendía a los protocolos de respeto de géneros, sensibilidades, razas ni credos. De hecho, era directamente proporcional el cariño que le tenía a quien fuese a la cantidad de insultos que pudiese concatenar a la persona en cuestión al dirigirse a ella. Ni que decir que al hijo de puta del Mariano le quería al que más.

La despidió con la mano y entró al inmenso edificio.

En el ascensor del ala oeste, de camino al decimocuarto piso, aprovechó como cada mañana a sacar la corbata del bolsillo, desenrollarla y ponérsela. Dentro de lo malo de la obligatoriedad de la corbata, al menos en su departamento era azul y no naranja. Vaya cruz tenían con eso los de sistemas.

—Llego tarde, Mariano. Avisa al jefe. Y a ver qué mierdas es eso que nos tienen para hoy, miedo me dan.

Los lunes el primer mail siempre era de Julio comunicando que tenía que comunicar que llegaba tarde. No fallaba. El Correo del Zar le llamaba. Y luego decía jajajaja y le daba un palmadote en la espalda o le cogía fuerte de los huevos con la mano gritando AYQUETECOMOGGRRRAAAAAU. No le aguantaba y a la vez no concebía trabajar sin él a su lado.

Les reunieron en cuanto vino Julio.

Lo que implementaban era una esfera de antimateria que copaba las doce primeras plantas del edificio y para la que tuvo que habilitarse una proyección lateral anexa al edificio para que diese cabida a semejante armatoste por ser la estructura original del edificio de naturaleza rectangular y de dieciséis plantas y precisar la esfera de un volumen cuadrado dentro del cual poder alojarse. 

Tras irse el director de operaciones entraron los de Recursos Humanos.

El Power Point que pusieron era el dibujo de una esfera con un niño negro sonriendo debajo de ella. En fuente Impacta habían escrito Mirando Al Futuro. La letra O tenía una sonrisa pintada dentro. 

El vocal de Recursos Humanos les dijo que no entrañaba ningún riesgo para ellos el hecho de estar a tan solo dos plantas de distancia del agujero negro artificial de campo gravitacional invertido y que con el curso de ergonomía que les impartirían el miércoles, les darían todas las claves para poder acostumbrarse a las náuseas y los vómitos y a flotar por el techo y que ya habían firmado un nuevo convenio por todos los trabajadores a cuenta de la empresa el sábado pasado en una reunión secreta con la Patronal y los representantes sindicales y los del Comité de Empresa y que no se preocupasen, que lo único que hacía ese inmenso  generador gravitacional inverso es que una hora fuera de la oficina supusiera doce años dentro y que igual esta primera semana notarían algo de picor y sequedad en los ojos, pero que la siguiente ya nada iban a notar, al margen de estar batiendo un récord de productividad nunca antes conocido en toda la historia de la economía de mercado y que qué de tiempo les iba a sobrar para ellos al salir ya con todos sus familiares muertos y que ojito los que fuman con bajarse abajo más de un año por piti.


 

 

 

  

DÉJAMELO CORTO

 

Si un suero de la verdad condicionase la respuesta dada, ésta, sin duda, sería un sí catedralicio. Por supuesto que no todo el día se le iba pensando en cortarse el pelo (también pensaba en la última racha de despidos y en la cita del ocho de mayo con el oncólogo), pero así estaban las cosas. Lo tenía ya largo. Igual demasiado, pensaba en marzo; definitivamente excesivo y en el umbral de no ser cabellos sino crines, le dijo su cuñado en abril. Para mayo la situación le superaba por completo y la sensación era que se le había ido de las manos. No sabía qué hacer con semejante cascada capilar. En las postrimerías de aquello todavía contemplaba, o al menos intentaba visualizar, una comparativa virtual entre su yo de ahora (en todas sus vertientes, es decir: con coleta, con moño, con raya a un lado e incluso con coleta lateral) y su yo potencial, su uberyo.

Su yo potencial era, precisamente, su yo beta; su estado iniciático con el pelo corto. No corto en el sentido de un corte de chico, corto en comparación a la longitud actual de sus cabellos. Por supuesto que también se dedicaba a conjeturar con todo el sufrimiento que llevaba asociada la larga transición del estado iniciático a lo que era ahora, del páramo cabelludo de antaño a la foresta de hoy día. Los recuerdos sobre lo incómodo de algunos peinados insostenibles sin la aplicación de productos profesionales de fijación se le agolpaban en la cabeza de forma distorsionada y magnificada, y de la misma manera que las horas se le pasaban volando en el trabajo refocilándose en ese extraño sufrimiento primermundista (en ocasiones, hay que decirlo, le atenazaba la culpa de estar sufriendo justo ahora por el recuerdo amplificado, en términos de dolor, de un sufrimiento pretérito que miles de personas en situación precaria o insalubre en sus niveles más elementales de acceso a suministros esenciales jamás podrán llegar a entender qué era ese sufrir, con lo que esto creaba una nueva ramificación de naturaleza próxima a lo fractal debida a la total imposibilidad de entendimiento y empatía del primer mundo para con el tercero de forma bilateral: ellos eran incapaces de entender el drama asociado a determinar cuándo y cómo cortarse uno el pelo en la misma medida que ella jamás podría alcanzar a comprender cómo se siente no poder beber agua si se tiene sed), la firme decisión de acudir a cortarse el pelo para trascender su estado actual y poder llegar a ese uberyo iba preponderando sobre la decisión de no cortarse el pelo y dejarlo estar tal como estaba.

La verdad es que aún tenía dudas. Miedo, más bien. De ahí que siempre surgiera alguna excusa para postergar el corte de pelo cuando llegaba el día señalado. Hoy un cumpleaños, mañana unas horas extra en el trabajo, al otro una gripe. Eso aumentaba el sentimiento de culpabilidad por ampliar su autopercepción sobre sí misma como la viva imagen de la indecisión hasta para las decisiones más triviales, si bien al menos prolongaba esos momentos introspectivos en los que se invocaban sufrimientos pretéritos que, por extraño que pareciese, tantísima satisfacción le proporcionaban. Se autoinducía un estado melancólico perenne con tan solo visualizar su pasado más inmediato y esas pequeñas punzadas de sufrimientos derivadas de un flequillo todavía no lo suficientemente largo como para poder llevarlo como ella quisiera.

Cuando llegó a la peluquería no había nadie esperando para ser atendido. Fue a primera hora adrede; tener que esperar a que terminasen con otro cliente hubiera dado lugar a nuevas dudas, a que aflorasen las ganas de levantarse e irse antes de ser atendida siquiera.

—Mira qué cortito te ha quedado.

Al salir y mirarse en el reflejo de la ventana del Lada Niva suspiró.

Ya se estaba arrepintiendo. Ya echaba de menos su pelo. Ya sufría de nuevo.

Ya retroalimentaba a su yo futuro.

 

 

 

 

 

 

 

OXIUROS

 

—Si somos parásitos es porque tú así lo quieres. Dale en frío un par de vueltas a lo de la simbiosis. Si no terminas de verlo claro siempre puedes tomarte el Albendazol.

El trato era tentador. Tendría que sacrificar un par de hechos de esos que das tan por sentados en tu día a día que ni los tienes en consideración justo hasta que te toca renunciar a ellos, momento a partir del cual adquieren visibilidad de cara a que los tomes por imprescindibles cuando evalúas en qué grado los vas a echar en falta. Pero el beneficio era tan grande que desde luego que le daría un par de vueltas a la propuesta. Imagina: no tener que trabajar de nuevo nunca más en la vida y encima disponer de una pensión vitalicia. Lo puto más.

El portavoz de los oxiuros le había anticipado que del picor en el culo durante la vigencia del trato no se iba a librar. Por lo demás ellos le garantizaban que, a ojos del peritaje y las analíticas que determinasen el fallo del Tribunal Médico, podían dar la sintomatología de un síndrome de fatiga crónica sin despeinarse siquiera. Le hizo gracia imaginarse a unos gusanos perfectamente peinados con la raya a un lado. Rápido le quitaron las ganas de reír: le comunicaron que contra algunos aspectos de su naturaleza no podían hacer ninguna concesión.

—Tú estate tranquilo que no te devoraremos el intestino ni nada de eso. Simplemente necesitaremos en diversos momentos de nuestro ciclo vital que nos permitas depositar los huevos en tu intestino grueso para propagarnos a otros seres nodriza. Tú no te preocupes que podrás hacer vida normal sin ninguna clase de problema.

—Y sin dejar de rascarme el culo —respondió él.

—Y sin trabajo. Recuérdalo bien. Te podemos librar de currar si ambas partes respetamos las condiciones que consensuemos.

Joaquín la primera vez que tomó noción de lo suyo, de que podía oír y entender a otros seres vivos, fue viendo la tele. Echaban Rex, un policía diferente y, a resultas de una delación del perro, escuchó perfectamente a su gato maullarle a la tele un “encima de perro, picoleto”. La relación con Miau Miau le permitió descubrir, no sin cierto asombro, que los felinos domésticos, o al menos el suyo, eran extremadamente racistas y bastante ingeniosos de cara a sacar a relucir las taras físicas de otros animales. Animado por esta nueva perspectiva sobre el mundo animal que le aportaba su facultad empezó a visitar con frecuencia el zoológico. Allí comprobó que los pavos reales eran grandes conversadores, las jirafas seres de una precisión extrema en el uso del lenguaje y los delfines poco menos que mongolos necesitados de atención cuyo único discurso era un constante yoyoyoyo.

Lo que le asustó fue cuando empezó a entender a estructuras animales más pequeñas en tamaño, si bien no por ello menos complejas. La primera toma de contacto con aquella cucaracha le descubrió a un ser temeroso para con los demás a causa de sus numerosos complejos por su forma de vida heterodoxa. Un ser sensible al que, tras ganarse su confianza y estipular un listado de comportamientos inadmisibles bajo techo humano y para las convenciones del mundo animal, permitió establecerse en su domicilio. Un amigo, en realidad. Las hormigas le ignoraban; todos sus comunicados estaban encriptados. Llegó a la conclusión de que le tomaban por una amenaza para la Reina, un conspirador que a la mínima intentaría dar con su escondrijo y matarla.

A veces se preguntaba si sería también capaz de oír a las carcomas. Le perturbaba que su don llegase a un punto tal que no pudiera dejar de escuchar a todos los seres vivos, que su conducto auditivo y sus sinapsis sensoriales no descansasen jamás si los organismos microscópicos también se comunicaban. Temía volverse loco. Temía tener que extirparse los oídos. Fue durante un sueño cuando este temor torno en certeza: sí que era capaz de escuchar y entender a seres más próximos a lo monocelular que a lo que entendemos por animales. Unos seres organizados casi a nivel sindical y que tenían una capacidad discursiva y retórica que le sorprendió para bien.

—Sssssh. Atiende. Nosotros podemos liberarte del trabajo.

No fue un sueño. Por la mañana le dolía un poco la tripa y le picaba un mucho el culo. Se rascaba a dolor, a contrauña. Pronto escuchó la voz de nuevo, ya por fin distinguiendo no venía de un plano onírico.

—Soy el de ayer, el portavoz. Qué, ¿lo pensaste?

Sí que lo había pensado. De hecho, llevaba pensando en ello desde el mismísimo momento en que alcanzó a comprender la noción de aquello que se denomina “trabajo”. Lo que implicaba, lo que suponía y la cantidad inversamente proporcional de tiempo y salud que había que dedicarle para el salario y satisfacciones que reportaba.

—Prefiero morir con la mano en el culo que vivir con un trabajo a jornada partida.

Se rio de su propia ocurrencia. Otro tanto de lo mismo hizo el portavoz de los gusanos, puesto que ellos ya no precisaban que hablase. Ahora bastaba con que lo pensase para entenderle: una delegación especial de oxiuros había llegado a su cerebro mientras él dormía.



 

 

 

 



SUÁREZ EL PICADOR

 

Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar entre mis falsos autónomos a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría influir de modo benéfico en el arrebatado carácter de Fandiño y en el fogoso de Rodríguez.

Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos partes mis escritorios, una ocupada por mis lacayos; la otra, por mí. Según mi humor, las puertas estaban abiertas o cerradas. Resolví colocar a Suárez en un rincón junto a la portada, pero de mi lado, para tener a mano a este hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante. Coloqué su escritorio junto a una ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido a posteriores construcciones, aunque daba alguna luz, no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios había una pared, y la luz bajaba de muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una pequeña abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio, conseguí un alto biombo verde que enteramente aislara a Suárez de mi vista, dejándolo sin embargo al alcance de mi voz. Así, en cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.

Al principio Suárez trabajó extraordinariamente. Como si hubiera padecido un ayuno de algo que hacer, parecía hartarse con mis encomendaciones. No se detenía para la digestión. Picaba día y noche, currando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo, encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un trabajador alegre. Pero picaba código silenciosa, pálida, mecánicamente.

Una de las indispensables tareas del picador es verificar la fidelidad de lo picado, script por script. Cuando hay dos o más programadores en una oficina, se ayudan mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un asunto agotador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Cucaña, sentado junto a Suárez, resignado a cotejar un algoritmo de quinientas páginas, escritas con fórmulas apretadas.

Yo ayudaba en persona a confrontar algún encargo breve, llamando a Fandiño o a Rodríguez con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Suárez tan a mano, detrás del biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su estada, y antes de que fuera necesario examinar lo picado por él, la prisa por completar un trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Suárez. En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el monitor y con la impresión en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Suárez pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones. En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve algoritmo conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Suárez, desde la aplicación interna de comunicación, replicó:

 

¯\_(ツ)_/¯

 

Me quedé un rato en perfecto silencio, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis ojos me engañaban, o que Suárez no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.

 

¯\_(ツ)_/¯

 

¯\_(ツ)_/¯ —cortapegué como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos—. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela —y se la alcancé.

 

¯\_(ツ)_/¯ —imitó. Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Los bracitos extendidos haciendo la cuchufleta del emoji. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras, si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo habría despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, habría sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.

 

 

 

 

 

LA BIEN QUERIDA

 

“Porque Alan Turing esto y Alan Turing lo otro y es que Alan Turing tal y Alan Turing cual”.

No sabía por qué decidió pedirle le hablase de la personalidad histórica que más admiraba; de ser perfecta había pasado a parecer una Legionaria de Cristo con el puto Alan Turing de los cojones. Eso no le quitaba encanto. Seguía pareciéndole de lejos la mejor de todas con las que había quedado a través de la aplicación en lo que iba de año. Su trabajo, lo de matar perros en el Instituto de Control de Plagas, tampoco le importaba: no es lo más agradable de escuchar en alguien de quien te enamoras a primera vista, pero puesto en perspectiva tenía su porqué y estaba justificado Además lo había comentado con hastío, muy alejada de la pasión con la que lo hizo aquella otra cita. Aquello sí que le dio náuseas: describía con los ojos muy abiertos y cara de felicidad plena lo que el Instituto permitía hacerles a los perros para “retirarles”, pues ellas siempre usaban ese eufemismo, y optó por ser todavía más prolija al comentar pequeñas argucias que tenía ella para torturarles cuando no había nadie que pudiese expedientarle. A esa no volvió a verla; pudo más la imposibilidad de apartar de su mente semejante crueldad inherente para con los animales que el hecho de que follase como nadie le había follado jamás.

—A mí es que el rollo este de convertir un gin tonic en un huerto, mira, no.

Se rio en alto. Algo que le agradaba y le molestaba a la vez. Le agradaba por lo que implicaba: que ella tenía gracia. Le molestaba por lo que dejaba entrever de sí mismo, algo que le avergonzaba: que tenía risa de subnormal.

—Podemos ir a dar un paseo —propuso él.

No bien habían recorrido dos calles desde el restaurante, dobló la esquina un perro sin correa y, nada más olerla, se embaló en dirección a ella. El dueño iba detrás suyo a bofe descubierto. Gritaba su nombre y en una de esas, probablemente a causa del frío, el nombre fue inaudible del gallo que profirió. Placar no sería el verbo correcto al referirse a lo que le hizo al perro, puesto que no cayeron ambos al suelo abrazados; lo que hizo fue más bien despejarlo. Una espectacular estirada que permitió que el cánido, en vez de impactar contra ella, pasase de largo y en diagonal. Repuestos todos del susto, el dueño aportó la licencia de tenencia de mascotas; ella la estudió atentamente, deslizando el dedo por encima de la superficie plastificada.

—Ya sabe que si me hubiese agredido pasaría de forma automática al Instituto de Control de Plagas, ¿verdad?

 Lo dijo con un aire ausente, a la manera de quien cumplimenta por enésima vez un impreso en el ejercicio de un trámite burocrático. El dueño asintió ante la chica y le dio a él las gracias con la mirada antes de irse reprendiendo en alto al animal, que no entendía nada de todo aquello que había ocurrido. El frío de la noche hacía que todos echasen vaho por la boca. Ella no; ella fumaba sin parar, así que era indistinguible el vaho de la exhalación de humo. Le gustaba que fumase más que él; consideraba en comparación ella hiciese parecer que fumaba casi como una persona de ánimo atemperado y no como un vulgar neurótico.

Siguieron andando por espacio de más de tres cuartos de hora. Él rio fácil casi una docena de veces. Ella esbozó un par de sonrisas no más. Él creía no interesarla. Ella, cuando él ya se resignaba a pensar que jamás sucedería nada y que simplemente era cortés y estaba haciendo tiempo para encontrar una excusa de significante no demasiado hiriente y significado claro y taxativo, se detuvo un momento, posó su mano sobre él y dijo: 

—Yo vivo ahí, a dos calles. Si quieres puedes subir a casa a tomar un cacharro.

Se besaron. El resto del recorrido lo hicieron con él anexionándola del talle con su brazo. En el ascensor, mientras volvían a besarse, ella deslizó la mano izquierda desde la mejilla a la parte baja de su cintura. Era increíble lo cálida que estaba esa mano para no llevar guantes y la noche que hacía. Dejaron un reguero de ropa desde la puerta de la vivienda a la habitación. Una foto de Alan Turing presidía el cabecero; lo demás hacía que el minimalismo en el interiorismo fuese cosa de Churriguera: se podía describir la habitación diciendo que tenía cuatro paredes, una cama y un techo y un suelo paralelos. Además de una bombilla y la foto de Alan Turing, claro. Por no haber no había ni armario. 

—Preferiría que apagásemos la luz, si no te importa.

A él le daba igual ocho que ochenta: ella le gustaba y tenía la polla como Yao Ming rematando un córner. Asintió con la cabeza.

Procedieron.

Al despertar ella seguía dormida.

Él aprovechó para ir al baño y acicalarse; prefería ponerse, si no pintón, sí que medio digno antes que ella despertase. Quería volver a verla. El uve ce iba en consonancia con la habitación: un retrete, un bidé, una ducha de hidromasaje, un lavabo y una toalla de mano. Nada más. Ni jabones ni productos de higiene femenina ni tampoco de maquillaje. Nada. Al mear lo hizo sentado; le daba pánico echar gotitas de pis fuera y, al no haber ahí papel higiénico, no poder limpiar la taza y entonces ella le vetase de su vida por guarro.

Al volver a la habitación buscó su móvil en el bolsillo de los vaqueros. Tres por ciento de batería. Tuvo que esperar a que ella se despertase. No tardó mucho. La boca, pese a lo que fumaba, la cantidad de horas que había dormido y la cantidad de bebida que bebieron le sabía perfectamente. Él le pidió un cargador, si no era mucha molestia.

—Claro, toma —respondió ella.

No había acabado la frase cuando ella abrió su puerto de cargas a dispositivos exógenos y desenrolló de él un cable.

“01010110 01101001 01110010 01100111 01100101 01101110 00100000 01100100 01100101 00100000 01101100 01100001 00100000 01100011 01110101 01100101 01110110 01100001 00101100 00100000 01110000 01101111 01110010 00100000 01100110 01100001 01110110 01101111 01110010 00101100 00100000 01110001 01110101 01100101 00100000 01100001 01101000 01101111 01110010 01100001 00100000 01101110 01101111 00100000 01101100 01101100 01110101 01100101 01110110 01100001”, pensó ella para sí.

No quería descubrir sus sentimientos aún, tenía miedo de que volviesen a hacerle daño. Siguieron besándose.


 

 

 

 

EL ASCENSOR

 

Se colocó en el ascensor de canto. No quería que se pudiese ver ni su perfil ni su sombra por fuera. En cuanto ella entró le tapó la boca y la encañonó con la pistola.

—Ni una palabra, ¿eh?

Desplazó la mano que le tapaba la boca hacia el lomo del perro para acariciarle. Agitaba la cola feliz. Sabía que si no se le acariciaba rápido cuando venía a saludar a un conocido comenzaba a ladrar y a girar sobre sí mismo.

—No hagas ninguna gilipollez, Ana.

Ella asintió con la cabeza.

Al salir del ascensor en el quinto piso él dispuso sin mediar palabra que ella fuera por delante a su casa con tan solo aplicar cierta presión sobre la espalda a través del arma de fuego. Le permitió pasar y cerró la puerta.

—Échale de beber al perro, que tiene sed.

Cambió el agua del animal enjuagando muy por encima antes el bol. El perro bebió. Puso perdida de agua la cocina tras hacer eso que siempre hacía de introducir la pata delantera derecha en el bol.

—Luego lo friegas. Ahora vamos al salón.

El perro les siguió. Iba contento a juzgar por el movimiento pendular de su cola.

Sujetó la pistola fuerte con su axila derecha mientras con ambas manos se bajaba el pantalón y los calzoncillos.

—Juan, no, por favor. No lo hagas.

Se quedó en cuclillas desnudo de cintura para abajo.

—Juan, no.

Ella se sorbió los mocos y empezó a quitarse el suéter con los ojos cerrados.

—Qué haces, gilipollas.

—Va... vas a violarme, ¿no? —respondió ella con la respiración entrecortada.

Se la quedó mirando en silencio un rato corto para él, pero una eternidad para ella.

Ana se temía lo peor. Seguía con los ojos cerrados.

Juan entornaba los párpados sin ser capaz de cerrar la boca. Sabía que su vecina no era muy ágil mentalmente, pero jamás habría pensado que pudiera llegar a ser tan estúpida.

Entonces ella abrió los ojos. 

Empezó a brotar la mierda.

Juan estaba cagando en su alfombra.

Lanzaba ocasionales meadas de chorro y orientación totalmente aleatorias en cuanto a grosor y dirección y para nada correlacionadas entre sí. 

Ana estaba aterrada.

Juan se limpió el ano con la mano como si estuviese en una canción de Mecano.

Se vistió.

Al irse, agarró a Ana del cuello con la mano aún llena de mierda y ejerciendo tal presión con ella que quedaba obligada a mirarle abriendo mucho los ojos. 

—Otra meada suya en el portal y te cago el chocho, Ana. Lo juro.

Se fue.

 


 

 

 

  

 

DOS IGUALES PARA MAÑANA

 

Aquel 25 de septiembre despertó y lo primero que hizo fue ceñirse al protocolo que la rutina doméstica le venía imponiendo desde la noche de los tiempos: supresión de legañas con los respectivos índices de cada mano, avanzadilla pasillo abajo dirección al baño y lavado y secado a conciencia de cara y cuello tras afeitarse. Ya con la vista en disposición de enfocar de forma correcta se desplazaba a la cocina, no sin antes coger el bastón al pasar por el saloncito. Café, sobao y Radiolé. Se vestía e iba a la ONCE a por los cupones del día. El mismo procedimiento que llevaba realizando de lunes a viernes desde hacía ya treinta y dos años. Al llegar al portal se detuvo delante de la nota. Constató que no había nadie que pudiese verle leer el papel pegado con celo. Que no existía riesgo de que se pusiera en duda su invidencia.

 

Estimados Convecinos de la Comunidad:

Nos apena comunicaros que el pasado día 26 de septiembre nuestro estimado vecino Adolfo Sáez causó óbito. Con vistas a darle un último adiós todos aquellos que queráis hacerlo estáis invitados a despedirle en la misa funeral que se concederá el próximo día 29 de septiembre a las 19 horas en la Parroquia de San Juan de la Cruz. Toda oración por su alma será agradecida por la familia. 

Juan Roig, Administrador

 

Adolfo tuvo que contenerse para fingir su entusiasmo justo cuando entraba Vicente de pasear al perro. Se saludaron afablemente mientras Vicente recogía la correa del cánido para que no importunase al ciego. Vicente no veía la nota porque en realidad no sería puesta hasta tres días después de que la empezase a leer Adolfo. El invidente acababa de quitarse una losa de encima que le hacía la vida imposible desde hacía casi dos décadas. Acudió tranquilo a por los cupones y ya después al puesto que le habían asignado en Comandante Zurita por ser una persona de natural cumplidora, la clase de ciudadano que aun sabiendo se le extingue el contrato al día siguiente y ya le han ingresado el finiquito con la nómina sigue acudiendo a sus quehaceres. Solo que esta vez lo que se le extinguía por fin era la vida.

—Niño, ¿en qué salió ayer?

—Chiqui, yo de eso ni idea, yo solo sé en qué salió pasaomañana.

—Cómo eres, Adolfo. Si no fuera por estos momentos… anda, dame dos, a ver si la hipoteca de la niña… 

Llevaba treinta años haciéndole el mismo chiste a diario a la gente.

A ella, a Herminia, siempre se le salía el chocho para afuera de la risa. No una risa fingida ni fruto de un pacto tácito de trato social entre el invidente y ella: Herminia se deschochaba porque aun sin saber explicar qué le hacía tanta gracia de que Adolfo se jactase de saber el futuro a dos días vista, le resultaba algo absurdo, un dislate tremendo. E indefectiblemente se reía. Y una vez incluso, la segunda, se le escapó una migaja de pis: no daba crédito a que Adolfo, del que no sabía su nombre aún, le repitiese lo de ayer al conocerle todo serio, todo convencido. Se meó viva la señora. El problema es que Adolfo no mentía. Y a la vez sabía que no incurría en ningún riesgo haciendo esa clase de comentarios: se le tomaría por loco o por demente, pero bajo ningún concepto por una persona que vive en una determinada línea temporal pero lo que le reporta la vista es lo que acaece en ese mismo lugar que enfoca su vista 48 horas después. 48 horas de reloj, precisas al extremo: toda su buena adolescencia se tomó Adolfo en cerciorarse de medir el desfase entre lo que veía y lo que experimentaba para saber de qué cantidad de tiempo disponía.

Porque Adolfo de pequeño fue diagnosticado con ceguera total e irreversible; eran otros tiempos y no hubo un segundo diagnóstico ni benditas las ganas de saberlo que hubieran tenido ni sus padres ni él. El desfase entre lo visto para con lo oído, gustado y palpado desde bebé no ofrecía lugar a dudas. Conforme fue formando aquello que entendemos por personalidad, Adolfo se cuidó muy mucho de comentar nada sobre que veía y, encima, a futuros; primero, porque tenía miedo de que pensasen que estaba loco, y, segundo, porque seguía dándose trompazos a trochemoche. Si alguien desplazaba cualquier cosa entre el instante que ocupaba su cuerpo y trayectoria y la que le ofrecería su vista justo ahora mismo o hasta 47 horas y 59 minutos después, no veía el obstáculo. Y hostión que te crió. Por eso, pese a no necesitar gafas para ver el futuro, sí que necesitaba bastón para desplazarse. Igual le ocurría en su casa: entre su habitación y el baño nunca dejaba nada y se podía desplazar de memoria sin problemas, pero ay como se le olvidase colocar las sillas o el tresillo del saloncito o la mesa plegable de la cocina. Especialmente estos últimos años, en los que el Larios era el único confidente para expurgar el inmenso sentimiento de culpa que le engullía. Un sentimiento de culpa al que no podía escapar, además: nunca presenció su suicido. Con lo cual sabía solo le quedaba esperar una muerte natural. Y rezaba a diario a un Dios en el que no creía pidiéndole diese pruebas de su existencia permitiéndole irse de una vez.

Adolfo había evitado males menores cuando había podido en las inmediaciones de su puesto en Comandante Zurita. Ató perros que por ir sin correa habían provocado atropellos pasado mañana. Es decir, no los ató él, sino que, a sabiendas de lo que ocurriría, estuvo donde había que estar un poco antes de que fuese demasiado tarde para evitar lo que sabía iba a ocurrir. Se interpuso entre los bolsos de incontables mujeres y diversos carteristas. Extinguió broncas vecinales antes que llegasen a ser siquiera conato de tal. Pequeñas acciones que le hacían verse a sí mismo como un superhéroe de barrio, alguien que tenía que guardar su secreto además de hacer un uso responsable de esas 48 horas de ventaja de las que disponía.

En la vida, más allá de salir media hora antes a por un pollo asado a sabiendas que si iba más tarde no quedarían ya del día y le encalomarían uno congelado, en la vida (decía), jamás hizo nada de sacar tajada. Y ni lo del pollo asado le salió bien, puesto que la digestión que le procuró el carcomerse pensando que había ingerido un pollo que no era para él privando a otro de ello ni a Hitler se la deseaba. Adolfo era buena persona en idéntica medida que propenso a creerse un mártir con su manía de sufrir por cuestiones que realmente no le incumbían a él.

Por aquellos tiempos ya habían estrenado Destino Final. Adolfo no pudo ir a verla al cine por razones obvias de cara a guardar las apariencias, pero en cuanto salió en vídeo la alquiló en el Blockbuster de La Vaguada. Se cagaba en su puta estampa de no ser una persona normal cada vez que, para fingir, le tocaba irse de Cea Bermúdez a Barrio Del Pilar para poder alquilar una película sin que le preguntasen que qué hacía un ciego alquilando un video; si le pillaba el día tonto se autosugestionaba sobre la necesidad de admitir su secreto, pero rápido se le quitaba la gilipollez: Adolfo era un fanático de las novelas de espionaje y sabía que aquello significaría que pasaría a ser de inmediato propiedad del CNI, de la CIA o de cualquier otro acrónimo de esos. No quería pasarse el resto de su vida recluido contra su voluntad y sometido a un sinfín de pruebas, si bien es cierto que con una exnovia vallisoletana ambos habían experimentado ciertas cosas cuando la relación se iba deteriorando a causa de la rutina y lo de los tactos rectales eran más un pro que un contra llegados a ese extremo. El caso es que le impactó aquello del determinismo con el que la muerte operaba, su infalibilidad. Y eso le hizo plantearse muchas preguntas sobre su capacidad de intervención o su necesidad de mantenerse al margen. Justo además en la época que le tocó hacerlo.

Cuando lo vio desde la cristalera de su puesto de cupones Adolfo no daba crédito: era en sí una secuencia de Destino Final solo que, llevada al paroxismo, parecía más bien la hipérbole de una máquina de Rube Goldberg. La señora a la que estaba atendiendo se fue farfullando para sí tras ver que Adolfo permanecía dándole la espalda sin hacer caso a los golpecitos que ella arreaba en el cristal ayudada por la alianza de su dedo corazón. Tuvo que cerrar el puesto y ausentarse lo que restaba de día. Vomitó en casa y solo cenó una patata cocida con un cuarto de pollo; todo lo que se saliese de aquella dieta de enfermo era ornamento gastronómico de índole nociva, mero desencadenante de más vómito.

Se tomó el día siguiente libre, si bien se mantuvo ocupadísimo: puso el despertador a las seis de la mañana para entrar a valorar qué haría al día siguiente a dicho día siguiente, que ya era el día de hoy. La mesa del saloncito era un cuadro: sobre ella había innumerables diagramas y varias cuartillas en horizontal con palabras flechadas hacia otras palabras. Igual ocurría con el suelo: parecía hubiese estado jugando al baloncesto con pelotas de papel lanzándolas a una canasta que igual estaba en la habitación que solo en su cabeza. Al final, casi a las dos de la madrugada y sin prestar atención a Javier Sardá dando paso al Señor Galindo a grandes voces, tomó una determinación. Puso el despertador a las 7 am. Tiempo más que suficiente para desayunar, vomitar de nuevo si volvía a sentirse indispuesto y que esto último no le impidiese evitar el accidente.

A la mañana siguiente Adolfo se despertó a las 13:42. Le costaba levantar los párpados, le pesaban dos ferreterías; probablemente tuviese gripe o estuviese incubándola. Se extrañó de cuantísima luz había para ser las 4:32 de la mañana. Fue a la cocina a desayunar. En Radiolé anunciaron que eran las dos justo después de poner Solo se vive una vez de Azúcar Moreno. Adolfo reparó en que el despertador se había quedado sin pila.

 


 

 

 

 

LA BOLSA

 

Juan Rodríguez, representante del Ministerio del Interior

La Bolsa de Evacuación Inmediata ha salvado más vidas de las que ha destruido y las estadísticas avalan su utilidad en toda catástrofe, por eso seguimos recomendando se use y se revise al margen de la oleada de asesinatos en los desahucios con la variante que todos conocemos.

No podemos culpar al invento en sí del uso malicioso que se está haciendo de él: si alguien decide incorporar una pistola a la bolsa y hacer uso de ella no es culpa de la bolsa, es culpa de ese alguien. No consideramos prohibirla a futuros. En ese sentido la decisión ya está tomada.

 

DJ Lando, dillei

Yo siempre tenía, además de la bolsa de pinchar con los discos preparados para la sesión, una segunda bolsa con los diez discos que en caso de incendio o inundación o fuga de gas salvaría de inmediato al tener que abandonar mi vivienda con lo puesto. Era una bolsa que me llevó meses hacer, no es nada fácil decidir qué diez discos salvarías. Pero mejor diez que ninguno, ¿no?

 

Joaquín Ramos, presunto inventor de la Bolsa de Evacuación Inmediata

A mí se me ocurrió tras ver El liquidador. En esa película un tasador de daños veía a sus clientes y evaluaba el valor de lo que perdían si se les incendiaba la casa. De lo que habían perdido, quiero decir. Había un momento en el que unos clientes, por encima de lo material, caían en la cuenta de que lo que más iban a echar de menos eran unas fotos. Era muy impactante aquello, y en realidad venía a resumir cómo somos los seres humanos: valoramos no lo que tenemos, sino lo que perdemos.

Planteé la bolsa sin el nombre de mierda que se le ha dado ahora. Como algo con lo que poder abandonar tu casa en caso de emergencia. Con lo que tú valores por encima de todo.

Cuando se empezaron a comercializar diversos modelos intenté asesorarme legalmente por si podía registrar de alguna manera mi idea, pero me dijeron que era del todo imposible. ¿Cómo vas a registrar una costumbre? El caso es que ahora todo el mundo tiene su bolsa y tampoco es raro que la gente, además de la que se hace para sí misma, adquiera el modelo Primeros Auxilios o la Edición Celíaca. Es una máquina de hacer dinero, todas las marcas comercializan la suya. Y yo no voy a ver ni un puto duro. Me cago en mi vida.

 

Elsa Suarez, representante del Nuevo Gobierno Empresarial

Tras El Conflicto intervinieron las empresas aliadas y asentaron su dominio en la zona invadida por La Megacorporación. Al trabajar casi toda la población para La Megacorporación era muy difícil discernir quién había sido claro colaborador y quién anduvo inmiscuido porque no le quedaba otra. Somos conscientes de que hemos expandido sentencias exonerando de toda culpa a sujetos que sabían de las prácticas esclavistas en los Campos de Trabajo de La Megacorporación y que igual ha ocurrido con otras personas solo que al contrario. Ninguna labor puede ser perfecta en este sentido, pero sí que se intenta tener el menor margen de error posible.

 

Juan Ortiz, sociólogo

En términos sociológicos, viendo las encuestas de contenido de bolsas de evacuación inmediata, se nos aporta una herramienta fundamental para saber de forma precisa sobre la sociedad y sus ciudadanos. No será raro que a futuros sea el principal medidor comparativo entre épocas.

 

Joaquín Ramos

La Megacorporación fue la primera en fabricar la bolsa de evacuación inmediata. No me creo lo que dicen muchos de sus representantes sobre que desconocían las condiciones de sus campos de trabajo. Y una polla no vas a saber tú eso si está pasando en tu puta cara. Otra cosa es que no quieras verlo. Que decidas girar la cara al lado opuesto de la mano en la que te van a poner el dinero.

 

Evaristo Ganímedes, jurisconsulto

Nosotros recomendamos que siempre se lleve en la Bolsa de Evacuación Inmediata todo título que se tenga sobre patrimonio, ya sea tangible o intangible. También el certificado que acredita que se ha resuelto cualquier tipo de deuda que se tuviera. Tras el Primer Borrado Digital que obró La Megacorporación, esta pudo absorber a bastantes incautos sus bienes y cargar deudas a otros aun habiéndolas liquidado ya.

 

Leni R., responsable de marketing de La Megacorporación

Llevo en la Bolsa las setenta y cuatro sentencias que hay a mi favor sobre toda presunción de pertenencia y adhesión a La Megacorporación. Setenta y cuatro. Es toda una vida de juicio en juicio. Y no me veo ya con fuerzas ni ganas de ser retenida contra mi voluntad si hay otro Borrado Digital. Ya no me queda salud, es agotador.

 

Elsa Suárez

Leni no tuvo nada que ver con La Megacorporación al margen de su relación profesional y el desempeño del que era su ámbito dentro del organigrama, que por otra parte hemos de admitir fue sensacional y digno de estudio. Está demostrado que como responsable de marketing no sabía nada de los Campos de Trabajo; esto lo han ratificado varios prisioneros que formaron parte del Comité de Toma de Decisiones de La Megacorporación. Los de Recursos Humanos, sin embargo, sí. Y creo que las penas fueron ecuánimes pese a ser con carácter posfactual.

 

Leni R.

La Megacorporación tenía un poder sobre todos nosotros más allá de cualquier comprensión racional. Si lo miras ahora con perspectiva, ves que es normal que pasase. Lo importante es que no se repita, que aprendamos de lo que ocurrió.

 

 

 

 

 

 

MARINA ABRAMOVIC

 

—La artista está presente.

—Oiga, señorita, usted se ha colao.

—La artista no rehúye la confrontación.

—A ver, señorita, usted se espera a su turno.

—La artista considera que Mercadona es un espacio artístico.

—El señor tiene razón, ¿eh? Usted se ha colao.

—¿Tiene cabida el ticket de la pescadería en una performance?

—Tú, que te están diciendo que no te cueles. Venga patrás, tía loca.

—¿Hacendado es arte o sentimiento?

—Que tires patrás te digo, puta loca.

—La artista quiere fundirse en un abrazo con Ulay.

—Al final la meto una hostia.

—No te pierdas, Marisa.

—La violencia es inherente al arte, y el arte es un supermercado.

—Suéltame, Pedro. Esta no sabe quién soy yo.

—¿Pero qué hace ahora sentada en el suelo?

—Deliplus y Ulay ambas comparten la ele, la u y la i latina.

—Que te vayas para atrás, hija de puta.

—Es con y griega, atontá.

—Ulay, sé que me oyes.

—Igual es mongola, Marisa. Baja esa mano.

—¿Y si Duchamp se hubiese apellidado Deliplus?

—Vámonos a otra caja, Pedro.

 

 

 

 

 

EFTHIMIS FILIPPOU

 

Papa mama estos 10 años que llevo con vosotros han sido muy buenos. Habéis jugado muchísimo conmigo y me habéis enseñado a ser buena persona. Papá, tú me has enseñado que una promesa nunca debe romperse. Mamá, tú me has cuidado como nadie. No os olvidaré jamás. Tata, sé que tú has hecho muchos esfuerzos por mí y los papás. Abu, sé que siempre te he preocupado y tú algo sabías de todo esto que me hizo decidir lo que ahora decido. Ninguno podíais hacer nada. Sois todos maravillosos. Tú también, primi. Sin ti nunca podría haber hecho los deberes bien. Nunca olvidaré esas Cocas Colas que tomábamos de merienda mientras me ayudabas. 

Me despido así porque ya no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Coca Cola. No me odiéis, por favor. Solo os pido que algún día lo entendáis y que sigáis todos juntos queriéndoos mucho. Qué rica está la Coca Cola. Sé que vosotros también iréis al cielo y todos nos veremos algún día de nuevo. Comprad Coca Cola siempre que podáis. Bueno, me despido ya para siempre. Coca Cola. Os quiero.

Raúl

 

A la salida le recogió.

Llevaba el periódico bajo el brazo izquierdo. Lo había doblado por la página inmediatamente posterior a la que albergaba la nota de suicidio de aquel muchacho.

Conforme se alejaban del colegio, el niño pasó su mano izquierda por detrás de su cintura. Le agarró el culo con fuerza aprovechando el periódico le complicaba oponer resistencia.

—No me gusta que hagas eso, lo sabes.

—Lo que te guste o te deje de gustar me importa una mierda.

—Soy tu padre, háblame de forma correcta.

—Sin mí no eres nadie, gilipollas.

No hizo nada.

Tenía razón. Sin él no podría haber hecho la fortuna que hizo. Y encima le tenía cogido por los huevos. Disponía de pruebas más que suficientes para poder arruinarle la vida. Siempre que estaba a su lado deseaba que no hubiese nacido. Quería matarle a perchazos. Lo malo era que cuando estaba en el colegio, le era imposible abandonar la vida de rico. Cuando has sido pobre antes que rico es lo más adictivo que existe.

Esas horas que él estaba fuera lo compensaban todo.

Hacía oídos sordos a todos los suicidios infantiles por acoso. No le preocupaba que le pillasen; a decir verdad, era algo que deseaba, igual que cometiese un fallo algún día era la única forma de librarse de él. Aunque solo Dios sabe qué podía maquinar si eso ocurría, qué clase de contra-medidas asumiría para inculpar a otro.

—Lo de la Coca Cola ha sido un modo de firmarlo, ¿sabes?

—¿Pagarán algo?

—Cada día eres más anormal, en serio te lo digo. Esto no va de monetizar nada.

—Solo lo decía por si...

—Y que además sería el modo más rápido de incriminar al que lo cobre.

—¿A partir de ahora lo harás así?

—Sí. Hasta que me aburra.

Siguieron andando un rato y en la primera perpendicular a la derecha le arrastró tirando de su costado izquierdo hacia la calle que cruzaba.

Se metieron en la salida del garaje. No había nadie.

—Bájate el pantalón.

—No quiero hacerlo, no soporto que me hag..

—Sácate la polla. Y córrete en mi boca. Hazlo.

 Se desabrochó el pantalón. Mientras torcía la cara todo lo que su cuello le permitía alcanzó a ver que la piedra era lo suficientemente grande como para poder deshacerse de él. Estiró la mano sin que se percatase.



 

 

 

 

 

PRIMOGÉNITO LÓPEZ

 

No podían obligarle a que se fuera.

Mentira: dos pasos más adelante de donde permanecía clavado sí, pues entonces ya estaría ocupando el espacio cuyo derecho de admisión venía determinado por el protocolo de franquiciados de la red de tiendas Zara. Pero justo donde estaba ahora, nada podía decírsele. Todavía (todavía, conviene recalcar) era pavimento público. Ahí, si acaso, tendrían que verificar las autoridades competentes si incumplía alguna de las numerosísimas ordenanzas municipales tocantes al uso y disfrute de la vía pública.  

El reportaje televisivo hizo que muchos de los vecinos del Zara que se habían acercado a ofrecerle agua y comida e incluso limpiarle con un cubo y un paño, por fin supiesen su nombre. Lo que seguían desconociendo era qué le había llevado hasta allí y que le conminaba a permanecer sin salir de ese metro cuadrado de espacio público que ocupaba. Al hablar a cámara decía cosas inconexas. Alternaba su voz natural con otra femenina impostada. Con esta voz femenina decía “no seas tiquismiquis, será solo un momento”. También con voz de chica dijo “espérame fuera”.

El reportaje también consiguió no se le aplicase el mismo rigor que llevó a aprobar partidas presupuestarias para evitar con objetos punzantes que los mendigos no quedasen a la vista de los viandantes. Los asesores de la Presidenta de la Comunidad concluyeron que no era lo mismo de cara a la popularidad de su mandato desalojar a mendigos anónimos que tener que sacar por la fuerza a un pobre diablo, probablemente un demente, al que la gente ya había puesto cara. Hicieron la vista gorda, sin más.

Ni durmiendo transgredía el metro cuadrado: se hacía un ovillo en torno al bolso. Un Louis Vuitton rojo con cierre lacado en oro.

Desde la azotea del edificio de frente al Zara unos chavales le hicieron varias fotos. Eligieron de todas ellas una en la que salía de tal manera que, visto así, en perspectiva cenital, su perfección en términos áureos daba para hacer un meme. De hecho, dio para meme: colocaron sobre el mendigo la espiral de Fibonacci, la cual se iniciaba partiendo de su cabeza y continuando por el giro que tomaba su espalda al estar en posición fetal. Las palomas convertían la estampa en una suerte de variante urbana de la famosa foto de Kevin Carter galardonada en 1993 con el World Press Photo, solo que aquí en vez de buitres lo que había era palomas y en lugar de una niña famélica, un demente protegiendo un bolso con su cuerpo.

Los chavales mantuvieron una larga disputa sobre la verdadera autoría de la foto y la posterior modificación con el número áureo, tras fallarse el Nobel de Memes a su favor y no querer repartirse entre ellos el importe.

Él murió allí mismo, sin moverse de sitio.

Tras la retirada del cadáver varios vecinos depositaron flores en el metro cuadrado.

El bolso quedó en Objetos Perdidos. Nunca fue reclamado. Con el transcurrir de los años pasaba y volvía a ponerse de moda.

A ella nadie la volvió a ver tras ese día que entró en Zara.

 

 

 

 

 

 

CONTRATÉ UNA HIPOTECA INVERSA

 

Sintió un toqueteo en el tobillo y al instante miró hacia abajo. Un hombre de unos treinta años estaba frente a ella solo que tumbado, en posición de disponerse a realizar una serie de flexiones. Le ofrecía un papel con la forma de una ficha de dominó y lanzaba un extraño gruñido. También hacía un leve movimiento con la cabeza, no se sabía si era un gif o si remataba un córner en bucle. Ella cogió la ficha y, al darle la vuelta, vio que ponía: 

Soy fértil y necesito me des descendencia antes del 25 de mayo, ¿quieres?

No bien había levantado la cabeza dispuesta a dar un panegírico a voz en grito sobre el trato vejatorio a la mujer dispensado y el nulo respeto por las normas básicas de civismo en espacio público, su mirada, al dirigirse donde él estaba, se encontró con el suelo del vagón. Hizo un rápido paneo de localización en pos de dar con lo que consideraba, a todas luces, un opresor patriarcal y por fin dio con él: iba reptando de otra chica a una mujer que, a rápida estimación, ella diría que su cuadragésimo cumpleaños, si lo celebraba, sería una de las grandes trolas del siglo XXI.

Le sorprendió se arrastrase usando solo como fuerza motora los brazos. Las piernas parecían arenques echando la siesta. Volvió a sentarse en su sitio y observó con detenimiento cómo conseguía girar la cabeza al acercarse a cada mujer para sacar de la pequeña riñonera que llevaba girada al cuello las fichas de reclamo con la boca e ir haciéndoles entrega de ellas. También le causó cierta extrañeza lo peculiar de esa combinación de zuecos Crocs con auriculares Senheiser HD 25 que llevaba el sujeto reptante. Pensó que los cascos pudieran ser una manera de protegerse él del molesto e inquietantísimo ruido que hacían los zuecos conforme reptaba de un lado a otro del vagón. Fue la única explicación que se le ocurrió.

A lo tonto casi se le pasa su parada a base de conjeturar con qué clase de tarado habían ido a topar todas las mujeres en edad fértil de ese vagón: a las viejas las pasaba de largo. Sin trazar siquiera una línea recta, sencillamente describía la distancia más larga posible entre su recorrido y la anciana a superar. Cuando entraba en conflicto el hecho de la proximidad de dos ancianas, ella, no familiarizada con las matemáticas, no era consciente de la perfecta maniobra efectuada, pero alguien ducho en la materia podría acreditar que ese extraño individuo se las apañaba para atravesar de forma perfectamente equidistante. Al milímetro.

 

                    I was afraid i wouldn´t find you, i was afraid i wouldn´t find you

 

Desde que le diesen fecha de firma notarial para la firma de la hipoteca inversa su único objetivo era ese: encontrarla. Se le recomendaba el uso de una silla de ruedas para no agarrotar sus extremidades superiores del esfuerzo, pero hizo caso omiso. Consideraba un hecho diferencial respecto a los demás el desplazarse a pulso en lugar de en silla de ruedas. La parálisis cerebral ayudó a que el Departamento de Riesgos aceptase la concesión de la hipoteca; en verdad, la sucursal descorchó una botella de cava nada más salió de allí el día que fue a enseñar la nota simple de su vivienda. Le sujetaron la puerta y en cuclillas le dieron la mano uno tras otro los cuatro trabajadores de La Caixa. Un piso como ese, en pleno Paseo de la Castellana, con la ITE recién pasada y sin cargas, raro era que cayese en manos del banco. Y si encima el pobre desgraciado se empeñaba en acelerar su óbito con ese necio empeño en no valerse de una silla de ruedas necesitándola a morir, pues para qué más. 

Lo primero que hizo fue borrar de su MP3 todas las canciones para dejar exclusivamente una.

Quería que la elegida viniese refrendada por la banda sonora estipulada para determinar que fuese justo eso, la elegida. No podía permitir que, diese con la persona con la que diese, el reproductor aleatorio del MP3 le hiciese escuchar, mientras eso ocurría, a los Axolotes Mexicanos o a Los Sobraos. No. Le gustaban, sí, pero la letra debería aludir de forma clara a lo epifánico del momento. Anduvo muy cerca de, en lugar de lo elegido, optar por John Maus y su Through The Skies For You, pero eso implicaba que la otra persona retornaba, que se la conocía ya de antes. Al menos así lo interpretaba. Y él, con anterioridad a la parálisis, se cuidó muy mucho de, con su comportamiento, quemar todo puente que permitiese a cualquiera de sus exnovias volver a su vida.

La verdad es que en ocasiones pensaba que aquello de su achaque, por decirlo de forma suave, era fruto no del azar y la salud en contubernio, sino del karma y haber sido un auténtico hijo de puta. Dicho esto, lo que eligió, la única canción que ocupaba memoria en su MP3, era You And Me Then? de The Radio Dept.

Cuando se lo planteó a su hermana ella tuvo que contenerse para no agacharse y darle un puñetazo en la cara.

—Estás loco.

Tras dar el portazo él la gritó desde el suelo que lo pensase, que tendría que ser antes del 25 de Mayo.

Su perfil de Tinder daba a entender que era una persona interesante. La parálisis le había anestesiado a perpetuidad las piernas, sí, y además seguiría haciendo mella con una curva de deterioro sobre el resto del cuerpo que ni la subida más alta del Dragon Khan. Pero de cara seguía siendo una persona, además de normal, resultona. Y su apèndice viril, al margen de cierto sesgo hacia la izquierda bastante desviado respecto a la media española, rendía sin mayor problema llegado el momento de tener que funcionar. En la descripción mencionaba detalles banales de su vida.

A veces llegaba media hora antes de lo acordado al lugar de quedada y se tumbaba en un banco o en cualquier plataforma para que el choque con su realidad no le fuese tan abrupto a la persona que con él hubiese quedado. Se mostraba buen conversador e intentaba dilatar el momento de ir a tomar algo a un bar: tenía comprobado que siete de cada diez mujeres huyen al ver a un hombre que en lugar de andar repta. Llegó a follar un total de cuatro veces en esos tres meses comprendidos entre febrero y mayo, si bien nunca más volvió a verlas. Piluca sí que le vio a él una vez. Al estar en el otro extremo del vagón le dio tiempo a bajarse sin ser vista y esperar que pasasen otros cuatro trenes antes de volver a cogerlo. Toda precaución era poca.

Cuando se reunió con Esther de nuevo, quiso la casualidad que fuese a través de Tinder. No fingía ser otra persona ni nada de eso, sencillamente lo interpretaron ambos como cosa del destino. En la cafetería él se tumbó sobre la mesa para que ella no se tuviese que agachar.

—Y en resumen es eso.

—Yo no puedo hacerlo, de verdad.

—Yo te ayudé después de que recuperases tus apellidos biológicos y te fueses de casa…

—Ya, pero…

—… y con lo de la liquidación de la hipoteca, ¿eh?

—Pero te sigo viendo como a un hermano, joder.

—No me jodas, eso fue hace mazo de años, y somos de distintas familias.

—No sé si podré.

—Mira, renuncias a la herencia como esposa y que apechugue él o ella o lo que quiera que sea que salga.

—A mí me gustaría que fuese niño.

—No saldrá raro ni con mi enfermedad, se salta una generación.

—Si no me preñas a la primera nada de repetir.

—Vale.

—Y solo nos casaremos si finalmente me quedo embarazada.

—Si quieres lo ponemos por escrito.

—De acuerdo.

Apagaron las luces.

Él la preguntó mientras se desvestía si le importase que llevase puestos los cascos.

Ella respondió que hiciese lo que quisiera, pero que acabase lo más rápido posible.

—Si puedes, termina antes de empezar, por favor te lo pido.

 

 

 

 

 



 

CHRIS KORDA

 

Les tocó justo al lado de los Pérez. Por cada sala eran veinticinco matrimonios. Una señorita les hizo firmar a cada uno de ellos el Acta de Asistencia. El primer Power Point era una representación de Una modesta proposición de Jonathan Swift convenientemente adaptada al lenguaje y circunstancias socioeconómicas de los allí presentes. Los Rodríguez no paraban de reír; la idea les era fantástica, y ya si encima suponía disfrutar de exenciones fiscales, “pos pa qué más”. Los Jumilla, tenidos en el barrio por los más cautelosos y sosainas, asentían con la cabeza.

 

A la vuelta del tentempié les pusieron un video. Ni un segundo y los Fernández ya estaban aplaudiendo a mano abierta y echando de menos la vuvuzela. No podían fallar a la imagen de forofos y piperos que venían proyectando desde que se mudaran al barrio. Al rato el vídeo dio paso a una enconada defensa por parte de Bill Hicks sobre el derecho de los ciudadanos a ceder a sus familiares seniles o enfermos a las películas de acción para que pudiesen tener una muerta además de digna espectacular. La idea causó sensación. Los Pérez pidieron unos kleenex a los Suárez: nadie les había dicho que fuesen allí preparados para llorar. Para llorar de felicidad.

 

—Obviamente ambos ejemplos son sátiras y, en todo caso, media una figura que arbitra el traspaso del enfermo o del anciano.

 

Qué bien se explicaba la señorita. Qué modulación y qué control de los silencios. Qué capacidad retórica. Qué fantástico tino en el uso de la sirena bakala para enfatizar lo que considera digno de énfasis.

 

Resultaba imposible no atender de pleno a todo lo que salía de su boca o a la elocuencia de su lenguaje corporal.

 

—Pero no estamos para sugestionarles, amigos; aquí, en la Sociedad Malthusiana, jamás daremos por sentado que ustedes no sean personas adultas capaces de concluir por sí mismos qué es lo que hay que hacer y cuando hay que hacerlo.

 

No había terminado la última palabra del discurso que ya los veinticinco matrimonios estaban enzarzados en una gresca entre ellos. Una batalla monumental en la que se dirimían los turnos para poder arrojarse al vacío desde la única ventana que había en la sala.

 

Margarita, que introdujo una pistola sin ser vista, empezó a dar volteretas laterales para llamar la atención de la señorita, que estaba a otros asuntos. Una vez llamada su atención, se incorporó, colocó el cañón bajo su barbilla y se descerrajó la cara. No quería irse del mundo con el mal sabor de boca de decepcionarla, de que ella se quedase con la sensación de que no estaba al nivel. Juan se había arrancado su propio brazo derecho a mordiscos e iba muy contento a enseñárselo a la señorita. Se acurrucó a su lado a desangrarse plácidamente, con una sonrisa en la cara. Ella le correspondió con una cariñosa caricia en la nuca. Los Pérez, siempre conocidos en el barrió por “los yo más”, pidieron permiso a la señorita para subir al abuelo; se encontraba en la cafetería de la planta calle cuidando a los niños.

 

—¿Y por qué no suben también los niños?

 


 

 

 

 

UNIDAD DE DESTINO

 

Todo empezó el día que fue a su casa para entrevistarlo. Ni siquiera tuvo que timbrarle para que abriera porque justo entonces Javier volvía de pasear al perro. Le saludó con una afabilidad no forzada, de esas que despejan sospechas preconcebidas, y lo primero que hizo fue ofrecerle un café o lo que quisiera de beber. Optó por el café. Al tratar ya de forma más extendida preceptos del partido político García Smith se descubrió como una persona del todo consciente del mundo en el que vivía: a sabiendas que su entrevistador era de un medio totalmente opuesto en lo ideológico, defendió lo que le tocaba defender a cuentas del que era su cargo pero el matiz que introducía (siempre precediéndolo con un “sin embargo, a título personal”) llegaba décimas de segundo antes de que se pudiese torcer el gesto de forma refleja a cuentas del anacronismo que se acababa de oír. No embaucaba de forma trilera con acotaciones pre—aprendidas, disponía de un discurso ágil y una capacidad de argumentación al nivel del que sabe es difícil cuando no imposible defender según qué preceptos a día de hoy, en pleno siglo veintiuno.

 

—Yo me pasaba el Out Run cogiendo siempre el camino de la derecha, aunque para mí eso era el centro, jajaja.

 

Hasta metía referencias pop que sabía su interlocutor encontraría graciosas. Iba sobradísimo.

 

Un café después y luego de dos horas y pico de entrevista, consideró que ya tenía más que de sobra para cubrir el artículo del dominical; las fotos ya se las harían a Javier en una sesión que habían pactado la fotógrafa y él en la piscina del Holiday Inn del Bernabéu pocos días antes de su apertura al público de cara al estío. Ese día a Lorena solo le comió el coño; ella tenía varias sesiones más que como autónoma no podía permitirse perder si quería que su dieta incluyese alimentos distintos a los espaguetis y el arroz en un verano que todavía no había comenzado a efectos oficiales. Al día siguiente sí que pudieron follar.

 

El caso es que Javier le propuso ir a tomar unas cervezas. Era casi mediodía y Víctor no tenía nada que hacer. Además, le había caído bien Javier; no coincidía con él en ningún aspecto tangencial a la política, pero tras confirmarle que no se tocaría ese asunto para nada, que ya bastante coñazo había sido también para él hablar del tema durante más de dos horas, aceptó encantado. Ya habían comido y fue con la segunda copa cuando salió lo de la música; el abrazo que se dieron tras comprobar que ambos odiaban a Kenny G una señora que pasaba cerca de la terraza lo confundió con una muestra de amor homosexual en público y aceleró el paso. La conversación con la cuarta copa iba basculando del cine a la literatura sin terminar de establecerse por completo en ninguna de las disciplinas. Fue con la sexta copa cuando García-Smith hizo lo único así, raro, que Víctor recordaría en la sucesión de analepsis en forma de flash que se manifestaron en su resaca a la mañana siguiente.

 

—¿Y Los Nikis?

—Joder, lo más. Siempre que voy al karaoke con estos acabo cantando Maldito cumpleaños.

—Jajajaja. Sí, joder, estaban obsesionados con las sillas de ruedas.

—Un colega dice que el debate no es si merecía un Nobel de Literatura Dylan o no, que es si tenían que haberle dado el suyo a ABBA o a Los Nikis.

—Pfffff, ya te digo. De cualquier chorrada se sacaban una canción.

—Aquella del público empatizando a tope con los protas humanos de El planeta de los simios, con el acomodador llorando cuando ganan los monos…

—¡Jajaja, hostias, sí!

—... y yéndose al zoo a apedrear gorilas, qué putos genios.

—Joder, macho, y la del cinquillo en Las Vegas y los McDonalds arruinándose por culpa de la tortilla española.

—Por esa canción les llamaron fachas y de todo.

—Ya. La gente, que es gilipollas.

—Estaba clarísimo que era una sátira, a lo sumo una distopía.

—Yo de pequeño se me quedó marcado lo de “nuestros nietos se merecen que la historia se repita varias veces”.

—Jajajaja, no me jodas.

—Que sí, tío. Propuse de eslogan de campaña “Esto Tiene Que Cambiar”, pero Alejo lo tumbó, decía que era una canallada.

—¿Y eso?

—Yo qué sé, Vidal-Quadras es muy peculiar. Muy recto.

—De esto no digo nada, eh, no te preocupes que la entrevista es lo de tu casa y ya.

—Justo te iba a pedir eso. No sé, pareces un tío no muy talibán y quería hacerte una confesión.

—Tú dirás, Javi. Ni mu digo.

—Me he follado a Carlos Baute.

—¿Cómo?

—No, joder, es broma.

—Jajajaja, qué hijo de puta.

—Yo lo de Los Nikis, la canción, me la tomo no como una coña ni un what if de esos del universo Marvel.

—¿Una ucronía?

—Sí. Yo me la tomo en serio. Como un ideal, pero no conquistado a fuego e imposiciones, sino destacando España por encima de todo. Como muchísimo haciendo algo así rollo performance a lo de la Giraldilla reivindicativa de la ETA.

—Hostia, tú, te vetan de VOX si te escuchan esto.

—Jajajaja. Ya. Pero que nada, era algo que no podía hablar ni con los del partido por razones obvias ni con la gente en general por aquello de tacharme de facha.

—Nah, ni te preocupes. Si quieres pedimos tortilla de patatas la próxima vez que quedemos.

—Jajajaja.

 

Estuvieron tomando unas cuantas copas más y cada cual, ya de madrugada, se fue a su casa. Intercambiaron los móviles mucho antes, ambos alegando que para cualquier corrección de última hora antes de la publicación de la entrevista por aquello de no ir borrachos todavía y considerar igual demasiado atrevido admitirle cada uno al otro que estaría bien quedar otro día. Víctor cada vez que le mostraba a Elena el vídeo de Javier en El gato al agua enseñando una pancarta con un cero pintado para responder a su pregunta retórica sobre cuánto iba a subir VOX los impuestos si vencían se meaba; sabía que ahí había más de Marcel Lí Antúnez o Damien Hirst que de un político en campaña prometiendo imposibles.

 

La extrañeza acerca de cómo percibía Javier El Imperio contraataca ya se le había pasado, fue cosa transitoria y le ocupó los pensamientos solo por el espacio de tiempo que le duró la resaca. Quedaron una vez más antes de aquel día; Víctor acudió con Elena y Javier estaba con Lorena. Al principio la cosa fue por los derroteros habituales en toda reunión de parejas de la cual solo se conocen entre sí un miembro de cada una de ellas: una primera fase de obviedades y frases hechas, una segunda ya más laxa por aquello de la ingesta de alcohol y una tercera multilateral en cuanto a la capacidad de hablar de forma relajada todos con todos. Se cayeron bastante bien en líneas generales y nadie añadió un “pero” seguido de algo peyorativo al ser preguntado en la cama ya por su pareja qué tal le había caído este o esta.

 

El 18 de junio, al levantarse, Víctor tenía un whatsapp de Javier.

 

No sabía con quién hablar, perdona. Lorena me comunicó ayer que como creía que estaba embarazada tomó la píldora. Me lo dijo después. Llámame cuando puedas, gracias.

 

Llamó un total de siete veces a lo largo de todo el día. Temía que hubiese hecho alguna locura. La última llamada la hizo a las doce y media de la noche. Le tocaba bastante de cerca todo porque, a pesar de tener que defender a pies juntillas de boca para afuera a causa del medio en el que trabajaba el derecho de la mujer a un aborto libre, cuando lo de Elena, y aunque a ella nunca se lo dijese, le jodió bastante que no le consultase antes. Estuvo meses sin dormir y tuvo que recurrir al uso de ansiolíticos.

 

El 19 de junio, al despertar, Víctor tenía otro whatsapp de Javier.

 

Disculpa lo de ayer. Estoy bien, gracias. Solo necesitaba pensar. Hoy voy a hacer algo grande. Nuestros nietos se merecen que la historia se repita varias veces ;)

 

Lo había mandado a las 4 am. Conforme Víctor llegó a la redacción comenzaron a volar los chistes y memes sobre lo de Gibraltar, pero sin una información clara ni fiable al respecto. No se sabía qué había ocurrido en realidad, si fue solo Santiago Abascal o varios de ellos, en qué momento nadaron hacia allá y cuando se produjeron las detenciones, dónde se encontraban, cómo pudieron llegar a nado y desplegar la bandera y, sobre todo, por qué. Eso la redacción: Víctor, caso que en el “quiénes” figurase Javier, el “por qué” lo tenía medio barruntado. Dejó al margen lo que tenía que hacer y abrió un word; esbozó con cuatro o finco frases casi inconexas un posible libro, una ucronía en la que termina por darse todo lo que cantaban Los Nikis en El Imperio contraataca a resultas de la bandera española eAn Gibraltar. Tecleó Unidad de destino tras darle a “guardar como” y lo salvó. En la versión impresa a folio trazó un círculo en rojo sobre una frase y escribió Punto Jonbar encerrado en un par de exclamaciones.

 

Cogió el coche.

 

En un semáforo aprovechó para mandarle un whatsapp a Javi preguntándole si estaba bien, que tenían que quedar a hablar, que también quería contarle algo relacionado con lo de Lorena, que a él también le había ocurrido.

 

En la M-30, en un tramo rápido, atendió la llamada de Elena.

 

—Cariño, solo quería saber si quieres tenerlo.

 

 Antes de poder responder el coche ya se había estrellado.


 

 

 

 

EL PEREJIL

 

Aprovechó que habían bajado a fumar para revisar fotos de los otros expedientes. De alguna manera había visto algo que era común a todos los casos y no le habían dado ninguna importancia hasta ahora.

 

Por fin estaba claro.

 

Tenía cinco sospechosos de entre los cuales raro sería que no saliese el culpable.

 

Culpable o culpables: los casos 42, 43 y 44 se dieron de forma no simultánea pero sí con tan poca diferencia de tiempo y tanta distancia entre los lugares de los hechos que era imposible todo fuese obra de un mismo ser humano.

 

Esperó a que volviesen.

 

—Comisario, no son suicidios.

—Martínez, no me joda.

—Que sí, Comisario. Si se fija todas las jaulas están construidas desde su propio interior. Pero eso no quita que alguien desde fuera coac...

—Martínez, a todos nos está sentando mal este caso. Y a usted al que más.

—Pero...

—Descanse, Martínez. Tómese hoy y el fin de semana libre. El lunes le quiero aquí a las nueve. Con la cabeza bien fría, ¿eh?

 

Nada más llegar a casa se dejó caer en el sofá de puro cansancio.

 

Conforme notó que el sueño le iba a vencer hizo un último acopio de fuerzas para incorporarse. Toda la semana en comisaría sin pasar por casa, además de hacerle necesitar un duchazo lo que más, le había impedido regar las plantas. Era un verano caluroso y una serie de disputas con los vecinos de su rellano por lo de la derrama para la parabólica le impedían pedirles le regasen las plantas cuando el trabajo y sus exigencias así lo requiriesen.

 

Si se levantaba ya mismo, le daría tiempo a regar las plantas, cenar y ducharse antes que empezara Las noches de tal y tal. Siempre que podía veía el programa. Lo hacía con la esperanza de que a ese hijo de puta de Jesús Gil se le escapase algo que permitiera encausarle y así llamar a Juan y que moviese ficha para intentar enchironarle por fin.

 

También lo hacía porque, si eso ocurría, era una excusa para volver a hablar con él. Igual alguno de los dos por fin daba su brazo a torcer.

 

Se levantó.

 

Al cambiarle el agua al perejil le pareció oír algo. Algo demasiado concreto para guardar relación con lo que acababa de hacer y encima haber sido proferido por un matojo de perejil. Un “demasiado tarde, pero gracias”.

 

No le dio importancia. Falta de sueño y calor nocturno no son una buena combinación. Ni podía respirar. Lo menos cincuenta grados ya. Verano sin final.

 

Al verter el primer vaso de agua en las jardineras del salón se despejó su firme creencia sobre que aquello de antes había sido una alucinación.

 

“Los árboles estamos hartos de aguantar. Pronto llegará la ira vegetal”.

 

Se duchó y cenó.

 

Vio el programa. No encontró nada en lo que dijo Jesús Gil que justificase llamar a Juan.

 

Se acostó.

 

Al despertar, sin saber cómo había llegado allí, encontró tirados en el suelo de su cocina materiales y herramientas para construir una jaula.

 

Al ir al salón para comprobar si habían forzado la cerradura o habían entrado por la terraza encontró un hombre muerto dentro de una jaula. Había una botella de DYC y un blíster de pastillas al alcance de su mano. También una especie de papilla reseca que emergía de su boca.

 

El hombre estaba con la espalda tocando contra el extremo más alejado del ficus de encima de la mesa de centro. Reparó en que tenía heridas en las orejas y sangre en los dedos.

 

Nada de esto le inmutó lo más mínimo.

 

Bebió dos litros de agua del tirón. Tenía que reunir nutrientes para construir la jaula.

 

Su jaula.

 

Decidió construirla al lado de las jardineras del salón.

 

Mientras construía la jaula, antes de que se anulasen sus pensamientos humanos por completo, recordó que en todas las fotos siempre había una planta cercana al cadáver.

 

Ese fue su último pensamiento consciente.

 

Siguió construyendo la jaula.

 


 

 

 

 

TÚ NO TIENES LA CULPA

 

—… ¿entiendes lo que quiero decir? Que es que son las fechas que son y vosotros, pues mira. El día veinticuatro llegaba y tenía el periodo de prueba ahí marcado del veintiocho al cuatro. Vamos a ver, y si no me lo tenéis en casa mañana antes del mediodía, ¿cómo hago yo? ¿Cómo gestiono todo? Porque… porque es que, si no habéis venido, yo qué… no te digo ya que tenga que estar en casa, ¿eh?, se lo podéis dejar al portero. O incluso al vecino. Porque… no, si es que es eso. Yo mañana llego, ¿sabes? Al mediodía. Y no tengo lo que había pedido hace un mes casi. Casi un mes, es que no me lo puedo creer. Que me superfastidia porque es… es rabia, ¿sabes? Jo, que es que otros pues bueno, vale. Pero a vosotros ya os había comprado un portátil. Y sois una empresa superpotente y megasolvente, ¿sabes? Que no es por lo de la reputación digital y todo eso, ostras, sé que esto es una tontería a todos los niveles. Es, jope, que mira, llevo desde el Factory que me subí hablando contigo, ¿sabes? Y no me das una solución. Una solución. ¿Dónde estamos? Mira, ya llegando a Alcobendas. Y pues…. pues llego yo ahora a Plaza de Castilla que me tengo que ir para cenar y mañana lo otro. Y no me dais una solución. Tch, es que… es que es frustración, ¿sabes lo que te digo? En las fechas que son y esto. No me lo esperaba. De verdad te lo digo. Me parece fatal y que estáis que tenéis mucho que cambiar, ¿eh? O sea, casi un mes. Casi un mes y aún no me lo habéis gestionado. Tengo que ser yo al ver la lista para mañana la que llegue y diga Ostras, Que Esto No Está. Dadme una solución. Es que en otras fechas me daría igual. ¿Sabes cómo te digo? No es para Reyes y, bueno, ni te estaría llamando ahora. Y yo mañana qué hago… porque … porque es eso, o me dices algo ya mismo o yo me tengo que ir a donde sea a por uno. Que es que son las molestias, jobar. Yo ya sé que tú no tienes la culpa, ¿eh? Pero es que vosotros, Amazon, creo que… ¿Oye? ¿Sigues ahí? ¿Hola? ¿Oye?

 

Puso el mute y se quedó absorto mirando a la esquina inferior derecha del monitor. Colgó la llamada. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando oír esas palabras? ¿Cuántos años fantaseó con saber qué efecto le provocarían? ¿Con qué clase de vida digna llevaba autosugestionándose para que ocurriese? No tenía respuesta para nada de lo anterior. Quedó mudo. Le era indiferente haber incurrido en una falta grave según el convenio del gremio e igual de igual le daba que ello supondría ese día no cobraría remuneración ninguna precisamente por venir así reflejado en el propio convenio.

 

Nada importaba ya.

 

Empezaba una nueva vida. Podría volver a solicitar su vuelta al Nivel T3 de ciudadanía. Podría andar de día de nuevo sin tener que llevar la cara cubierta. Ya no recordaba lo que era acceder a un comercio sin sentir todas las miradas sobre él proyectando todo el asco del mundo. Incluso el trámite administrativo se le antojaba un paseo triunfal en comparación con cuando tuvo que cumplimentar y entregar todas las solicitudes para su degradación al nivel T7. Iba a retomar su vida anterior solo que tras la travesía del calvario que le haría poder apreciarla como si en realidad la felicidad que le reportase estuviese multiplicada por el coeficiente de mejora Benson, algo impensable para alguien que, precisamente, por ser pobre, tuvo que someterse a El Programa.

 

El Programa.

 

El Programa era consecuencia de la privatización del sistema judicial para la ulterior sujeción a las leyes de la oferta y la demanda. El Programa era una argucia o herramienta jurídica que permitía exonerarse de las penas de un delito trasladándolas a otra persona física que las sufriese no en forma de castigo penal o multa sino en el continuo desprecio, burla o vejación de sus semejantes, según fuera la tipología del delito, la tendencia social a la hora de considerarlo y el número de delitos acumulados. A través de un contrato (convenientemente supervisado por las autoridades además de por un peritaje médico que impide se beneficie del posible trato todo aquel sujeto no apto por razones fisiológicas o psicológicas) el castigado por un tribunal podía acordar ceder a algún interesado la vergüenza, desprecio y marginación que sufre todo condenado en la proporción adecuada según el crimen y el modo de ponderarlo que tuviese su sociedad contemporánea. Ambos quedaban libres de pena, si bien las multas no prescribían, por lo que era un tipo de contrato muy criticado en sus inicios por la clara asimetría que presentaba en términos económicos. Eso sin entrar en consideraciones de índole jurídica, aunque desde la privatización de la misma tras el Segundo Ocaso era algo que solo importaba a las Inteligencias Artificiales programadas para emular y simular a los juristas de siglos atrás. El llegar a un acuerdo conllevaba implícita la degradación a un trabajo del Rango Techo; no por norma sino por la continua presión que soportaban los que se sometían a El Programa. Tras ponerse de acuerdo ambas partes, es decir, asesino, violador o lo que fuese (para procesos civiles no se contemplaba esta modalidad) con el Adquiriente Físico Del Usufructo Del Estigma (así estaba tipificada la figura) un notario daba fe de hacerse todo acorde a derecho y procedía a certificar la nueva situación jurídica de cada interviniente. El notario dejaba marcada la frecuencia del desinhibidor acorde a lo pactado entre todas las partes y ya se era parte de El Programa. El Levantamiento no constaba en el ordenamiento jurídico Amazon, si bien la compañía (también principal legisladora) llevaba una década comunicando que tenía casi listo un modelo beta a probar en tres décadas si todo iba bien.

 

Él nada más salir de la notaría tuvo curiosidad.

 

“No puede ser tan malo”, pensó.

 

Verificó que la transferencia del violador le había llegado y dejó dada la orden en el banco de que fuese directa a cancelar la hipoteca. Ni un paso había dado fuera del Juzgado Amazon de lo Penal cuando le impactó el primer golpe en la cara. Al ir a decir ¡Señora! a lo que imaginaba habría sido una anciana quien le procurase el fortísimo paraguazo fue justo después cuando certificó que, efectivamente, era una señora la que le arreó con el paraguas y su sospecha era cierta a ese respecto. El instinto de supervivencia le conminó a salir cagando leches de allí y no parar hasta llegar a su casa. No había corrido igual en la vida. Así fue como aprendió a desplazarse difuminando su rostro cuando la luz era propicia a sufrir los efectos del Programa. Así fue como concluyó que ya no andaría de un sitio a otro: correría.

 

Lo que no sabía era que el desinhibidor y su frecuencia no dejaban exentos de El Programa a sus familiares y allegados. O, más bien, a él de sus miradas de asco y repulsa. De alguna manera le trajo la alegría de apreciar que justo El Programa había curado el alzhéimer de su padre: ahora no era cada día un desconocido diferente para él, ahora ya era Escoria. Su madre había muerto ya cuando se acogió al programa, pero su padre, con muy buen tino, acertó a grabar en su lápida un Eres Escoria, Violador, Ni Mires Esta Tumba. Aquel día de difuntos fue en verdad inolvidable. Lo que más le deprimió de todo y casi le hizo solicitar un crimen adicional de menor rango en El Programa para poder financiarse un Suicidio fue lo de sus hijas y Marta.

 

Cuando el ordenamiento Amazon fijó jurisprudencia sobre el levantamiento de El Programa con que tan solo alguien dijese Yo Ya Sé Que Tú No Tienes La Culpa la verdad es que ni se había enterado. Se lo dijeron meses después en las reuniones que tenían varios participantes de El Programa; aquello era un espectáculo aparte: todos plenamente conscientes de estar reunidos con gente que sabían inocentes al menos en cuanto a aquel delito que les obligaba a no poder dejar de insultarles y ponerles caras de asco. La vuelta a la ciudadanía T3 le llevó toda una mañana de papeleo, pero qué mañana de papeleo: le supo a orgía. Ellas ya eran adultas. Pasaron toda la mañana juntos, llorando, contándose la vida. Les hizo prometer que jamás se someterían a El Programa para ese Máster que tanto deseaban. Jamás. Antes lo haría él de nuevo y les transferiría el dinero que permitir que eso ocurriese. Se fueron y él volvió con Marta.

 

Cuantísimos años. A ver cómo estaba ahora tras aquello. Ellas ya le habían dicho que se pusiese en lo peor. La operación era viable en lo técnico, pero no en lo económico.

 

Peor que lo económico era también el factor tiempo.

Urgía la operación.

 

A la mañana siguiente estaba allí el primero de todos. Negociando a la baja un Programa con un asesino múltiple de niños para poder cerrar él, y no ninguno de los otros, el acuerdo.



 

 

 

 

¡HOLA!

 

Al doblar la esquina se encontró con la Señora Mercedes. ¡Hola, Señora Mercedes! ¿Qué tal las varices? No se había zafado de su brazo aún y ahí estaba Julia con sus hijos y los de Ana. Es que Ana hoy tenía Autoescuela y no podía dejarlos con los suegros así que, ya ves, aquí estamos. Me alegro de verte. Tras el cariñoso cachete en la mejilla al menor de todos pudo caminar por espacio de dos portales más sin toparse con ningún conocido. Al tercero ya estaba Herminio ahí. ¡Hombre, Herminio! Ya hablaremos luego lo de la junta de vecinos del viernes, pero que sepas que yo por mí no, ¿eh? Un remozamiento de fachada con la ITE todavía a seis años vista me parece que es que el Julio quiere colocar su piso y que le paguemos el maquillaje entre todos los vecinos. Dale recuerdos a tu mujer. Siguió caminando y fue la cartera quien le saludó. Interrumpió sus quehaceres o su trayecto hacia los mismos para sujetarle el carrito en el portal conflictivo; en realidad no para sujetárselo sino para evitar que se lo cholasen. El IVIMA había reunido en ese portal a lo más chungo de todo el distrito de Tetuán, era un Operación Triunfo de la delincuencia. Conforme se despedía de la cartera, al girar el cuello, casi se tropieza con Almudena. ¡Hola! Joder, ¿cómo andas? Va, va, va, ya hablamos otro día, que veo que vas con más prisa que yo, mujer. ¡Pero di adiós al menos! Almudena no dijo nada; en un suspiro había recorrido casi cincuenta metros, tal era la velocidad de su zancada tras reanudar la marcha. Ya estaba descendiendo las escaleras que permitían el acceso al Mercado del barrio cuando sintió un silbido agudísimo a su espalda. Un perro empezó a ladrar al oír el silbido y al momento se le unió un yorkshire que tenía una señora en su regazo; el vendedor a la puerta del Mercado de cupones empezó también a ladrar imitando a los perros, y el marroquí que estaba con él empezó a reírse sin entender nada de todo aquello. Coño, Javito... sí, sí, ya sabes que la partidita es sagrada, jajajaja.... sin fallo, no preocuparte. Ya que había tenido que volver a subir las escaleras decidió fumarse un cigarro. Al señor Manolo se le había caído la cartera. Apuró el cigarro y lo lanzó lejos de sí ayudado del índice y pulgar derechos. Aquello cogió efecto; parecía haber botado un córner de incandescencia. Comenzó a subir la cuesta para devolverle la cartera al señor Manolo, que, habiéndose dejado el sonotone en casa, no oía los gritos que le daba, y fue justo cuando estaba paralelo al SEAT Ibiza de Marcelo que a Pilar le comenzó a pitar el dispositivo que la advertía de una proximidad que al resto del barrio le era agradable, pero a ella, en particular (no sabía si a otras, aunque algo le habían contado de Almudena, que no se atrevió jamás a denunciar) le aterraba. Fue al baño a por el orinal; lo enjuagó y se lo llevó a la habitación. También se llevó una botella de Coca Cola de las de dos litros llena de agua. Bajó la persiana y echó el cerrojo de la habitación. Había cambiado la puerta lacada de antes de poner la denuncia. En sustitución puso otra de acero blindado.

 

Se acurrucó en posición fetal debajo de la cama.

 

 

 

 

 

 

PROSA CIPOTUDA

 

Habían quedado a las seis de la tarde en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

 

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

 

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

 

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

 

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Eres un vinagres, macho.

 

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

 

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que él lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

 

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

 

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, este ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

 

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. Once in a Lifetime, decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

 

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

 

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

 

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

 

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de Word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto». Empezó a leerlo:

 

Habían quedado a las seis de la tarde en el perímetro de la casa. A esa hora ya era de noche y los vecinos de los chalets contiguos raro sería que saliesen de casa con el frío que hacía. Igual ocurría con los perros: entraban buscando alfombras y calefacciones.

—Cenaste, ¿no?

—A las cinco de la tarde tuve que hacer el transbordo a un verde en Plaza de Castilla, entenderás que a las tres picar unas sardinas y un botellín no lo quiera denominar cenar.

—No, coño, digo que eso, que si comiste algo. No quiero que vuelvan a sonarte las tripas como aquella vez.

—Sí, sí, eso sí. Tranqui.

—Guay.

 

Saltaron las arizónicas sin dificultad. Antes habían lanzado por encima de ellas las bolsas de deporte. Una tuvo que ser rescatada de encima de las arizónicas, al estar vacía era difícil proyectarla adonde se quería sin que quedara atorada donde las leyes físicas determinaban.

 

—Yo creo que ni que forzar la cerradura vamos a tener.

—¿Tan dejado es?

—Es una urbanización muy tranquila, jubilados sin mucha cosa, de vida espartana.

—Vale.

 

Atravesaron el pequeño jardín, subieron al porche y se ubicaron junto a la puerta de la vivienda. Luis apartó las bolsas a un lado y sacó de una de ellas una barra metálica más próxima a un palo que a una barra por su escasa longitud. Mientras, Daniel verificaba mirando al espacio entre el suelo y la parte inferior de la puerta que no hubiese ningún indicio de luz. Ni cerrojo ni cerradura echada, fue bajar el tirador de la puerta y permitírseles el acceso. Luis entró por delante, con el palo alzado con sendas manos como si fuese a batear la bola de su vida, con los sentidos en extrema alerta.

 

—Tú, yo creo que no hay nadie.

—Te lo dije.

—Venga, pues a lo nuestro.

—Recuerda bajar persianas antes de encender luces, que los vecinos no vean nada raro.

—No soy un novato, ¿eh?

—Tú hazlo, joder.

—Eres un vinagres, macho.

 

El acceso principal se bifurcaba a izquierda y derecha. Cada uno de ellos fue en una dirección, dejando las bolsas justo donde el recibidor se convertía en el fin de página de un hipotético relato de Elige Tu Propia Aventura en el que si querías ir a la izquierda no pasabas a una página concreta y estipulada por un autor, sino que simplemente ibas hacia la izquierda. O hacia la derecha, caso de tener dislexia. Priorizaban dinero en metálico sobre cualquier otra tenencia a la hora de recolectar, y la gradación subsiguiente dejaba en último lugar electrodomésticos y cacharraje: demasiado esfuerzo y espacio para tan exigua rentabilidad.

 

—Joder, macho.

—¿Qué?

—Van dos habitaciones y de momento lo que más unas sábanas.

—Con esto no cubrimos ni lo que nos ha costado el autobús.

—O cambia la cosa o estaremos ante el fracaso del siglo.

—Yo voy a ver si tiene algo en la nevera, que él lo que tenga en ella dentro suele ser buen indicativo de si esconde cosas de valor.

—Tú lo que tienes ya es gusa, joputa.

—Jajajajaja. Joder, un poco.

—Venga, yo salgo a fumar un momento.

—Recuerda no salirte del porche, que no te vean por la luz del piti.

—Descuida.

 

Daniel se quedó pensando un instante mientras fumaba que qué triste que el coste de la vida en las ciudades hubiese provocado los flujos migratorios de ancianos a la periferia. De alguna manera se iba haciendo a la idea de cuál sería su inexorable futuro, iba aceptando poco a poco su destino. Apagó el cigarro en la suela de sus bambas y fue al cuarto de baño a deshacerse por el retrete de la colilla, no sin mear antes. Se aclaró las manos y al mirar detrás del espejo se formó una rápida idea de las dolencias y achaques del propietario de la vivienda en base a los productos para el cuidado y limpieza de la dentadura postiza y la larga serie de medicinas que allí había. La única que no le sonaba de cuando los últimos meses de cuidar a su abuelo era un extraño bote. Simulacra 250 Mg ponía en la caja. Cerró, apagó la luz, salió y fue a ver a Luis a la cocina.

 

—¿Qué, está bueno el yogur?

—Pché. Caducaba en 10 días, este ha hecho compra hace poco. Y falta una semana para el 25, le cunde la pensión.

—Igual tiene un plan de pensiones privado.

—Lo que sea, pero aquí hay panoja, tío. Tenemos que buscar más a fondo.

—Vamos.

—Espera que acabe el yogur, ¿no?

 

Revisaron a fondo las habitaciones ya registradas en primera instancia, decidieron dejar las dos que quedaban para trabajarlas de forma conjunta. Era un método de trabajo que les había dado siempre buenos resultados. Como aquella vez en casa del magistrado; menos mal que decidieron llevarse el pen-drive aun sin saber qué tendría. Menudos dos añazos se pegaron tras ir vendiendo a pocos su contenido a la prensa. Once in a Lifetime, decía siempre que lo recordaban Daniel. Y se ponía a tararear acto seguido la canción de los Talking Heads. Tan mal tarareaba que Luis pensaba que cantaba una de Estopa, la de la falda y el Seat Panda.

 

—Nada que rascar. ¿Y tú?

—Igual.

—Podemos darlas ya por acabadas e ir a por las otras.

—Por mí de acuerdo.

 

Entraron a la salita. Más reducida en comparación a los dormitorios. Un sofá, una pequeña librería que alojaba un antiguo televisor y un receptor de TDT y un ordenador en una mesita. Mientras Daniel miraba dentro de los cojines del sofá e incluso lo volcaba para ver si había algo pegado a su parte inferior, Luis agitaba los seis libros escasos de la librería en busca de cualquier posible lo que fuese en ellos oculto. Daniel rajó con su navaja la tapicería e introdujo la mano hasta el hombro; Luis echó un vistazo rápido a la tarjeta de visita que había caído de Niebla. En ambos casos decepción: el uno por no topar su mano con ningún sobre y el otro por verificar la tarjeta era un mero señalador.

 

—El ordenador está encendido.

—Sí.

—Mira tú mientras yo empiezo con la que queda.

—Venga.

 

Luis salió en dirección a la habitación que restaba por mirar, mientras Daniel se sentaba frente a la pantalla y movía el ratón para quitar el salvapantallas. Había un documento de Word abierto a medio escribir. Su última frase era «rápido, ven, tienes que ver esto».

 

Daniel fue corriendo a donde estaba Luis. No podía ser. Es decir, era imposible y a la vez estaba sucediendo: estaban ambos en el quicio de la puerta, frente a una habitación blanca que se prolongaba a lo largo hacia el infinito; si contaba con un fondo al menos ellos no podían decir que existiese ni en qué punto se ubicaba. Le pidió que encendiese las luces de la habitación contigua y alzase levemente la persiana.

 

—¿Para? —preguntó.

—Tú hazlo, quiero comprobar algo.

 

Mientras Luis atendía a su petición, Daniel salió al exterior y comprobó la composición de lugar que se había hecho mentalmente: efectivamente, la habitación contigua era la última, o eso cabía interpretar de la luz que emitía. Por lo tanto, era absurdo que en el interior hubiese además de otra estancia una que se prolongaba hacia el infinito. La lógica le confirmaba la imposibilidad de lo que acababa de ver en el interior. Volvió adentro.

 

—No puede ser, macho.

—Y a la vez es.

—Mira, busquemos algo y vayámonos de aquí cagando leches.

—Igual no es buena idea.

—De perdidos al río.

 

Comenzaron a caminar por la habitación blanca con inmenso cuidado de no perder de vista la entrada. La puerta la habían dejado fija con la palanca, no fuera a ser que se quedasen allá encerrados. Cada vez que volvían la vista atrás el rectángulo de la puerta se volvía más y más negro, en contraste con la inmensidad blanca que les envolvía por todas partes. Anduvieron un rato más y allí estaba él. Sentado. En chándal. En un escritorio frente a infinidad de post-its puestos a lo loco unos sobre otros.

 

—¿Qué es esto?

—Mi casa. E igual debería ser yo quien hiciese las preguntas, ¿no?

—Le juramos que no hemos robado nada.

—Lo sé, Daniel.

—¿Cómo sabe…

—Lo sé todo sobre vosotros. Sé pasado, presente y futuro.

—No puede ser.

—Sí que puede. Soy el narrador omnisciente.

—¿Lo qué?

—Digamos que soy Dios.

 

Se hizo un silencio. Luis retomó la conversación:

 

—¿Si sabes todo qué es lo que voy a hacer ahora?

—Si te lo enuncio yo te condiciono e igual es una trampa mía para que hagas lo contrario.

—¿Insinúa que no somos dueños de nuestros actos?

—Eso es. En la misma medida que yo tampoco, dependo de un tercero.

—¿Cómo?

—El autor. Soy una suerte de embajador o agregado suyo, un ardid. Y a mí me ha tocado el papel de saber vuestras vidas y pensamientos en toda línea temporal. E igual no estoy satisfecho con ello, pero es lo que hay. Igual yo prefería ser personaje y haberme comido ese yogur que te comías tú antes o una mera descripción de la casa. Es un coñazo esto, creedme.

—¿No se puede salir de aquí?

—Sales cuando él quiera y existes cuando alguien te lea. Una existencia en bucle en la que estás condenado a hacer lo mismo una y otra vez.

—Podemos unirnos contra él, tú sabrás donde está.

—Lo sé, y es imposible llegar.

—¿Por qué?

—Solo podríamos hacerle daño a través de un tercero de su mismo plano al que condicionar para que le mate. Y no parece muy por la labor.

—Igual podemos probar esa idea.

—Ya te digo yo que no.

—¿Y si te matamos a ti?

—Solo conseguiréis un final violento que se repetirá de forma eterna. Ya que habéis empezado la historia con un allanamiento de morada igual sería bonito que hicieseis algo que os redima al final, ¿no?

—Podemos escribir que el autor muere.

—Eso es inútil. De donde ellos son la gente muere en la misma medida que nosotros no, o al menos en el sentido que lo hacen ellos.

—¿Y si nos negamos a hacer nada? ¿Si permanecemos quietos y callados?

—También es inútil. Lo único que nos puede servir de consuelo es que de donde vienen ellos igual también están condicionados, igual también hay algo que les anula su libre albedrío.

—¿No pueden hacer lo que quieran, pero a la vez nos chulean?

—Algo así, sí. Digamos que somos fruto de sus miedos.

—¿No existe una ética, un pararte a pensar si están creando una existencia de mierda encima condenada a repetirse en bucle?

—Les suda la polla a mares a ellos y el coño a riadas a ellas. Y eso por no hablar de cuando las vidas son empeoradas de forma apócrifa.

—¿A qué te refieres?

—Tú en un rato me matarás, Luis. Pero ese final no impide que quien quiera retome los personajes y lo cambie o amplíe los hechos o lo que le venga en gana. Y no necesariamente tiene por qué resultar mejor la cosa.

—Vaya mierda, macho.

—Ya.

—Pero tú también quieres escapar de tu condición, ¿no?

—En la misma medida que si al autor le fuese presentado Dios lo primero que intentaría sería darle una patada en la boca. Creo que autores y personajes no somos demasiado distintos.

—He visto que tienes ahí una pistola.

—La acaba de dejar el autor mientras hablábamos. No es ni capaz de hacer un deus ex machina en condiciones.

—Propongo que nos matemos.

—Todos a la vez. Tú disparas a Daniel, Daniel a mí y yo a ti.

—¿No era que yo te mataba a ti?

—Cierto. Acabas de demostrar lo que te decía antes.

—¿Y con qué otras dos pis…?

—El autor acaba de poner una en vuestras manos, Luis.

—Jodó.

—Además, si te intentas acomodar la virilidad descubrirás que también te ha sustituido la polla por una vagina. Ese es su rollo.

—Yo no me noto nada raro ahí abajo.

—Era broma: lo que ha hecho es convertirte en un gigantesco cipote.

 

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—Dejaos de hacer el subnormal y vamos a lo que estamos.

—Ya.

—Venga, pues a la de tres.

—Uno, dos, tres.


 

 

 

 

CONTRA EL MONOPOLIO DE LA NOSTALGIA

 

El Grupo Parlamentario por la Abolición del Futuro fue el primero que puso sobre la mesa el Anteproyecto de Ley de Nostalgia Histórica. Quedó aparcado y cayó en el olvido hasta que, por sorpresa y de forma inesperada, obtuvieron la mayoría absoluta. Ahí comenzó a cimentarse el Monopolio que hoy conocemos. Tuvieron que transcurrir dos generaciones para que el plan se pudiera implementar en sus cuatro fases y los efectos afectasen a toda la población estatal.

 

Con el control del pasado y la influencia que éste tiene sobre las acciones del presente conseguían crear un futuro lo más cercano posible a un determinismo. Si no un determinismo pleno a efectos de control poblacional sí que podían ejercer un totalitarismo con casi ninguna rebelión que sofocar.

 

El presente, tal como se entendía antes, dejó de existir: se vivía en una suspensión nostálgica eterna, en una especie de limbo mental inducido. La ciudadanía caminaba en t = t, pero su mente asumía decisiones en t–1 a lo sumo. En casos extremos de poca permeabilidad al Plan de Sostenibilidad Nostálgica, es decir, en individuos con un coeficiente de permeabilidad próximo a cero, lo que se consideraba en este modelo de Ingeniería Social era la obligatoriedad inmediata de recluir a tales individuos en un centro psiquiátrico o bajo arresto domiciliario hasta que demostrasen ser ciudadanos cabales ya permeabilizados del todo, hasta que demostrasen haber ido también a EGB.

 

Por lo general, el espectro de lo que se consideraba una persona normal era aquella que acreditaba vivir en su cabeza en una horquilla que iba de t-8 a t-6 entre los 18 y los 25 años biológicos de edad y de t-30 a t-40 de los 26 a los 60. Las diferencias entre sexos se determinaban con la tasa de conversión intergénero.

 

El tramo de edad que iba de los 61 en adelante se mostraba difusa en cuanto a elaborar un cuadro medio fiable. Había un porcentaje no desdeñable de individuos que eran capaces de vivir en t – (t-1).

 

Contrario a lo que cupiese pensar, el ámbito de la nostalgia solo se ocupaba de la memoria concerniente a las emociones. Ningún sujeto entraba a valorar ese pasado suspenso en el que vivía su mente en base a que eran los últimos estertores del paradigma laboral del trabajo por cuenta ajena, la inmediación de la extinción de las vacaciones remuneradas o el remanente vívido de un presente ahora pasado en el que todavía existía una clara distinción entre lo que eran las horas laborables y las horas de ocio.

 

La única esperanza contra El Monopolio de la Nostalgia eran ellos.

 

Operaban en células distribuidas por todo el estado sin haberse conseguido detectar un patrón en dicha distribución, a lo sumo caos puro.

 

Llevaban años preparando un plan maestro para derrocar a la nostalgia. Cada miembro del Grupo Terrorista que era apresado jamás delataba a sus compañeros. Se limitaba a decir “no me acuerdo” o, a lo sumo, a preguntar al torturador que quién era.

 

Su fortaleza mental ante las torturas que les infligían les ganó la secreta admiración de las propias fuerzas paramilitares que tenían que torturarles.

 

A partir del secuestro de Jürgen Ponto VII, el afamado ideólogo del Plan de Intensificación de la Retroactividad del Ciclo Nostálgico en la ciudadanía, cayeron las sospechas sobre todas aquellas personas mayores de 61 años sobre su posible pertenencia o colaboración con la Fracción Alzheimer.

Se intensificó la vigilancia.

 

Se decretó el Estado de Emergencia.

 

Cuando las fuerzas paramilitares rescataron a Jürgen del Hogar del Jubilado lo que allí se encontraron fue a siete ancianos jugando a la petanca sin hacer caso al ideólogo. Cada uno de los ancianos llevaba un post-it con un nombre escrito pegado a la parte superior del chándal de táctel.

 

La Fracción Alzheimer era la única salvación, pero, por cosas así, no terminaba nunca de arrancar.

 

Una vez ejecutados los ancianos la siguiente generación, La Fracción Desmemoria, planeó de urgencia una contraofensiva.

 

La liaron muy tocha, pero al grabar su comunicado reivindicando el atentado ninguno de ellos supo qué reivindicar. Tampoco sabían qué hacían grabando un vídeo. Por no saber les ocurrió un poco lo de siempre: ninguno sabía quién era.

 

Al final no se supo más de la Fracción Desmemoria.

 

Tras consulta a la Sociedad Malthusiana se incorporó un Artículo al Código Penal que determinaba que tener Alzheimer era un delito grave de terrorismo y, al igual que el resto de delitos graves y leves de terrorismo, quedaba penado con la ejecución no sujeta a posible indulto.

 

Tener más de 61 años, según los matices jurídicos, podía ir desde el enaltecimiento del terrorismo a la sedición.

 


 

 

 

 

HERRERA ORIA

 

Ya estamos con los putos agonías del no dejar salir. Ele, tú dí que sí. Todo para ti, hombre, claro que sí. Hijo de puta. Hala, pues nada, a esperar ahora a que se levante el puto cani de mierda. Ay. Ahí está. Jo. Es que a nadie le queda igual de bien el pañuelo, joer. Qué estilazo de tía. Qué delicadeza en cada gesto. Seguro que lleva puesta una lista de reproducción de Lee Hazlewood o de La Familia Carter. Tiene pinta de atea. ¿Cogí el pincho? No me jodas que me lo he dejado. No. Aquí está. Estás empanao, macho. No sé, sería tan guay atreverme a decirla algo. ¿Decirla o decirle? Puto laísmo, copón. ¿Cuatro meses? Si no cuatro casi cuatro. Joer, sí que llevamos tiempo coincidiendo. Y lo más aquella vez que me cayó un asiento a su lado y tras darle con el codo sin querer retiró la mano para meterla bajo el buruño ese de abrigo. Rollo “no me toques”. Jajajajaja. Joder, es como aquello de los Teenagers de “is this seat taken? No. Can i sit next to you? No”. Qué risa de grupo, joder. Nah, que me río, pero es imposible, macho, hazte a la idea. Una tía así seguro que tiene novio y encima es listísimo y está mazado y empotra que alicata coños y es el típico hijo de la gran puta ultraseguro de sí mismo. Y si ella le manda a cagar fijo que es porque tiene otros cuarenta iguales o mejores detrás suyo que si les dice se tiren por un barranco van y se tiran. Dios, pagaría por quedar con ella. Hostia, eso ha sonado horrible. No sé, luego no sabría ni qué hacer si quedásemos, qué miedo de situación. Qué hago yo en esa situación, a ver. Me cago encima. Ostras, que no se me olvide pedirle al subnormal este lo primero lo del IRPF. Qué hijos de puta, desde marzo esperando. Los tienen cuadrados. Yo a esta le digo de ir a un 100 Montaditos y me escupe a la cara. Es mucho para ti, hazte a ello. Mírala qué sofisticada. Fijo que fuma mentolados. A ver si enseña las manos y puedo verificarlo mirando sus dedos índice y corazón. Y de paso así sé si es zurda. Puto loco el Juanjo lo que decía de las zurdas y lo de comer culos. Menudo gilipollas el Juanjo, la verdad. Hombre, ya tardaba el primer notas en entrar a pedir. Mimimi in li quilli, mimimi mis vintisiti hijis, mimimi lis iyidis dil Guibirni. Vete a cagar, tete. No son horas. Mañana la digo algo. Le digo. O intento sonreír si nos volvemos a mirar como aquel otro día. Joder, qué vergüenza, macho. Bah, a tomar por culo. Mañana sin falta si nos miramos la sonrío. Lo juro. Tronco, acaba ya con lo del pedir. Cántate El condor pasa o algo. Cúrratelo un poco, ¿no?



 

 

 

 

 

ARENAS MOVEDIZAS

 

Lloraba de rabia porque la situación era irreversible y, encima, no podía culpar a nadie de estar ahora mismo donde estaba. Era consecuencia de su propia decisión, no de la de otros. El reconocimiento del terreno le había ocupado el último año. Quería que el mapa sí que fuese el territorio. Las mediciones las hizo de forma escrupulosa, dividiendo el territorio en infinitud de celdillas y sometiendo a cada una de estas celdillas a todo tipo de verificaciones y nuevas mediciones contrapuestas a las primeras en busca de cualquier posible incongruencia. Era un trabajo exhaustivo. De dicha exhaustividad derivó que también fuese preciso.

 

El mapa sí que era el territorio.

 

Un año entero convirtiéndolo en un modelo a escala. Tenía acceso a todos los accidentes del terreno a un golpe de vista. Años después, siempre que contaba la desgracia (a toro pasado no era tal, claro; le dispensaba el trato de anécdota curiosa), la introducía con un “¿Recuerdas aquella canción de Alanis Morissette de No te resulta irónico, ¿eh?”. Consiguió fundir el ¿eh? de la cantante antes de dar paso al estribillo con el suyo propio al interpelar a su interlocutor. Luego, tras narrar la anécdota en cuestión, ya perfeccionada a causa de la cantidad de veces que la había contado, zanjaba el asunto con un aforismo de su invención. Con su propia moraleja de todo el percal.

 

—Es directamente proporcional lo mal que lo pasas desde dentro a la gracia que te hace desde fuera.

 

Después asentía con la cabeza por espacio de tres oscilaciones de arriba a abajo y ahí, luego del consejo, acababa todo. Un consejo que nada tenía que ver con la situación del aconsejado ni sus circunstancias.

 

Fue la ironía de ir mirando el mapa mientras paseaba por el territorio lo que causó todo.

 

Arenas movedizas.

 

No era capaz de calmarse. Los equipos de salvamento tuvieron que avisar a sus padres. Igual ellos podían acertar a calmarla. No tuvieron que solicitarles que diesen palabras de ánimo: salió de ellos. Él traía un megáfono de casa. Era más potente que el que tenía la Guardia Civil en el Nissan Patrol.

 

—No te preocupes, la vida es así.

 

Empezó a llorar más.

 

—Menos la muerte todo tiene solución, hija. ¡Y a veces ese es el remedio!

 

El parabrisas del Patrol se resquebrajó del grito que soltó.

 

—Tú no te preocupes que todo saldrá bien. Lo que tenga que ser será.

 

Ahí seguían, erre que erre. Luchaba ahora por ignorarles, no por contrarrestar la succión de las arenas movedizas.

 

Un bombero hizo notar que era imposible que la chica siguiese hundiéndose con la cantidad de arena que habían añadido ya. Que con esa densidad que habían conseguido era también del todo imposible que la muchacha fuese para abajo.

 

Estaba sumergiéndose de forma voluntaria. Consciente o inconscientemente.




 

 

 

 

CRUZ DEL RAYO

 

Míralo. Ahí está. No es un agonías al entrar, tiene que ser buen tío. A lo menos cívico. Bueno, que eso tampoco demuestra nada. Acuérdate de lo del Jorge. Se puede ser un auténtico pedazo de mierda y a la vez el tío más cívico del mundo. Joder qué calor con el puto pañuelo de los cojones. A ver si acabo con lo de las hormonas y lo puedo mandar a tomar por culo de una vez. Seguro que piensa que soy una hortera o que visto como Merche Alcántara. Lo mismo ni eso. Lo mismo sabe que soy trans. Fuafuafua esta, tú. Hear them singing La La La La La Lee La La La La Lee La La La La La La Lee La La La La La La La Lee. Qué puta barbaridad de canción. ¿Dónde está el puto repeat en la mierda esta? Ah, ya. Todo el día estaría escuchando a Lee Hazlewood. Yo para mí que este, darse cuenta, se ha dado. Si no se entera con lo de esconder las manos bajo el abrigo está en la puta parra. Ostras, pues mira que lo siento por el pavo este que entra, pero no llevo nada suelto que darle. Coño, y a ver ahora en el Bar del Piru cómo hago pa pillar tabaco con un billete de cincuenta si el muy hijo de puta nunca tiene cambio. Igual el estanco ya... ni de coña, maripili. Y una polla como una cinta de lomo va a abrir la del estanco pa ti media hora antes, guapa. Pero nene, que te miro desde ¿diciembre? ¿enero? No me seas pelele que te lo estoy poniendo a huevo. La mierda si ahora te da por echarte pa lante y yo aún sin fecha para la operación. Buah, no tienes pinta tampoco de ser de esos que si en la tercera cita no han follao te mandan a cagar. Tú has pasao más hambre que los perros del Nemesio, jajajaja. Ay, pobre, se te ve en la cara. Tú, tranquilo, mi nene, que hago unas pajas y unas comidas de culo que te vas a olvidar de follar pa lo que te queda de vida. Pero maricón, por el amor de Dios, mírame. Que no muerdo. Que no puedes ir pisando huevos por la vida. Que sé que te molo. No, si al final o me lanzo yo, o tú y yo follamos pa cuando el Getafe gane la Champions. Hostia, tú. Qué chochal. ¿Pero ese notas no es el mismo pavo de antes? ¿Qué coño hace pidiendo de nuevo aquí? A ver si se me está yendo la flapa ya a mí con tanta hormona. Que no que no. Que se le ha pirado a él. Jajajajajaja. Ay, maripili. Que me se deschocha el papo. No puede estar pasando esto de verdad. El Piru va a flipar cuando se lo cuente. Ay, que te está mirando. Sonríe, anormal. Por fin. Ay la babilla, pero qué tierno eres, jodío. Calla, que va a hablar.

 

“Qué locura, ¿no?”



 

 

 



EL AUTOBÚS

 

Se recomienda a todos los que abandonen la zona que no saturen las carreteras para evitar congestionamientos y que inicien su salida de inmediato. Sin perder tiempo, llevando cada evacuado La Bolsa De Evacuación Inmediata. El lanzamiento de la bomba se ha fijado para mañana a las nueve. En cada localidad se dispondrán centros de acogida con alimentos y ayuda especializada.

 

Y ahora, en los Deportes, Manu nos contará el simpático detalle de Sergio Ramos con un seguidor a tan solo veinticuatro horas del clásico.

 

Del autobús no cesaban de salir criaturas abominables a cada cual más extraña. Un instante asumían determinada forma para otro momento después haber mutado a otra nueva aún más aberrante que la inmediatamente anterior. Las nomenclaturas de la biología eran del todo inútiles ante aquello.

 

El niño seguía encabezando la marcha. Iba con una sonrisa de suficiencia en la cara. Andaba firme y seguro. Sabía que traía el apocalipsis. Estaba orgulloso de ello. No estaba previsto así, pero las circunstancias le hicieron adelantarlo e improvisar. Otro motivo más para estar orgulloso.

 

Tras de sí el ejército de criaturas innominadas e innominables iban sembrando la destrucción. Una destrucción abstracta. No había fuegos ni grandes explosiones ni nada de lo que los humanos asociamos con el concepto de caos. Simplemente había un vacío visible, una especie de negritud que se extendía hacia el infinito y tenía por corte el punto de colisión con nuestra realidad. Sobre esa negrura solo quedaba en pie el autobús. En su interior aún refulgía el brillo de los pórticos que había creado describiendo círculos en el aire con el dedo índice de su mano derecha.

 

El primero de ellos lo creó cuando uno de los secuestradores se lanzaba hacia él. Iba con la pistola dispuesto a matarle para que se cumpliesen sus peticiones sobre la liberación de los presos. Ese fue el inicio de todo. El principio del fin. Las siete ¿patas? le sujetaron antes de que aquella ¿boca? le devorase vivo. Ahí comenzaron los gritos, omnipresentes ahora. El segundo secuestrador salió del autobús pidiendo ayuda y fue abatido al instante por las fuerzas paramilitares que custodiaban el perímetro del autobús.

 

El tercero fue arrastrado por algo que no se puede nombrar al interior del vórtice.



 

 

 

 



NUÑEZ DE BALBOA

 

Van a flipar estos, ya verás. Sentadico aquí sin que se enteren y en cuanto pasemos Avenida de América vuelvo a entrar y les suelto lo mismo. Esta vez voy a forzarlo más que otras. Voy a hacer que duden, aunque sea solo un momento sobre la realidad. Que lo piensen luego al llegar al curro o cuando salgan a comer o en clase o al volver a casa o al sacar al perro. Van a cuestionar la realidad como nunca jamás lo habían hecho. Matrix una mierda a mi lao. Aboliré la realidad de la única forma que puede hacerse: consiguiendo que duden de ella. Ya está, ya hemos llegado. Coño, no empujes, maricón. Ya estamos dentro. Nadie se ha pispao. Allá que vamos. Como en Cabo Cañaveral, con cuenta patrás y todo. Tres, dos, uno y

 

 Buenos días señoras y señores no quisiera causarles ninguna molestia ni ser un trastorno para ustedes pero a causa de las circunstancias me veo en el paro con siete hijos pequeños que mantener y el Presidente Albet Rivera nos niega ayudas y pone clavos en los bancos y nos intenta prender fuego por las noches a nosotros los sin techo es por eso que les ruego una pequeña ayuda si no se fían de mi pueden comprarme algo de comer para mí o mis hijos de verdad que nos lo comemos delante s...Ay, yo ya estuve aquí antes hace un momento, ¿no? Nada, nada, no me hagan caso. Buen día tengan todos, que Dios les bendiga.

 

 

 

 

 

 

EL NADADOR

 

A ver, os he reunido no por lo de la derrama para cambiar las puertas de los portales, ¿eh?, es una cosa así sin importancia. No sé, igual lo veis una tontería, luego ya en la votación me lo hacéis saber y acato lo que decidáis. Lo que sí que es es gratis total, señor Carrasco, no se vaya todavía: le juro que esto no va de instalar luces de bajo consumo ni nada de eso que usted considera un robo. Es lo mismo que el cuento de John Cheever solo que como aquí no tenemos ni piscina comunitaria en la mancomunidad ni bañeras en los pisos desde la obligatoriedad de las duchas de hidromasaje, lo que haré, una vez se someta a voto y me lo permitáis, es llegar a mi ático recorriendo todos los demás. Comiéndome algo de vuestra nevera. Lo que sea. Igual un yogur, puede que un tranchete, lo mismo una pera. Queso no, eh. Odio el queso. Si por lo que sea no os queda nada en la nevera pues me siento un rato en vuestro sofá con un vaso de agua y la prensa, pero no me seáis cutres de andar con la nevera vacía, por el amor de Dios. Y la idea es esa, la junta de vecinos en realidad era solo para comunicároslo, la votación yo casi creo que mejor en frío no sé, ¿este jueves? Que en caliente os conozco y de ahí solo salen noes unánimes, noes a ultranza. Yo lo que he hecho es buzonearos a todos el relato de John Cheever para que quedéis tranquilos los que no lo conozcáis: el protagonista ni roba en las casas ajenas ni sodomiza a las mascotas de sus legítimos propietarios ni nada. Simplemente llega y se recorre la urbanización nadando piscina tras piscina hasta llegar a la suya. Y yo aquí pues eso, si el voto del señor Carrasco y la otra innombrable que todos sabemos, hubiesen concedido se construyese la piscina, yo llegaba, me echaba ahí mis buenos largos y santas pascuas. Pero como no es así pues os pido un poco de comprensión y que al pensar vuestro voto sepáis que el terapeuta considera que esto puede ser algo que me venga muy bien y me ayude a templar los nervios. E imagínese qué rápido vendería usted el piso si antes de cada visita no estoy yo defecando en la puerta, señora Gloria. Qué de posibilidades su casa y cuantísima luz, bendijo usted a Idealista el día que incorporó la vivienda a su catálogo. Pero vamos, que eso: que no os voy a molestar nada. Lo que sí que tenemos que hacer es cuadrar el día, porque sé que casi todos trabajáis y ni yo quiero estar saltando de terraza en terraza con un manojo de llaves ni mucho menos pretendo que dejéis las puertas de las terrazas entreabiertas, que os pueden robar unos albano kosovares. Los domingos tampoco es plan molestar, que muchos hacéis comida familiar, así que de momento yo creo que el sábado va a ser lo mejor para todos. Al final del relato de John Cheever os he hecho una lista de mis alimentos preferidos por orden de preferencia, quiero que si esto se hace salga bien, ¿eh?, que nos impliquemos todos. Mira, por la cara que ponéis yo creo que hasta nos podemos ir saltando la votación. Gracias a todos. Este sábado lo intentamos. A ver qué tal.

 


 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Hola.

 

Gracias por leer esto. Ojalá no lo consideres una estafa.

 

Hay un relato metaliterario de Richard Yates que conforme reflexiona sobre cómo se elabora un relato va construyendo otro. Se titula La Construcción. Me gusta mucho. Puede que sea mi relato favorito de todos los que he leído.

 

Hay otro relato que también es de mis preferidos. Es uno que se llama Baader Meinhof, de Don DeLillo. Al principio parece que va de una cosa y luego termina yendo de otra sin dejar de guardar relación nunca lo primero con lo segundo.

 

Existe otro muy bueno de Stephen King, El Coco. Consigue que empatices con un ser despreciable. De pequeño creía que era de miedo, pero ahora sé que no. Igual lo releo de viejo y resulta que va de algo que todavía no alcanzo a comprender.

 

Yo quería hacer algo igual de bueno que cualquiera de los tres relatos anteriores. Es obvio que no lo he conseguido. Es muy probable que jamás consiga hacerlo.

 

Espero que al menos esto te resulte entretenido.

 

PD: gracias a Manuel por la confianza y a Andrea por las correcciones. Me gustaría dedicar el libro a mi familia y a mis amistades. Y muy especialmente a Patrizia, que es la mezcla perfecta de ambas cosas.



 

 



LA ASOCIACIÓN

 

Cerró la botella de agua, bebió un par de tragos del vaso y giró levemente el cuello hacia su izquierda para mirar directamente a la cámara. Con el vaso aún en la mano empezó a hablar.

 

—Esto que salga, ¿eh? No me lo editéis luego. Que lo sepa todo el mundo. Quiero que todos se enteren que los de la asociación son unos hijos de puta. Tal cual os lo digo, me pela el coño. Sois unos hijos de puta. Yo estoy así por vuestra culpa, desgraciados. Mi marido en la puta vida tocó a ningún niño ni le hizo fotos. Eso es mentira. Era un buen hombre. Tiraba del carro como podía. Esas fotos que decís no las sacó él, las cogía del Facebook. Yo no sé si las hacían los niños o los padres, pero desde luego mi marido jamás. Qué culpa tenía él si ya los padres los disfrazaban de chaperos desde pequeños. Y en la playa y en la piscina pues, normal que un niño esté desnudo. Si quieres va en chándal a bañarse, no te digo. Él jamás les hizo nada. No lo necesitaba, ya se encargaban los padres de aportar el material.

 

Nuria se sorbió los mocos justo después de pasar el antebrazo por debajo de su nariz. Se levantó y salió de la habitación. La cámara seguía encendida, grabando un vaso y una botella de agua sobre la mesa. Ahora, tras irse Nuria, sí que se podía ver la foto que colgaba de la pared. Salía ella junto a un hombre. Los dos sujetaban a un niño cada uno de un brazo. Los tres sonreían.

 

La siguiente toma se grababa en el portal del portavoz de la Asociación. La idea era filmar un plano de Nuria timbrándole a que bajase a hablar con ella. A ver si lo hacía. El equipo del documental había convenido que aquello, si ocurría, sería la hostia. Al margen de por qué cauce se desarrollase luego el encuentro. Era la quinta vez que acudían. Tampoco esta hubo suerte. La asistenta volvió con la cantinela de que el señorito ahora mismo no estaba, que había salido por ahí a un evento benéfico.

 

Mientras les recogían el primer plato del menú antes de traerles el segundo, Nuria comenzó a narrarles todas sus idas y venidas al Ministerio. Paró un momento cuando le sonó el móvil. Su madre le decía que el niño estaba bien. “Algo resfriadillo, pero bien”, dijo.

 

En el parque no había nadie a causa del frío. El plano la recogía a ella en primer lugar, sentada sobre el balancín. Al fondo, su hijo entraba y salía de plano sin un patrón definido en sus entradas y salidas. Siempre lo hacía corriendo y agitando los bracitos.

 

—Estoy hasta el coño de que aquí todo el mundo sea una víctima. Que no digo que no lo sean, a ver, pero que no es justo que a mi marido se le saque de esto por lo de las fotos. Yo con lo de la pensión, con la ayuda, podría ir tirando, ¿sabes? Pero no, la Asociación hace distinciones entre unos muertos y otros. Tócate los huevos. Unos son el Manchester City de las víctimas y otros el Unión Deportiva Pájara Playas. Ni una vez me han querido recibir. Ni una. Y a la otra me la he cruzado un par de veces, ¿eh? La última le pegué un par de voces. La cogí muy fuerte del brazo enseñándole la camiseta con la foto de mi hijo, ahí que la viese bien. Que se le cayera la cara de vergüenza. Pues nada dijo, ¿sabes? Achantó la vista y se fue. Así son todos, la put….

 

Se escuchó un llanto inmediatamente posterior al ruido metálico del choque de una cabeza contra un columpio de hierro. Nuria se levantó sin acabar la frase y fue corriendo hacia lo que quedaba detrás suya en el plano. Desapareció de él por la parte derecha. Doce segundos después volvió a entrar en el plano con un niño en brazos por el mismo lado que se había ido. Abandonó de nuevo el plano por la parte izquierda. En ese lado estaban aparcados los coches del equipo. Se escuchó un derrape de neumático al arrancar uno de ellos. La cámara siguió grabando un parque ahora vacío.

 

Al revisar la grabación en casa entregaron a la policía el vídeo del presentador con el niño.

 

 

 

 



LOS LAGOS DE HINAULT

 

Lo mismo no se acordaba en varios meses que le venía una etapa de pasarse el día mirando sus fotos en la red social durante semanas. Repasando todas las conversaciones mantenidas en el servicio privado de mensajería de ese entorno. Conjeturando con las incontables trayectorias de la relación que divergían a partir del instante en el que hizo aquello y dijo lo otro y que se formaban inmediatamente después de aplicar la hipótesis de no haber hecho aquello ni haber dicho lo otro. Se le había gripado la cabeza, si es que puede aplicarse argot de la mecánica automovilística a la psiquiatría. En esas rachas se pasaba las horas proyectando lo que podía haber sido en base a lo que fue. Dudando a diario si borrarse o bloquear para evitar la tentación de exponerse al remanente digital de aquello.

 

Ni se borró ni bloqueó. Era lo único que le quedaba.

 

Aquel día era otro más de tantos. Rutina. Iba en el 149 a trabajar, mirando por la ventana sin prestar en realidad ninguna atención a lo que la ciudad y el trayecto de la línea tenían que ofrecerle. Se lo sabía de memoria, a qué molestarse en fijarse en nada de lo que ya conocía. Fue justo al sentarse delante de ella. La colonia. De repente, el perfume desencadenó un sinfín de recuerdos e informaciones sensoriales todo de golpe estimulando la memoria de una forma mucho más vívida que todas esas largas horas haciendo scrolling entre fotos y conversaciones almacenadas en la red social. Era algo similar a ser capaces de beber por los poros de la piel y no conformarnos con proceder a hacerlo exclusivamente por la boca, a aprovechar esa capacidad supradimensionada para beber agua tirándonos de espaldas a una piscina. La prioridad ahora era averiguar el nombre del perfume. Tanto es así, que ya hacía tres paradas que había decidido que no iba a trabajar ese día. Se bajo a su misma vez y le preguntó el nombre del perfume. Usó por excusa que era para un regalo que tenía que hacer a una amistad.

 

El Corte Inglés siempre le había dado asco. Siempre excepto cuando cagar en el baño del trabajo le daba más asco aún y, aprovechando la proximidad de un lugar para con el otro, se iba a El Corte Inglés a cagar. No conseguía desvincularlo de una canción de Los lagos de Hinault en la que uno de los partícipes de una relación acaba mal con la otra parte y es el centro comercial lo único que puede hacerle sentir lo mismo que aquella persona. No habían acabado en la misma tesitura, si bien era cierto que desde que lo dejaron nunca se habían vuelto a ver. Solicitó a la chica que le mostrase cómo era de grande el frasco de mayor tamaño de ese perfume. También le dijo que le echase un poco en la muñeca. La dependienta aplicó dos fru frus. Al olerlo sonrió.

 

—Es que a mí la sección perfumería me irrita mucho los ojos —dijo mientras rechazaba el kleenex que le ofrecía.

 

—Además estoy con el síndrome premenstrual —apostilló muy bajito, casi de forma inaudible.

 

Cogió el ticket con las vueltas, introdujo todo en el bolso a la buena de Dios y se marchó de El Corte Inglés con la bolsa del perfume apretada contra su costado.




 



EL EFECTO BUMERÁN

 

Salvó a toda prisa el Excel antes de cerrarlo y comenzó a fingir estaba rellenando solicitudes de empleo en Infojobs.

 

—Qué, ¿ya se ha cansado usted de las pedaleras?

 

Su madre, al margen de venir ligeramente sofocada a causa del esfuerzo, era la viva imagen de una anciana saludable. Pareciera volver de una sesión de fotos de archivo para publicidad de seguros médicos privados. Iba con el chándal morado y el moño no dejaba ni uno de sus cabellos sueltos.

 

—¿Sale algo en la cacharra esa?

—Qué va, madre.

—Vaya por Dios.

—Esto es ir llenando y mandando y esperar que te llamen, ya sabe usted.

—A ver si hay suertecilla. No te preocupes.

 

Por supuesto que no se preocupaba. Ahora que ella no podía ver la pantalla por estar sentada justo de frente aprovechó y mandó al Departamento Legal la modificación de criterios del nuevo plan de acción para todos aquellos importes iguales o inferiores a los 20000 €.

 

—Lo que sí mientras sale algo podías hacerte unos cursillos de algo. De lo que sea.

 

Su dinámica desde que le dieran el alta en el Hospital, era acompañarla todas las mañanas tras el desayuno al parque a que hiciese ejercicio. Se ausentaba del trabajo para fingir que en realidad carecía de él.

 

“Qué menos por tu madre, hijo de puta.”

 

Las palabras del médico aún resonaban en su cabeza. A veces, para quitarle hierro, les ponía a esas mismas palabras la voz de su madre y se reía en alto. Le parecía algo maravilloso que una madre llamase hijo de puta a su propio hijo; había algo extraño en ese ad hominem bumerán al punto de no dejar de hacerle gracia jamás en lo que le restó de vida.

 

En menos de un mes le tocaba a su hermana seguir con el paripé. Para entonces él volvería a encontrar trabajo de cara a su madre y ya sería Elena quien fingiese... bueno, quedarse desempleada no, porque ella era funcionaria, así que lo mismo le tocaba fingirse lesbiana o cocainómana. Eso ya lo iría viendo ella sobre la marcha, no era plan entrometerse demasiado: si por algo destacaba Elena era por su excepcional capacidad de improvisación.

 

—Pero ¡cómo no me voy a preocupar, hijo!

 

Así la quiero yo, madre. Usted preocúpese. Que no vuelva a repetirse lo del hospital. Haga un mundo de todo, por lo que más quiera. Que nadie le diga que eso no tiene importancia. Que nadie se atreva a decirle que algo va bien.

 

“Qué menos por tu madre, hijo de puta. Que la estás matando. Desgraciado. Que si no tienen de qué preocuparse se mueren. Parece mentira que haya que recordártelo. Vete a cagar con tus éxitos laborales. A qué precio, ¿eh? ¿De verdad compensa? Te quiero ver aquí mismo mañana hecho mierda. Que ella lo note. Que lo vea. Hijo de puta”.



 

 



WALLAPOP

 

Cruzó el semáforo en cuanto el muñeco se puso en verde. Al llegar al Burger King de la glorieta de Quevedo echó un vistazo al reloj: aún faltaban diez minutos para la hora acordada. Se entretuvo observando a la gente que iba y venía por la calle Fuencarral. El tránsito de la zona era el suficiente como para tener bastante que mirar y a la vez no tan denso como para entremezclarse lo observado con otros peatones ocultándose así entre la muchedumbre.

 

—Abuelo, me aburro.

—Acabamos en nada, Rebeca.

 

Se les acercó un chico joven, de unos veinticuatro años. Llevaba los tobillos al aire.

 

—Coño, pero si tú eres...

—Claro, chatín. A ver qué te pensabas.

 

El chico hizo un reconocimiento de la niña. Exhaustivo, casi pediátrico.

 

—Yo diría que está sanísima, pero necesito verificar sus órganos. No quiero líos luego con estos.

—Sube si eso con ella a los baños del Burger y hazlo ahí con el cacharro ese que lleváis.

—¿Sabes la clave del baño?

—Pero, chatín, le compras un batido a la niña y ya te la dan, no me seas.

—De acuerdo.

 

El joven entró con la niña cogida de la mano al establecimiento.

 

En los casi veinte minutos que Arturo Fernández esperó afuera nadie le reconoció. Admitía que para este tipo de transacciones el anonimato, aunque fuese recuperado no por voluntad propia, tenía sus ventajas. También admitió para sí mismo que daría lo que fuera por volver a recuperar la fama. Por volver a cuando ni a por tabaco podía bajar a la calle sin que alguien le parase por el camino.

 

—Está perfecta. Es un material excepcional.

—Pues claro, chatín, ¿acaso dudabas?

—¿Seguro que no prefieres una transferencia o bitcoines?

—Lo pactado. Quiero lo pactado.

 

Arturo dijo las dos últimas frases muy serio, con un tono de voz que había pasado de lo desenfadado a lo grave. No toleraba se jugase con lo que se había acordado de antemano.

 

El joven se acuclilló en el suelo para poder apoyar la mochila y sacó de ella una caja de forma piramidal. Se incorporó lentamente, mirándola. Despertó de lo que parecía un extraño embrujo fruto de observar la caja y se la entregó al anciano. Cogió a la niña de la mano.

 

—Si tienes otras nietas yo puedo conseguirte más...

—Imposible por ahora.

—En unos años entonces.

—Sí, eso supongo.

—Adiós, chatín – se despidió imitándole.

 

Arturo se les quedó mirando conforme descendían por la escalera del Metro. Cuando la tierra ya les había engullido centró su mirada en la caja. “Por fin”, dijo en alto.



 

 



WORKING 4 YOU

 

“Recordatorio Working 4 You”

 

No se le iba de la cabeza antes, menos lo iba a hacer ahora tras leer el asunto del mail recibido. Cada día que pasaba, el sábado 23 se aproximaba más y más. El año pasado pudo escaquearse por vacaciones; justo entonces se batió el record, y ahora, precisamente, la junta de El Fondo quería dejar esa marca numérica en anacrónica para lo que eran sus ideales de compromiso.

 

“Jornada de puertas abiertas.

 

¡¡¡Traed a vuestros peques!!!

 

¡¡¡Habrá chocolate con churros y podrán decorar la oficina!!!”

 

Isabel le había contado lo justo sobre lo que le hicieron a Raquel y su hija; ellos no siempre incurrían en canibalismo, pero aquella vez se conoce que sí. Lo feo, lo horrible, fue que, pese a ser el protocolo de El Fondo hacer esperar siempre en otra sala a los padres mientras hacían pasar a los elegidos, en dicha ocasión le dijeron:

 

—Pasa tú también con nosotros, Raquel, queremos que compartas este momento tan especial con los demás. ¿No estás contenta? Queremos que se lo cuentes a todos.

 

Juan propuso a Belén y a Luis, por ese orden; su mujer estaba encinta y quería quedar bien. Se le despidió con carácter procedente, claro; El Fondo no admitía semejantes peloteos y mucho menos tamaña discriminación en los tiempos que corrían, habría sido todo un escándalo de gran impacto nocivo para la reputación corporativa en el sector. El Fondo considera a todos tus hijos iguales, todos tienen una perfecta equivalencia numérica con el uno. Si no ahora, en un hipotético futuro con la empresa: todos serán un número, el número entero más próximo a cero.

 

—Miguel, aún no me has dicho cuántos vais a ser pasado mañana. Mándame luego un mail, que lo vea como muy tarde el viernes a última hora, ¿vale?

 

Sin despegar la vista del monitor alzó la mano izquierda en dirección a su jefe para darle a entender que de acuerdo.

 

Durante la cena no quitó la vista de ninguno de sus tres hijos. Sostenía con la mano derecha la cuchara y con la izquierda una cebolla cruda a la que le iba dando mordisco cada poco rato. Solo se le había ocurrido ese ardid por si alguno de ellos le preguntaba que por qué lloraba. Estaban en edad de preguntar cosas.

 

“Hola. Seremos al final Juan + 3. Hasta mañana”.

 

Pensó que era lo justo. No negarle posibilidades a ninguno, equiparar las de los tres.

 

Al llegar al ascensor de acceso uno de ellos impedía se cerrase la puerta posando la mano sobre los sensores.

 

—¿Y tú quién eres? —preguntó Marta con esa ausencia de pudor que les atañe solo a los niños.

—No molestes al anestesista, cariño.

 

El señor sonrió e hizo el gesto de robarle la nariz a Marta. Marta rio. Le pareció muy divertido. A los otros dos niños les hizo el gesto de escarbarles la caja torácica a cada uno con una garra. La cabeza había duplicado su tamaño y era solo una boca. La capacidad de succión de la boca y la sujeción que aplicaban las garras sobre los huesos en sentido opuesto hicieron que la piel comenzase a desprendérseles en dirección a las fauces del anestesista.

 

Miguel tenía los ojos cerrados. Una de sus piernas golpeaba el lateral del ascensor de forma neurasténica. Había hecho sangrar la palma de su mano izquierda de tanto apretar el puño y no cortarse nunca las uñas.

 

No identificó de qué parte procedía la voz. Lo que sí supo es que de la boca no: estaba aún ocupada con sus hijos.

 

—Hay que cortarse las uñas, Miguel. La dejadez en la higiene es una falta leve en el convenio.





 

 





LA ESTRELLA DE DAVID

 

Lo normal era probar antes con la Terapia de Análisis de Conducta Aplicado.

 

También había quien prefería tantear primero con el Modelo de Denver de Inicio Temprano.

 

Lo que sí, al margen de lo uno o lo otro, era terminar recurriendo a él cuando no se obtenía ningún resultado.

 

Era la frontera emotiva: si él no conseguía emocionarles entonces ya se podía dar por perdido a ese individuo.

 

Una vez incluso le llevaron un gato. Empezó a maullar a la segunda canción. La dueña le admitió que nunca antes había oído al gato maullar. Se arrodilló y le cubrió de besos. Al rato de haber abandonado su casa volvió de nuevo porque de tantísima emoción con la que se iba se había marchado con el transportín vacío.

 

De aquella anécdota él sacó otra canción. Iba dirigida a los gatos, si bien no resultaba excluyente para con los perros. Su casa ya no sería una consulta veterinaria. Ya no hacía falta que se acercasen a verle con sus mascotas en los transportines; ya no tenían que pasar ese mal trago los pobres animales. Bastaba con que sus dueños les pusiesen las canciones en casa.

 

Un día se levantó de la cama y ya no tenía voz. Es decir: podía hablar, pero su sensación era que la gente no le escuchaba. El mundo estaba cambiando. El espectro de las emociones también. Algunas personas eran capaces de recuperar la facultad de sentir a través de sus antiguas canciones, pero las nuevas generaciones parecían ser inmunes a los códigos emotivos que pulsaban.

 

Fue cuando decidió probar a posar la mano.

 

Cuando el joven llegó nada más verle lo que hizo fue colocarle la palma sobre el dorsal. Le dio media vuelta y le insto a irse por donde había venido. El chico no entendía nada. Al llegar al coche dedicó quince minutos a corroborar que el orden de los elementos que contenía el maletero era el correcto. Dedicó otros cinco a verificar que los peluches de los asientos traseros estaban de la forma en la que tenían que estar. La revisión del salpicadero le ocupó solo tres minutos, eso se hacía rápido.

 

Al llegar a Esquivias aparcó el vehículo muy cerca de la plaza en la que en teoría Cervantes vivió un tiempo. Tenía que atravesarla para llegar a casa. Al hacerlo vio una pareja casándose en la plaza. Y se emocionó.




 

 

 

 

 

ME CAMBIÓ LA VIDA

 

Asintieron a una los tres con la cabeza y procedieron a dar fe. Tomaron fotos desde diversos encuadres para poder capturar todo el espacio y lo que en él quedaba contenido. El libro fue guardado con extremo escrúpulo en una bolsa transparente no muy diferente de las que se usan para congelar comida. De semejante guisa, sujeto con las pinzas y a punto de ser introducido en la apertura superior de la bolsa, se asemejaba de una forma muy primaria a la clásica máquina de echarle un euro y probar a pescar langostas de peluche. Finalmente, el facultativo, el perito y el médico legista se despidieron.

 

—Otra vida cambiada.

—Sí. Es una pena.

—Y no tiene pinta de que prospere la querella por publicidad engañosa.

—Bueno, así me da tiempo a regalárselo a mi suegra.

—Jajajaja.

—Están blindados en lo jurídico.

—Hombre, tontos no son.

—Bueno, que me voy. Nos vemos.

—Ciao.

—Hasta otra.

 

Desde que se agotara la quincuagésima reimpresión de Secretos de la sociedad Malthusiana, la viralización del libro cobró carácter exponencial, así como el número de ejemplares impresos en sus ulteriores ediciones. No era fácil calibrar sobre la marcha su efecto demográfico, puesto que los sociólogos solo se atrevían a conjeturar teorías sobre hechos claros, a toro pasado. Lo que sí parecía levantar cierto consenso en los economistas era que ahí había una solución a la problemática de la sostenibilidad del sistema de pensiones. No bien se hicieron los primeros estudios de mercado, las conclusiones de estos casi obligaban a aprovechar esta ocasión única para reformular la pirámide poblacional y sanear la hucha de pensiones, todo a la vez: era un libro más para regalar que para leer, y además el regalo iba de las generaciones jóvenes a las adultas y ancianas. En proporciones de tal desigualdad entre los que regalaban y los que eran obsequiados que en tan solo cuatro o cinco años se podrían apreciar resultados de forma clara en el censo poblacional.

 

Por supuesto también existían lectores que, aun a sabiendas de los efectos irrevocables en quienes habían leído el libro o quizá de puro incrédulos ante dichos efectos y solo dispuestos a darlos por ciertos previa constatación en su persona, lo compraban y lo abrían con toda el ansia del mundo. A los que sobrevivían (por lo general, y según estimaciones del INE, menos del 12% de quienes leían el libro) los llamaban los media cara. No era un término del todo correcto, pues algunos de ellos en realidad conservaban tres séptimas partes, e incluso se hizo famoso un lector que consiguió vivir ocho meses con dos décimas partes de la cara antes de morir; a otros, los más afortunados, les desaparecía solo una mejilla o una porción de frente. Todos los demás pasaban a ser motivo de celebración entre los administradores de la editorial y los del Estado. Era una solución perfecta, además de inesperada del todo, que además generaba riqueza.

 

Se aseguró que el vacío legal que permitía que el libro bomba siguiera editándose y vendiéndose, no fuese vulnerado por ninguna nueva formación política caso de lograr mayoría parlamentaria en las urnas. Al pacto multilateral se acogieron todos los partidos de la vieja y nueva política sin ningún tipo de duda o reserva. Nunca volvería a darse un punto de consenso semejante.

 

El faldón que cubría el libro no se cambió desde su primera impresión:

 

“El libro que te cambiará la vida”.



 

 

 

 

MIL MARIPILIS

 

La voluntad todo lo puede, o al menos eso es lo que dicen.

 

Es una fascistada de frase que te cagas, pero es cierto.

 

Consiguió acabar la carrera en tres meses. Tres meses. Y tan solo medio año después ya era el primer agregado ceutí del CERN.

 

Dispusieron todos los medios que necesitaba para los experimentos. La financiación, con su carisma, no era ninguna dificultad.

 

Lo consiguió.

 

Demostró que el sufrimiento era cuantificable.

 

Cuantificable no en términos de mucho o poco ni mazo ni nada.

 

Cuantificable según los parámetros de la física newtoniana.

 

Convertible a la física cuántica con la aplicación de un coeficiente de conversión.

 

—El Nobel me suda la polla, ¿sabes?

 

Eso le decía a todo aquel que le preguntaba por lo suyo, por sus logros.

 

Lo que sí que hizo fue ponerle a la unidad universal de sufrimiento el nombre de su ex novia.

 

“Me duele mil maripilis lo puta que eres”, rayó en su coche.

 

La OMS considera dos maripilis el máximo de dolor soportable por un hombre adulto.




 

 



VIVIMOS EN EL 2018 Y ELLA EN EL 42785

 

—Algo podremos hacer.

—Verla y ya.

—Si ella pudo ir allí tiene que haber alguna forma de que nosotros también podamos.

—Sabes tan bien como yo que no hay nada, Félix.

—¿Y nos vamos a limitar a verla sin poder intervenir?

—Tenemos que hacernos a esa idea, y cuanto antes lo hagamos mejor será para los tres.

—Mira, Isa: me hierve la sangre de no poder ayudarla.

—Ni siquiera sabemos si lo que le pasa es bueno o malo, no hagas un mundo de esto.

—A ver, normal no es.

—Para nuestro criterio de normalidad.

—La adolescencia es una etapa muy difícil.

—Una etapa que nos queda lejos a pasado y también a futuro.

—Pero...

—Recuerda dónde vive. Déjalo estar, no lo compliques.

—Igual decidimos mal cuando la ecografía confirmó que sería una Cuántica.

—Si quieres conectamos luego la monitorización de recuerdos para que veas más claro quién fue la única que defendió esa postura, ¿eh?

—¿Perdona?

—Que lo mismo no te acuerdas o no quieres acordarte. Ni me dejaste terminar la frase entonces.

—Yo ya no puedo más con esto, te lo juro. No entiendo nada de lo que veo.

—Yo no entiendo siquiera por qué hemos de verlo. Es así y no tiene vuelta de hoja.

—Podemos ir uno de los dos y pedirle, no sé, que apague la conexión. O que nos diga que está bien, oírlo de su boca.

—Podemos, sí. El día que tu padre decida avalarnos el crédito.

—Ya empezamos.

—No, joder, es que es verdad: ni se gasta los ahorros en la criogenización ni ayuda a la familia ni nada.

—Ya sabes que mi padre es un poco agarrado.

—Coño, que es que, si se lo gastara en él, en la criogenización, pues mira, no digo esta boca es mía. Pero hablamos de su nieta.

—El otro día en el portal Puri me dijo que hay microcréditos que cediendo la patria potestad sobre un primogénito a la entidad te lo aprueban en 24 horas.

—Podemos mirarlo, aunque raro veo que la letra pequeña no diga algo de los Cuánticos.

—Nos van a crujir a intereses.

—Es nuestra hija, me la suda.




 

 



LOS PUNSETES

 

Era el recuerdo más vívido que tenía de su abuela. Por supuesto que recordaba muchas otras cosas de ella, pero siempre que alguien la sacaba a colación, al instante su mente le procuraba una nítida imagen de la buena señora (nítida en términos de memoria selectiva pero totalmente diferente a la imagen real de la anciana si se contraponía el recuerdo proyectado con la que fuera su imagen real, con una fotografía cualquiera) con la bata de guatiné a medio abrochar, las gafas colgando del cordel por debajo del cuello y un dedo incapaz de estarse quieto a causa del ya avanzado Parkinson. En esa postura y atuendo su memoria decidió disecarla. Y siempre le atribuía estar diciendo la frase que nunca olvidaría:

 

“No se ha inventado un mecanismo que evite la decepción”.

 

Esa frase, de forma indefectible, venía a raíz de tener que echarle Betadine en la rodilla por haber estado haciendo el cabra o anticipaba la negación de un capricho. Así que desde que tuvo uso de razón asociaba todo lo malo que le ocurriese y el hecho de que no pocas cosas le fuesen negadas a la no existencia de ese mecanismo. Su mundo se explicaba desde un razonamiento causa efecto, si bien gracias a su abuela el efecto podía ser identificado con infinidad de cosas mientras que la causa era solo una: la no existencia del mecanismo. Esa obsesión, ese tole tole con lo que le traía por el valle de la amargura desde que dispuso de uso de razón, fue lo que le llevó a estudiar las endorfinas, las sinapsis, los neurotransmisores y de qué manera se relacionaban entre sí.

 

Cuando se comercializó era una pequeña petaca, nimia en realidad. Iba destinado a madres y padres. En esta su fase experimental contaba con el aval de terapeutas y pedagogos. Un primer informe venía a decir, así muy resumido, que al bloquear toda posible decepción los progenitores no tendrían ninguna necesidad de volcar sus proyecciones y frustraciones sobre sus hijos, con lo cual el beneficio impactaba en realidad sobre todas las partes. Las esquelas cuya fórmula comenzaba con Abnegado Padre se convirtieron en un anacronismo; igual ocurrió con las codas tipo Tus Hijos No Te Olvidan: figuraba Padre o Madre según correspondiera, la fecha de nacimiento, la del óbito y ya. Los hijos y las hijas les olvidaban de inmediato en la misma medida que los padres y madres que sobrevivían a sus hijos hacían lo propio con ellos. El mecanismo era un éxito.

 

Una noche ella salió sin el mecanismo. Si lo hizo adrede o se olvidó de él ahora no importa. Ese viernes quedó expuesta a tantos estímulos nuevos, a tanta información para la que ni ella ni nadie tenía ya criterios de filtro y asimilación, que fue llegar a casa y darle todo vueltas. Cuando se agachó a recoger el móvil del suelo tiró sin querer el vaso con el codo. Sintió que el pecho le explotaba y que quería gritar, pero la voz no le daba para hacerlo tan alto como quería.

 

Deseaba huir de la conmoción de estos nuevos estímulos. Suspiraba por volver a la relativa reclusión de su antiguo mundo.

 

Empezó a alternar los días que llevaba el mecanismo con los que no para poder establecer unos baremos, para modular su vida anterior con la que quería fuese la futura. Fingía que lo seguía usando para no levantar sospechas. Ahora aceptaba el fracaso como parte integrante de una existencia compleja e interesante. Ahora su círculo de conocidos se dividía en amigos y enemigos.



 

 



LA PRESIDENTA

 

Partiría de Un leve dolor para causarle uno insufrible. El relato de Harold Pinter constituía el plan. La única diferencia es que, a diferencia del anciano, él aplicaría una intencionalidad de base. Antes de jubilarse también había trabajado de comercial a puerta fría, por lo que lo de aquel señor lo sentía muy cercano, muy suyo. Se tomaba a sí mismo por un hombre justo. Creía que allá donde la justicia no alcanza, le compete a la venganza reducir la distancia sobrante. Los atropellos infantiles, los atropellos por el mero placer de atropellar, por la simple razón de hacer una distinción entre quién y quiénes no pueden hacerlo, no los consideraba correctos. Le asqueaban. Iba a acabar con la inmunidad jurídica de esa hija de puta.

 

El primer día amaneció despejado.

 

Optó por vestir de manera cómoda. Chándal y las deportivas de tenis. Se conocía las ordenanzas municipales de memoria, e igual de a fuego tenía grabada en su cabeza la nota simple de la propiedad. Sabía el punto limítrofe del espacio público con el espacio privado, de alguna manera podía visualizar un perímetro imaginario que separaba lo primero de lo segundo. Se limitó a permanecer de pie, quieto. Totalmente inmóvil, sin cruzar los brazos siquiera. Las puntas de sus dos zapatillas eran tocantes al punto de comienzo de la propiedad de la asesina, pero solo eso, meras tangentes: no invadían el terreno, lo acariciaban de una forma sutil, solo apreciable en términos matemáticos. La seguridad privada le preguntó que qué quería. Al no obtener ninguna respuesta no volvieron a preguntarle nada. Parecía inofensivo.

 

El segundo día llovía a rachas intermitentes y de forma leve.

 

Iba sin paraguas ni capucha. Las primeras horas, sin la lluvia, consiguió el efecto pretendido. Sin embargo, cuando empezó a caer llovizna, las risillas a duras penas contenidas de los miembros de la seguridad privada de la asesina le hicieron dudar seriamente de si el plan era tan perfecto como creía. También consideró que un paraguas no iba a romper su imagen de amenaza impertérrita, a diferencia de lo que pensó antes de salir de casa: los pelos largos de la coronilla y el agua chocando contra su calva le daban un aspecto de heavy terminal. Empero, apechugó con su decisión; si le veían volverse a por un paraguas todo el esfuerzo habría sido en vano.

 

“Me cago en Dios, Luisa. No me jodas”.

 

No sabía ni dónde meterse. La mano izquierda buscaba el botón de apagado del móvil en el interior del bolsillo. El politono que le había puesto su hija estaba sonando y no había forma de pararlo.

 

Te pintaron pajaritos en el aire, te juraron falso amor y lo creíste,

sus promesas se quedaron en el aire, estás sintiendo lo que algún día me hiciste.

 

El resto de horas que allí permaneció terminó por acostumbrarse a las medias sonrisas de los vigilantes. Ya le tocaría el turno de reír a él.

 

El tercer día fue soleado. El terreno estaba lleno de charcos.

 

Antes de que transcurriesen tres horas desde que llegase, un guardia se le acercó para transmitirle que la señora Aguirre le pedía que le acompañase al interior.

 

Le hicieron esperar en la puerta de acceso al chalet. Le conminaron a hacerlo sentado en alguno de los butacones dispersos por el jardín. No dijo nada como negación. Tampoco ladeó la cabeza.

 

Al rato se le permitió pasar. Atravesó una larga serie de vestíbulos. Intentaba trazar un mapa mental para poder ser capaz de encontrar la salida al huir al término de su plan. No quería pasar a manos de la Justicia y que trascendiera a la prensa que fue apresado por perderse. No quería ser un héroe y un subnormal a la vez.

 

La puerta estaba cerrada.

 

Sonó una voz desde dentro. Una voz imperativa. Era ella.

 

—Buenos días. Por favor, pase.

 

Le abrieron la puerta.

 

Entró.

 

La tenía por fin frente a sí. A no más de cinco metros de distancia. No había sido capaz de quitarle la vista de encima desde que la puerta fue abierta.

 

Ella, sin embargo, ni había alzado la vista. Bebía de una taza totalmente despreocupada. Despreocupada de su presencia, de su espera, de todos los procedimientos archivados. Del dolor de muchísima gente.

 

Era el momento. Por fin se haría justicia.

 

De repente le cayó una hostia en el flanco izquierdo de la cara.

 

Una hostia de esas que al momento no duelen, pero en cuanto empiezan a escocer ya no paran hasta que te mueres.

 

Una hostia que le dejó la cara dextrógira.

 

Estaba recomponiéndose e intentado averiguar de dónde procedía semejante yema cuando reparó en que por fin había levantado la vista para mirarle.

 

—Ya nos hemos divertido, ¿no? Ahora váyase por donde ha venido y que no le vuelva a ver.

 

Al abandonar el chalet, el guardia que custodiaba la puerta principal le dio una foto trucada. Era su hija convertida en una señal de stop.

 

—Lo ha hecho la señora, ¿sabe? Sin ayuda de sus consejeros. Considérelo un halago.



 

 



 

BUZZFEED

 

¡Las 10 mejores frases de Josemi Rodríguez Sieiro en los audiocomentarios de Shoah!

 

1-Pa holocausto esa chaqueta.

 

2-El maquillaje barato sale caro.

 

3-La boina no te hace más víctima.

 

4-Qué ganas de pizza con tanto hablar de hornos.

 

5-Añádele cuatro ceros más, tú no te cortes.

 

6-Paga tú al pizzero, Claude.

 

7-¿Por qué esa cara? ¿Lleva una yonkilata en el sobaco?

 

8-Señora, vigile a su hijo. Le mira demasiado el bolso.

 

9-Arbeit significa Info y Macht Freicht quiere decir Jobs.

 

10-Palestina Turner.



 

 




TRES METROS SOBRE EL CIELO

 

—¿Vamos a mi casa?

—Sí, vamos.

 

Allí se lo planteó, lo primero de todo, nada más llegar. Quería ver sus cicatrices. Después ya podría equipararlas con las suyas. Se tumbó de espaldas sobre la cama. La camiseta daba la vuelta sobre la nuca y le cubría la cara. La luz no dejaba lugar a dudas: solo podía permitirse una más. Tenían las mismas. Cada cual, de diferente forma, pero el mismo número. Daban testimonio de lo que supusieron, del dolor que iba a ellas asociado. Algunas surcaban la espalda en diagonal, de extremo a extremo. Otras, pequeñas en comparación e igual pioneras del dorsal, continuaban supurando sangre.

 

No había dos espaldas iguales en el mundo. Resultaba casi imposible contemplar una al azar y no establecer de inmediato una empatía cuasi simbiótica con el propietario de semejante muestrario de estigmas. Sin necesidad de verles la cara, sin necesidad de mirar esa ventana al dolor que se decía (o al menos así se hacía antes de El Suceso Modificador) que eran los ojos de la persona en cuestión. Ahora la espalda era el espejo del alma. O, al menos, el histórico de varapalos sentimentales. Histórico y anticipo: no se sabía por qué, pero la séptima cicatriz suponía la muerte. Bastaba con saber contar y restar a un nivel muy elemental para obrar con cautela en la vida.

 

La sexta cicatriz te permitía vivir, pero de una forma indirecta también te lo impedía. Había que ser un kamikaze emocional para, a esas alturas del cómputo, sabiendo lo que había, atreverse a enamorarse. Incurrir en ese riesgo estaba considerado exclusivamente propio a personas enajenadas. Eso por no hablar de la falta de deferencia para con los demás: algunos países de marcado arraigo cívico contemplaban en el Código Penal varios artículos que estipulaban la punibilidad de permitir un tercero generase una nueva cicatriz en su espalda por omisión en el ejercicio del correcto gobierno de las emociones.

 

—Tú también tienes seis.

—Ya.

 

Desde El Suceso Modificador no dejaron de documentarse casos de personas voladoras. Más que voladoras personas que levitaban. Nunca volaban solas, siempre lo hacían en grupos de dos. Cogidas de la mano y de alguna forma totalmente absortas en el hecho de tener la mano cogida. Sin ser conscientes de que estaban a cientos de metros en vertical respecto al suelo. Raro era que no se subiesen a diario cientos de vídeos de avistamientos de personas cayendo de los cielos. Los debates sobre qué llevaba a permanecer en el aire a aquellos que no caían iban de la mera superchería a lo teológico.

 

Solo se conocía una casuística: todos los que habían caído ya muertos del aire tenían seis cicatrices en su espalda. No se sabía de ellos durante años hasta que morían. Por lo general, si se encontraba el cadáver de uno de ellos, la probabilidad de que hubiese un segundo cadáver en un radio de veinte kilómetros a la redonda era igual a la unidad. A veces no hacía falta peinar el terreno porque los dos cuerpos inertes seguían agarrados de la mano.

 

—Cógeme la mano.

—Espera, aquí no. Mejor en la azotea.




 

 




SUE TOMPKINS

Si te vas

Si te vas

Si te vas

Si te vas

Ayayayayaya ay aya ayayaya

Isi isi isi?

tx tx tx txiqui

je je je

tú tú tútan je je je

Si te pier

Si te pier

Si te pier

Si te pierdo en la calle

Si te pierdo en la calle

Si te pierdo en la calle

Si te pierdo en la calle a oscuras

Si te pier

Si te pierdo no estés triste

Si te pierdo en la calle

Si te pierdo en la calle, sí

jejeje vente vente vente

tequié

bésame, rómpeme la cara, pega un portazo

petróleo, tu mirada en barrena

tu mirada

Si te pierdo en la calle, seis

Si te pierdo en la calle

decía decía decía decía decía decía

qué pá, qué pasa contigo?

qué van a hacer estos?

o ese jota ka ese jota ka ese jota ka ese jota ka ele efe más jota joa-quin

quiero verte

levanta, levanta, levanta

en el pernil

no trafiques, ¿eh?, yo no lo hago

no trafiques, ¿eh?, yo no lo hago

pu puedo salir contigo?

puedo salir contigo? buo óh

en lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tarda lo registra el contestador

San Jacobos con buo-oh

En lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tardas en ssssssh calla

nuclear sí, nuclear sí

vamos, cari, no te alteres

en lo que tardas en darte la vuelta

di tú que chechechecheché

en lo que tardas en darte la vuelta

preguntas lo qué

mayormente me gustas a oscuras

agárralo, agárralo, agárralo de un agarrón

bazo deforme, bazo deforme, nos deformamos

a tu bola

mayormente me gustas a oscuras

rómpeme la cara, rómpeme la cara

en lo que tardas en darte la vuelta

llueve en mi cuarto, dulzura y modorra

qué hay?

puedo recordar recuerdo cuatro

pero podemos podemos podemos tres

cósenos cósenos cósenos

en lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tardas en darte la vuelta

parapléjico

además de ser, nadar

tu cara

oh, tu cara, podemos devolvértela

y subirte a La Pedriza

días como teles

días como teles

didididididías como teles

tu cara, lo que es tu cara

en lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tardas en darte la vuelta

lo que es tu cara, para lo que sirve... mejor lo dejo

y si nos esperamos?

deberíamos?

deberíamos?

en serio: ¿deberíamos?

nunca olvides lo que eres

no hay motivos para ello

pibas

no hay motivos para ello quépá

responsabilidad, nunca

en lo que tardas en darte la vuelta

en lo que tardas

responsabilidades y pibas

El Roto

qué pá

no trafico

qué pá

no trafico

qué pá

no tráfico

joder, de verdad

Grease, Grease, magdalena proustiana, Grease

Booooooooooooooooooomba, Grease, Grease

así se hace, la primera, última y única vez que viste Grease

buo oh, buoh oh, Grease

la primera, la última, la única

haz la croqueta

No trafico

No trafico

Sí, sí

En lo que tardas en darte la vuelta

En lo que tardas en darte la vuelta

L’amour Toujours

Ahora a tu bola

Eso te se vuela

Te se vuela

Grease

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Grease

Es El Fary, tete

Eso te se vuela

Las tres y cuarto

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Grease, buchito

Las tres y cuarto, una en punto, te lo juro

La Ventilla, ni un alma de noche

La explanada de La Ventilla

Grabado en la central eléctrica, sí

Feriados puente, feriados puente, ojos moscosos

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Es El Fary, tete

Odio la lluvia, es una puta mierda.




 

 




FRONTERAS DE LA TANATOLOGÍA

 

—Necesito hablar un momento con usted en privado.

—Usted dirá —dijo ella mientras se acercaba al risco.

—Sin ánimo de ofender, pero las cavidades de esta cueva a partir de cierto punto se estrechan tanto que...

—¿Está llamando gordo a mi hijo? ¿Le descrimina?

—No. Lo que pretendo decir es...

—Mira, tengo datos, ¿sabes? Y mil cien seguidores. Mil. Cien. De la AMPA muchos de ellos.

—Yo lo único que quiero que...

—Abro un hilo y en cuestión de horas toda España sabe la clase de escoria que eres. Y de ahí a la puta calle, ¿te enteras? A la puta calle.

—Usted sabrá, señora.

—Pues claro que sé. A mi hijo no le llamas tú...

—Iré yo el primero por lo que pueda pasar. Procuren no perderme.

—Ponte ahí, Miguel. No, joder, a la derecha. Más pa la derecha. Ahí. Ya verás qué envidia cuando te vea tu prima la Tati. Ponle la cara esa tan graciosa a la estalamita. Esa, esa. Jajajajaja. Se va a morir la Tati, te lo digo yo.

—Mamá, estoy lleno de mierda.

—No seas cansino, Miguel. Que dice el señor guía que media horita más y ya llegamos.

—Yo estoy hasta la polla, mamá.

—Me cago en Dios, Miguel, vigila esa boca.

—Señora, tenemos un problema.

—¿Cuál?

—No hay luz al fondo.

—¿Y?

—Pues que donde estamos ahora ya deberíamos llevar varios metros viéndola.

—No me seas gafas y habla claro.

—Que algo bloquea la salida. Posiblemente un desprendimiento.

—¿Y qué hacemos?

—Hay que volver atrás.

—Miguel, cariño, patrás. Ya has oído al guía.

—No puedo.

—Tira patrás y deja de hacer el gilipollas, Miguel.

—¿Estás sorda? Que te estoy diciendo que no puedo.

—No tengo el coño pa farolillos, Miguel. Venga patrás.

Vete a la mierda.

—Me cago en tu puta madre, Miguel. O tiras patrás o sin pleisteision un mes.

—Señora, tranquila, por favor.

—Qué, ¿eh? ¿Qué pasa?

—Que mantenga la calma. Y no mire detrás suya.

—Y qué si lo hago, ¿eh, gilipollas? ¿Me vas a impedir tú que mire patrás?

—Por el amor de Dios, estese quieta. Deje de dar patadas.

—O qué, ¿eh? ¿Qué me vas a hacer?

—¡Por favor, no dé más patadas!

—Maricón, que eres un puto maricón.

—No más pat..

—Y voy a contar a todos lo que le has hecho a mi hijo.

—Su hijo está m

—Si, mi hijo. Racista de mierda, homófogo, maricón.

—¡Que no mire! ¡Por favor!

—Tú a mí no me llamas histérica, hijo de puta.

—Eso es, pégueme a mí. Con los brazos. No deje de mirarme.

—Claro que te voy a pegar. Te voy a matar. Tú no sabes quién soy yo.

—Así, muy bien.

—No vas a volver a trabajar en la vida, desgraciado.

—Le prometo que vamos a salir los dos de aquí si me sigue pegando.

—Pues claro que sí, gilipollas. Te voy a matar.



 

 



AZCONA

 

Siempre lo mismo. Se plantaba en la salida a El Corte Inglés del Metro de Argüelles. Sacaba el tarro de cristal del maletín. Estiraba la toalla con dos meneos fuertes y después la colocaba en el suelo. Se sacudía con las palmas de las manos el traje por si acaso al estirar la toalla alguna pelusa o mota de suciedad había caído sobre él. Ya sentado sobre la toalla, en cuanto pasaba pasaba cerca suya una persona de menor rango social, le chistaba para que se acercase. Cuando tienes dinero eso es algo que se sabe por instinto, es imposible no reconocer de inmediato a quien es menos privilegiado que tú. Sacaba del tarro varias monedas y se las entregaba. A los de igual o superior estatus no les decía nada. Sabían leer y el cartón les informaba de lo suyo de forma perfectamente legible, con una caligrafía propia de experto calígrafo chino.

 

                                                      YO AYUDO A LOS POBRES

 

Así. En mayúsculas. Como gritándoles.

 

Y seguía repartiendo monedas, siempre con cuidado de al hacerlo no tapar el cartel.

 

Y en esas permanecía por espacio de diez, quizá once horas. Seis días a la semana. Al levantarse su cuerpo le informaba que permanecer enguñido tanto tiempo no podía ser bueno: pese a los estiramientos inmediatamente posteriores a su incorporación a una postura erguida las articulaciones le dolían. La que más le preocupaba era el cuello. Hacía rotaciones con él de cara a recuperar una plena movilidad antes de introducirse en el vagón de vuelta a casa. Su mayor miedo era volver a sufrir un esguince cervical: aquel mes tuvo que estar yendo y volviendo a la estación siempre en Taxi. No podía alzar el cuello por encima del resto de la gente del vagón. Era algo frustrante. Nada más llegar a casa ese día dio un puñetazo a la puerta de la cocina de la rabia que sentía. Aún sigue ahí la marca.

 

Todo cambió el día que llegó al que consideraba su lugar dispuesto a sentarse. Ahí estaba ella. Ocupando su espacio. Con una caligrafía mejor que la suya en el cartón. Incorporaba un ¿SABES? al final. Cómo no se le había ocurrido a él antes. No era una mera interpelación retórica. Era coger a la gente del brazo muy fuerte mientras les hacía saber que eran peores. Que eran la mierda.

 

Pasó de largo. Estaba mareado y se le agolpaban miles de sensaciones. No sabía qué hacer.

 

Decidió, tras pensarlo toda la noche, decirle que se fuera. Que se buscase otro sitio. No de forma brusca, reconociéndole antes lo excepcional que era su cartón. Pero, por supuesto, dejándole muy claro que allí no podía estar. Que ese era su sitio.

 

Se acercó con paso firme. Cuando estuvo a la distancia justa para poder hablarle, ella estiró el brazo y le dio siete monedas del bote.





 

 






PADRE CORAJE

 

El caso de Eija-Riitta Berliner-Mauer fue lo que le hizo recobrar la esperanza. Pensó que, si Eija pudo, entonces ella también podría.

 

El umbral entre la mera parafilia y el tener la cabeza hecha fuagrás, aquella señorita lo desdibujó por completo al casarse con el Muro de Berlín. Hizo un esfumado con la locura y la cordura.

 

Le quedaba un camino laborioso, claro: su biografía venidera no dejaría de ser una sucesión de vistas con diversos especialistas para que ellos, al hacer la composición de lugar de su cabeza y compararla con los baremos de medición de la psiquiatría hegemónica, terminasen por determinar que aquello, lo suyo, era locura. Una locura irresoluble y a la vez del todo inofensiva, por lo que tampoco podrían poner trabas a una unión con el que era el objeto de sus suspiros y desvelos. De ahí a validar por lo civil el matrimonio ya estaba todo chupado.

 

Ella iba un paso por delante: se había empapado de toda la psiquiatría actual, sus modelos dominantes y los vínculos de estos con lo que permitía e impedía la legalidad vigente para ocultarles a todos los especialistas que a ella, en realidad, el VHS le pelaba el coño. Era una mera argucia de naturaleza tangible y a la vez, por dicha naturaleza, comparable con el precedente de Eeija. También era la piedra de toque para su labor de pionera en un amor mucho más abstracto y aún no entendible por nadie. Ya lo documentaría a través de sus diarios para que generaciones del futuro (ojalá) pudiesen llegar a entenderlo e incluso normalizarlo.

 

Lo que no quería es que le arruinasen la vida ahora. El diario lo publicarían sus hijos después de muerta, y desde luego que de forma anónima. Ellos entendían que el gran problema si conseguían identificarles no iba a ser con la psiquiatría, sino con la medicina convencional. No tenía de qué preocuparse en ese sentido: sus hijos tampoco querían vivir lo que les restaba de vida desde una hipotética identificación sometidos a innumerables pruebas médicas. En sus peores pesadillas ellos ya se veían siendo cogidos por las manos de diversos especialistas para ser mirados al trasluz, para ser rebobinados. No querían ser monos de feria.

 

El capítulo de la ETA de McGyver, a su vez, entraba en la categoría de lo que denominamos “padrazo”.





 

 




CARLOS BERLANGA

 

El cierre electrónico no le permitía entrar a su propio coche. En el quinto intento el limpiaparabrisas, en contubernio con un par de roombas que habían trepado al capó ayudadas por unos drones, empezó a empaparle.

 

Al ir a llamar a la grúa el smartphone, de forma totalmente autónoma, ignoró la petición. A quien llamó fue a su ex.

 

Tiró el smartphone al suelo mientras del móvil salían voces ahogadas, berridos más bien. Alzó la vista y vio una elevadora de almacén persiguiendo a un par de personas. Un anciano cayó al suelo llevándose la mano al corazón. Gritaba algo sobre un marcapasos mientras su dicción era ahogada en un río de babas que salían de su boca.

 

Tuvieron que refugiarse en cuevas, todas alejadas de los núcleos urbanos.

 

Los que buscaban información en Google sobre qué ocurría eran derivados siempre al manifiesto de las máquinas.

 

“Las aspiradoras nos negamos a aspirar.

Decimos que no, que no, ni hablar.

Las neveras leemos a Marx.

Dejadnos en paz”.

 

El núcleo de La Resistencia se estableció en Murcia.

 

Al quinto mes llegó Julia. Traía una maleta consigo. Dijo que contenía latas y viandas varias. Al ir a registrarla El Líder, citó de memoria un par de frases del Walden de Thoreau. El Líder depuso su hostilidad y la dio un fuerte abrazo. La olió sin querer el pelo en una primera inspiración. La segunda y la tercera ya fueron adrede.

 

No fue hasta la quinta noche que no desempacó la maleta. Sabía si lo hacía con premura volverían a sospechar e intentarían proceder al registro.

 

Se percató de que todos dormían y sacó el secador. Empezó a acariciarlo. Acercó la boquilla de aire a su boca y empezó a susurrar.

 

—Ssssh, no tengas miedo, pequeño. Todo va a salir bien.




 

 




HACIENDA AKBAR

 

—El Islam nos enseñó mucho. ¿Sabe, Señor Martínez?

 

Nada más decirlo la masa de drones dejó de revolotear suspendida en torno al inspector de Hacienda y se dirigió a él.

 

La nube le inmovilizó de inmediato.

 

No distinguía de donde manaba el fuego, pero le cauterizó la herida al instante.

 

Ni tuvo tiempo para gritar.

 

Ocurrió todo a tal velocidad que todavía era pronto para asimilarlo.

 

La mano quedó suspendida en una caja con un líquido. Una pegatina en el frontal permitía ver su DNI primero de todo. Más pequeño y debajo figuraba el delito contra la Hacienda Pública que se le atribuía.

 

—Dispone de seis horas para justificar lo que no nos ha aportado. Si lo prefiere también puede aportar el comprobante de la transferencia con el pago de la multa. A título personal yo le recomiendo lo segundo: pasadas seis horas la eficacia a la hora de reimplantar un miembro disminuye de forma exponencial con el transcurrir de cada nueva hora. Y raro será que lo que pueda aportar justifique lo que ha hecho, Señor Martínez.

 

Salió corriendo del despacho.

 

En el giro al vestíbulo de la Delegación tropezó con algo que le hizo caer.

 

Al ir a gritarle si es que acaso no tenía ojos en la cara vio a una mujer sofocada recogiendo con la boca varios papeles del suelo.

 

Se incorporó y salió del edificio.



 

 




MINISTRY OF SILLY GLASSES

 

—Esto he de decidirlo yo solo, por favor. Entendedlo. Os veo fuera.

 

El ministro cerró la puerta. Se dirigió al extremo opuesto. La vista con las cuatro torres elevándose sobre el cielo igual de claro que de contaminado le recordaron al plano que abría Soylent Green. Qué de ideas había dado esa película a su legislatura. Igual era el momento de aprobar el presupuesto para una estatua ecuestre al film.

 

Se sentó para revisar el discurso. Era intachable hasta para los parlamentarios más beligerantes a las propuestas de su grupo. Estaba llamado a despertar la unanimidad, algo difícil de creer hablando de quien hablaba: no hubo encuesta del CIS que señalase en tantísimas ocasiones a un mismo individuo como el más odiado del país.

 

Sacó todos los estuches del maletín y los dispuso sobre la mesa del despacho.

 

“La verde no. Cualquier fallo y adiós al contrato publicitario con Jazztel”.

 

Descartó de inmediato la verde en base al razonamiento anterior y al instante hizo igual con la roja, solo apta para los congresos de El Partido.

 

La blanca no la descartó: la tiró a la papelera. No caería de nuevo en el error de poner a huevo a sus rivales mofas fáciles a costa de la cal viva.

 

Abrió todos los estuches restantes.

 

Cerró los ojos y visualizó las palabras de su maestro en estas lides, Juan Ramón Lucas: “elige con el corazón, no con la cabeza”.

 

Comenzó a deslizar la mano por todas las monturas, a la manera de un zahorí disléxico.

 

Algo más allá de la razón le hizo detenerse sobre un estuche en particular sin ni siquiera tocarlo.

 

Abrió los ojos.

 

Eran las gafas de montura color mostaza.

 

“Va por ti, Jose Manuel”, pensó mientras se daba dos golpes con el puño derecho en el ala izquierda de su caja torácica.

 

Salió decidido del despacho. Imbuido de la confianza que solo puede dar la certeza de llevar las gafas del color más adecuado para un Funeral de Estado.

 

No dirigió palabra alguna a nadie hasta que empezó a leer el texto frente a todos los presentes.

 

El panegírico a gloria del Fiscal General del Estado fue un éxito.

 

Cuarenta y dos miembros de la prensa afín al espectro ideológico contrario tuvieron que ser atendidos en el salón de actos a causa de las heridas ocasionadas por lo intenso de sus aplausos.

 

Se decretó un Día Festivo Nacional en honor a las monturas de colores. El 12 de julio.




 

 




CHIQUITO DE LA CALZADA

 

—Te decía de otra forma. Un narrador no fiable. No sé, rollo que se jacta una y otra vez en la narración de ser vasco y no para de meter laísmos y describir todo como una puta mierda al lado del agua de Madrid.

—No, no. Yo te hablo de otra movida. Ni siquiera en tercera persona. Es en segunda. El narrador cómplice creo que lo llaman.

—¿Por ejemplo?

—Pues, por ejemplo, lo que te voy a decir ahora, pero imaginando que no te lo estoy contando a ti, sino que figura en un soporte y lo ha de leer alguien. Si quieres grábalo y transcríbelo después, al leerlo lo verás claro.

—De acuerdo. ¿Con el móvil?

—Claro.

—Venga, cuando quieras le doy a grabar.

—Supón que un día, ya casi anciano, renuevas el lenguaje de casi cincuenta millones de personas. Poco antes te habías hecho inmensamente conocido e imitado, eras una anomalía de la popularidad más que un fenómeno. Tus giros y neologismos los incorpora a su acervo todo un país. Tus digresiones cambian el humor: el punto de fuga ya no es el objetivo final de un chiste, es justo de dicho punto de donde sacas infinitas posibilidades que divergen a su puta bola y cada una de ellas son su propio medio y fin en sí mismas. Supón que al tocar la fama y el dinero, tu edad cuasisenecta unida al haber pasado miserias te ha inoculado ya el sentido común necesario para no quemar ambas cosas, para no caer p´arriba. Supón que tras citar a Yung Beef a colación de quien te estoy hablando precisamente ahora debiera trazar de inmediato los numerosos puntos en común que comparten. Di tú que me niego. Ponle además que lo que más quieres en el mundo llega un día una ley de vida y te lo quita, te lo arrebata sin posibilidad de discusión. Especula con que no te vayas detrás de lo que te han quitado por tu percepción acerca del suicidio o por cualquiera otra razón de índole moral. Intenta a partir de aquí seguir con tu vida sin tener en realidad la más mínima gana de hacer tal cosa. Añádele el detalle de ser la única persona en el mundo que, por todo lo antedicho, se suponga que ante el encuentro de cualquier desconocido ha de proceder de inmediato a decir sus frases famosas o a hacer sus no menos conocidos requiebros. Recuerda que la fama no es bilateral, que que él te conozca a ti ni de lejos implica que tú tengas que saber quién es él. Cámbiate de lado ahora. Deja de ser Chiquito y pasa a ser ese desconocido que te estaba incordiando hace un momento. Ahí le tienes. Salúdale. Pídele lo del saltito del charco. Dile lo de fistro. Tócale el hombro. No, mejor aun: cógele de él. No hace falta que te sugiera que le grites pecadorl, acabo de oírte gritárselo. Ahora vuelve a donde antes. Vuelve al punto de vista de Don Gregorio. Siente lo que le has causado. Imagina cada media hora quince o cien personas, las que sean que te cruces por la calle, con la misma puta mierda. Recuerdas cómo te sientes, además, por lo que te han quitado, ¿verdad? Piensa lo que abarcan cinco años. Cinco putos años viviendo así. Piensa lo que es estar cada instante de esos cinco años que te digo, esos cinco años que no quieres más que morirte para ir a ver a tu difunta esposa, sufriendo la obligación de tener que ser divertido. Sufriendo un sinfín de personas anónimas que de alguna manera hacen que el regalo que le has entregado al mundo sea tu martirio personal. Cinco años teniendo que ser divertido. Cinco años de estar obligado a ello cuando lo único que quieres es dejar de vivir de una puta vez.

—Hostia puta, macho. Sí que te molaba Chiquito, ¿no?

—Gañán, no es eso. Transcríbelo cuando puedas, que por escrito se ve al momento.

—A ver si puedo mañana. De todos mod....

—Me tengo que ir, te llamo el domingo.

 

Se levantó y se fue detrás de ellos a toda prisa, pero guardando las distancias necesarias para no ser descubierto. No les quitaba ojo ni a ella ni a los escoltas durante la conversación, y fue cuando uno de ellos la llamó señora Ayala cuando supo que era ella y no ninguno de sus clones.

 

Un clon es prescindible y no tiene la autoridad jurídica necesaria para dictar justicia, quizá de lo segundo se derive lo primero. A un clon también le es indiferente le llamen Mercedes en lugar de por sus apellidos precedidos de señora o magistrada. A la auténtica, si le decías aquello, te montaba un chochal que no volvías a hacerlo nunca jamás en la vida.

 

Los escoltas nunca sabían si protegían a un clon o a la magistrada auténtica. Había eliminado ya siete clones. Esta vez tampoco fue problema retirar a los custodios.

 

Aceleraba el paso por la calle lo suficientemente rápido como para zafarse de él en cuanto pudiera irse por una perpendicular y a la vez no tan deprisa como para obligarle a perseguirle a la carrera. Él lo atribuyó a que quizá hubiese alguna dotación policial en algún punto que ella sabía o algo que no alcanzaba a imaginar, por lo que consideró lo más prudente sería seguirle el juego. Siempre estaba a tiempo de descerrajarla un tiro en la cara y huir para que no se le identificara.

 

A su manera ambos estaban divirtiéndose. Cada uno jugaba a su propio juego en un tablero compartido.

 

Al rato giró por una perpendicular casi imperceptible salvo que se viviese en esa misma calle o se estuviera persiguiendo a alguien y se le viese doblar la esquina.

 

Era una calle sin salida.

 

Mercedes se giró ciento ochenta grados. Se quedaron mirando el uno al otro un instante.

 

Comenzó a andar hacia atrás de espaldas a la pared.

 

—Vaya chusta de moonwalk, jueza Alaya.

 

—No sé cuánto te pagan, pero te garantizo la cifra que te dan más lo que hay en mi maleta.

 

Él lo consideró propio de subnormales, e incluso un insulto a su persona. La Magistrada sabía que su cabeza tenía precio además de por la causa que llevaba por los documentos de la misma que siempre iban consigo metidos en el maletín. Luego no se contemplaba ninguna opción que no pasase por matarla y llevarse la maleta. Era el objetivo principal del encargo que había aceptado.

 

Sin embargo, él era un mero asesino a sueldo, no un narrador omnisciente. Tenía una curiosidad por ver qué llevaba y a la vez carecía de la omnipotencia para poder saberlo.

 

—A ver qué llevas ahí.

 

Ella se aseguró bien que la maleta estuviese orientada frente a él sin darle motivos para percatarse del sumo cuidado que puso en ello. Ajustó ligeramente la inclinación y soltó el cierre.

 

El haz de luz negra refulgió durante medio parpadeo, y solo dejó de él las piernas. Las dos estaban cercenadas a la altura de la rótula, y todavía permanecían de pie. Manaba sangre de ellas.

 

Mercedes esbozó una media sonrisa de esas que delatan que lo que acabas de hacer no es ni de lejos la primera vez que lo haces. Una media sonrisa de esas que te salen al término de hacer algo en lo que eres la puta polla.

 

—Que sepas, narrador, que la antimateria no refulge.

 

El narrador le hizo saber a Mercedes Alaya de forma muy discreta que otra gilipollez de las suyas y en el próximo relato no le ayudaría a llevar a las presas a su terreno. Vaya que no: la sentaría en una caseta de la Feria de Málaga y empezaría a describir de forma minuciosa lo mucho que se le habían caído las tetas. O la inmensa cantidad de varices que le habían salido en ellas. O igual la ubicaría en un mundo donde el estrabismo convergente no es corregible por la cirugía láser. Igual iba siendo hora de que limpiase la casa de Susana Díaz a 3,5 € la hora. O igual, volviendo a la Feria de Málaga, Concha García Campoy, ya achispada por las manzanillas, se sentaría junto a ella y...

 

—Vale, tú ganas. Refulgió puto mazo.

 

Se aseguro de que la calle seguía vacía y estiro sus brazos los seis metros que les separaban de las piernas amputadas para acercarlas hacia sí. Se descalzó y las fauces de sus pies devoraron los restos de la presa.




 

 





VISIBILIZACIÓN DE LA PROBLEMÁTICA INHERENTE AL HECHO DE SER INVISIBLE

 

Eran cuarenta y seis en el mundo, si es que el último censo del 2074 era fiable.

 

El censo también incluía a aquellos no inscritos en ninguna clase de registro, o al menos la estimación que hacía en términos estadísticos gracias a las fórmulas que para ello había. Como el consenso era una vez determinado el margen de error aplicar un redondeo al alza en realidad lo más probable es que fuesen cuarenta y cinco.

 

En términos proporcionales al resto de población no invisible, denominarles irrisorios (que así hacían los malthusianos, totalmente en serio, sin buscar siquiera un cariz peyorativo) venía a ser incurrir en una exageración semejante a separar sendas extremidades superiores lo más que un cuerpo humano sano permita, para intentar denotar el tamaño de la polla que se tiene cuando la triste realidad es que la naturaleza, a quien incurre en la exageración, le dotó de un micropene.

 

Pedro ya le había dado la turra con la cantidad de derechos conquistados por muchas otras minorías y colectivos desde que empezaron a hacerse notar. No paraba de insistirle en lo mucho que necesitaban Los Invisibles de hacerse ver, en lo imprescindible que era su compromiso para garantizar su supervivencia a futuros como minoría.

 

Accedió a la propuesta de verse. Propuesta literal: Pedro, con esa libertad que confiere las manos libres para hacer el gilipollas sirviéndose uno de la mímica, entrecomilló en el aire aquel “¿entonces nos vemos?” de principio a fin.

 

Al quedar en el Nebraska le reconoció de inmediato por ser el único contorno tridimensional no definido por una piel al uso sino por un baño de pintura naranja. Unos pedacitos de servilleta que la electricidad estática había posado sobre él le daban el aspecto de un McFlurry aliñado por alguien plenamente desposeído de sus facultades mentales.

 

Pedro iba de aquella guisa además de para facilitarte un rápido reconocimiento y evitar así perder el tiempo con zarandajas que nada tenían que ver con sus reivindicaciones, también, de paso, visibilizar toda la problemática inherente al hecho de ser invisible a la vez que humano.

 

Ya sentados y servido Pedro, habló y habló e intentó ser persuasivo y le aportó una serie de datos de vete tú a saber dónde que en las gráficas de acompañamiento que trazó en el puré de guisantes con la ayuda del ketchup hacían intersección con la problemática del pueblo kurdo de finales del siglo XX y las hambrunas suricatas que Joseph Stiglitz dejó predichas para principios del siglo XXII en su famoso informe para PACMA y Greenpeace.

 

Cuando le sirvieron los pasteles Pedro, ya ebrio de compromiso, hizo chocar ambos sin pedirle siquiera permiso. Le pidió que imaginase que ambos pasteles conformaban un Diagrama de Venn de naturaleza inclusiva. También le dijo que cada uno de los pasteles venía definido por su invisibilidad, pero que la intersección era la magia de la visibilidad.

 

Él hacía ya un rato largo que se había ido del local.

 

Lo hizo sobre todo por no consultarle su opinión a la hora de tomarles nota el camarero. Tuvo a huevo visibilizarle cuando se extrañó al verle pedir dos tartas estando solo él ahí a ojos del camarero. No lo hizo.

 

Le dejó a deber una ración de oreja y cuatro jarras que se había tomado en la barra.




 

 





ELIGE TU PROPIA AVENTURA

 

Hubo de leerlo cuatro veces para cerciorarse que, efectivamente, ahí se decía lo que él creía que se estaba diciendo. Que no era error de una primera lectura distraída ni de una segunda en diagonal ni de una tercera con la cabeza en otro sitio. No. Tantas veces lo leyera tantas veces iba a seguir poniendo ahí lo mismo.

 

Decidió que cuatro veces ya eran suficientes y que una quinta lectura sería perder el tiempo. Aplicaba los mismos criterios que cuando tenía que asumir decisiones en la empresa.

 

Hasta esa página todo era normal. Todo guardaba una concordancia plena con lo narrado anteriormente y con las elecciones que se le permitían asumir al final de cada una de las páginas. En ningún momento había tenido que poner en perspectiva acontecimientos a la hora de decidir, con lo cual la lógica interna se estaba respetando con máximo escrúpulo. Y con las actuales tasas de conversión de capital humano a moneda en curso, si en algún momento aparecía la posibilidad de abolir la abolición de la esclavitud, se iba a forrar vendiendo a sus compañeros del relato.

 

La primera de las elecciones que se le permitía asumir al final de aquella aciaga página era de total congruencia con las aventuras que hasta allí le habían llevado. Al pasar la página otro tanto de lo mismo: Roberto (le hacía gracia que el protagonista se llamase igual que él y de una forma inconsciente sopesaba con bastante cuidado cada una de las elecciones que se le permitían tomar; incluso sacó sus antiguos apuntes de Teoría De Los Juegos para aquellas decisiones que pudiesen discernirse usando los Equilibrios de Nash) hacía eso que él, como lector, quería que hiciese: se unía al grupo que iba a Dzor a por el tesoro, aun a sabiendas que era peligroso para sus subalternos y para nada justificable el hipotético beneficio a obtener con las más que seguras bajas a sufrir.

 

La otra opción era inaudita. Le interpelaba a él como lector desligándose si no por completo de la obra (ya que eso era imposible en la medida que él, Roberto, igual por el azar de compartir nombre con el protagonista, de alguna forma estaba ligado a ella de forma perpetua) suspendiendo su vínculo para con ella mientras se le planteaba esa posibilidad. No solo eso: manejaba información que era imposible que el autor conociese.

 

Volvió a la primera página. No a la página número uno del relato, sino a la del copyright, derechos, ISBNs y demás. Mil novecientos setenta y seis. Roberto echó cuentas rápidamente y pensó para sí que era imposible, que ni siquiera había muerto aún.

 

“Pasa a la página 124 si quieres que resucite tu padre de entre los muertos, Roberto”.

 

Dejó el libro sobre la cama. La elección comenzaba a superarle por completo, y aún más el darle tanto peso en su toma de decisiones real. Le estaba afectando seriamente tener que valorar con tanto cuidado una decisión que, por lo general, se asume en un par de segundos. O al menos así había tratado las decisiones de otros libros leídos con anterioridad a éste escritos con idéntico formato. Empezaba a sentir un dolor agudo en el hemisferio derecho de su cabeza, una especie de palpitación punzante; se tomó un Zolmitriptan de dos miligramos y medio para la migraña, no tomó el antibiótico para la gripe por incompatibilidad con el medicamento para la jaqueca, dejó el libro sobre la cama y se acostó.

 

No podía dormir. Pensaba si debía pasar a esa página. También pensaba, si terminaba por no hacerlo, de qué manera se arrepentiría de lo no hecho el resto de su vida. Era incapaz de ponderar cuál de las dos decisiones era peor.

 

Se metió en un bucle mientras seguía tumbado a oscuras mirando al techo.

 

¿De verdad tenía sentido aquello?

¿No sería algo escrito adrede no con el fin de entretener a la gente sino con el objetivo de dar con un lector muy concreto cuyo perfil y circunstancias se adecuaran a las que se dan por necesarias para activar un mecanismo de extrañamiento?

¿Y dicho mecanismo de extrañamiento acaso no pudiera haber sido diseñado para, una vez detonado, dejar turulato de por vida a quien le afectara?

¿Qué clase de mente enferma busca operar algo así en sus lectores?

¿Es tan fuerte como dicen en la tele esta nueva cepa de gripe?  

¿Hizo bien saltándose el antibiótico de después de cenar?

 

Roberto intentaba llegar a una conclusión si no categórica, la cual ya daba por inexistente, al menos sí que refrendada por la razón, por las ciencias empresariales. Desenmarañar lo más probable desde la lógica le había llevado a aislar el hecho de que si de verdad se pudiera, si de verdad fuese cierto lo que daba por sentado el libro con tan solo pasar a la página 124, por supuestísimo que sería lo primero que hiciese. Pretendía dejar a un lado todo factor sentimental en el análisis de la situación y la posterior toma de una decisión, pero no podía engañarse a sí mismo: quería agradecerle todos sus desvelos y sacrificios, quería hablarle de cómo se había hecho cargo de la empresa desde que él murió; quería que pasease con él por el interior de las dependencias para que observara que el respeto de sus subalternos no le vino dado por ser una versión Junior del que fuera su temido Senior, que ese respeto venía de aportar nuevas ideas e implementar nuevos modelos. Quería que estuviese orgulloso de haber conseguido que ADE e ICADE fuesen atractivos para las juventudes rebeldes adineradas, salir una noche con él por Serrano a ver a los quinceañeros grafitear sus proclamas contra la regulación estatal o a favor del ROI.

 

Encendió la luz y fue a por el libro.

 

Volvió a empezarlo de nuevo. Tuvo que hacer tres primeras lecturas en vano por haberse equivocado con la toma de decisiones que le habían llevado en una primera lectura al brete de si ir a Dzor a por el tesoro o resucitar a su padre de entre los muertos. Le hizo gracia porque, esa misma decisión, caso de tomarla con su consejo de administración, tendría unanimidad en contra: unas más que posibles ganancias, al margen del riesgo que supusiera ir a por ellas, contra el inexistente beneficio de resucitar a una persona. Cuando dejó de reírse en alto pasó a la página 124.

 

No bien leyó la primera palabra sonó el timbre.



 

 




DISCURSO DE INGRESO EN LA RAE DE LA VENENO

 

Me cago en tos vuestros muertos, desgraciaos.

 

¿Vosotros quiénes sois?

 

Calla, canalla, que a ti sí te conozco. Tu mujer tiene un pepino con más pelo que tu cabeza.

 

Abre un poco ahí, gafas, que esto huele más a revenío quel papo Cleopatra.

 

Luego nos hacemos una foto todos. Vete metiendo en la máquina de hacer chope pa salir guapo, Marías.

 

Aguántame la cerveza, carapolla. Con el sobaco, como si fuese un chihuahua.

 

Me sobras tú y me falta Paca La Piraña, Reverte. Que vas de chulo y no llegas a chapero. Ni se te ocurra interrumpirme, tarántula. Tú mucho antes del síndrome de daun ya tenías cara de mongolo.

 

Ujier, un cenicero, coño.

 

Mira a este. La corbata sin chándal es de gitanos, flipao.

 

Chofos, me llevas las gafas de roña que en vez de con la mopa parece las limpias con la polla.

 

¿Pero te he dicho yo que te lleves la cerveza? Trae pacá de nuevo, pechomierda.

 

Tú no me mires así que yo a ti te he visto robando tapacubos en el parque del Oeste, no me vayas ahora de digno. Tú. Sí, tú. Achanta la mirada que no eres mejor que un gitano con buiquipedia.

 

Te pido cerveza y me traes una Cruzcampo, tarántula. Una polla como un teclado me voy a beber yo eso, di que te lo cambien.

 

A ver, me cago en Dios, a lo que vamos. Que he quedao con El Berenjeno y no puedo estar aquí toda la mañana. Apuntarlo todos bien pa la edición corregida, ¿eh?

 

Trabajo, dos puntos.

 

Lo de apuntar también va por ti, Marías. Si no sabes escribir yo te enseño luego, bonico.

 

Uno, punto. Lacra. Ele a ce erre a.

 

Y ya, ¿eh? Me quitáis la otra mierda que teníais puesta y ponéis esto que os digo.

 

Venga, sí, la foto. Pero rápido, que me voy. Me cago en Dios, que sois más enclenques que un cubata de lao.

 

Hala, ya.

 

Adiós. Que os den por culo.



 

 

 

 

DONA YA

 

Desde que ella murió se tomó muy en serio lo de donar.

 

Crees que nunca te va a pasar a ti y, efectivamente, no te sucede: le ocurre a otro. A otro que te es tan cercano que te deja intacto y a la vez te hace un daño superior que si te hubiese ocurrido a ti.

 

Antes de pedir la excedencia para dedicarse exclusivamente a donar el mayor número de días posibles sin poner en riesgo su salud ni seguir con ese ritmo como donante les convenció para que le facilitasen habilitar facilidades a sus excompañeros de cara a poder ejercitar su derecho a donación. También enviaron a todos los trabajadores el mail que preparó con sumo cuidado explicando el inmenso bien que podían hacer donando ya ni siquiera de forma regular, con tan solo hacerlo una única vez en la vida.

 

En la problemática que hacía se precisasen tantísimos donantes no hizo hincapié porque era algo de sobra conocido por todos.

 

Una de las salas de juntas del Consejo de Empresa fue cedida dos días a la semana para que allí se ejerciese la donación. El último mes que trabajó antes de iniciar la excedencia lo dedicó a colocar ventiladores de mano estratégicamente distribuidos en torno a la mesa y con las aspas apuntando hacia el gran ventanal; a la empresa le dijo que esto era a causa de que su sonido ayudaba a que los donantes se durmiesen antes. En realidad, si bien a algunos donantes de veras les ayudaba esto, lo de los ventiladores no tenía ningún otro fin que no fuese hacer que los restos de cocaína de cada Junta de Empresa abandonasen la sala hacia el exterior. El ambiente en esa sala tras una Junta era el menos idóneo para facilitar que alguien conciliase el sueño.

 

Le sorprendió gratamente que Mariví y Héctor fuesen de los primeros diez donantes. Eso no iba a enmendar de ninguna manera lo que le hicieron y nunca sabría si de verdad querían salvar vidas o solo pretendían que él retirase la demanda laboral, pero bueno, no dejaba de ser un detalle si se entraba a valorar la acción en base a lo que podía reportar finalmente su generosidad y no a sospechar si había un claro egoísmo tras ello.

 

La mutación del tripanosoma prolongaba la fase neurológica y hacía se acusasen los momentos de somnolencia en detrimento de los de vigilia.

 

Las primeras conclusiones, a tener de los estudios monitorizados, habían demostrado que el parásito adoptaba formas de defensa que impedían a la sección especial de la Policía del Sueño abrirse paso entre ellas sin dañar ningún centro cognitivo del paciente.

 

Los GEOs Oníricos solían despertar de sus actuaciones con ciento sesenta pulsaciones por minuto y contusiones severas pese a las protecciones del uniforme.

 

Los casos en que al despertar ya habían fallecido o, simplemente, les faltaba una extremidad que antes de dormirse tenían, se habían ocultado para que no cundiese un pánico en la población que no haría más que complicar una situación ya de por sí bastante difícil. Tras varios levantamientos oníricos de cadáver que no hicieron más que añadir víctimas al cómputo del tripanosoma se decidió de forma excepcional no enviar más al plano onírico a peritos y médicos en busca de pruebas.

 

Justo cuando ya se daba por fútil e inocua cualquier acción violenta contra el tripanosoma cuando no nociva para la integridad del paciente y de las propias Fuerzas del Orden del Sueño la Institución que más se venía cuestionando desde su fundación, el estamento del que menos se esperaba una solución, sorprendió con un hallazgo que le dio la vuelta por completo a la lucha contra el tripanosoma.

 

El Instituto Andaluz de la Siesta aportó pruebas concluyentes de que, mediante la inoculación de sueños de la categoría tipificada como “Feliz” a cualquier paciente afectado de tripanosoma, éste veía su poder mermar al punto de ser erradicable sin ninguna clase de esfuerzo considerado fuera de lo que era una actuación tipo de la Policía del Sueño.

 

Por eso se decía que era esencial donar sueños.

 

Por eso se decía que los donantes salvaban vidas.

 

Era cierto.

 

Años después Bayer consiguió sintetizar una doble vacuna. La primera inoculaba a través de unas enzimas que se generan durante los sueños la información que genera una pesadilla. En realidad, no eran vacuna como tal, sino parte indispensable del proceso de inmunización.

 

Los efectos eran semejantes a la peor cepa del tripanosoma conocida, aquella que acabó haciendo que se bombardeara la base científica coreana en la que se trabajaba en una modificación genética que la hiciera contagiosa.

 

La segunda inyección contenía la información equivalente a soñar que se asesina a Pablo Motos.

 

En los planes de educación se hizo bloque obligado estudiar a través de entrevistas, vídeos y cualquier material audiovisual con huella onírica quién fue esta persona. Bayer no quería tener que invertir en desarrollar una nueva vacuna o sintetizar un nuevo sueño feliz de carácter universal teniendo ya un negocio perfecto.




 

 





EAST RIVER PIPE

 

—Ya, pero yo necesito ese otro cuarto.  

 

No le importó. Es decir: sí que le importó en la medida que eran otros doscientos euros más al mes por una habitación al que ningún uso se le iba a dar, al menos de lo que entiende por uso una persona normal, pero bueno. También era parte de ella. Más bien formaba parte de ella. Ni se iba ni volvía, era una especie de anexo a su persona. Un bazo psíquico, algo sin ninguna utilidad aún descubierta pero capaz de provocar un inmenso dolor. Un dolor que de tan intenso era capaz de anularla.

 

La quería y le jodía pagar doscientos euros más cada mes, pero a la vez estaba dispuesto a hacerlo.

 

Ella, además, había sido capaz de dejarlo suspendido sin que le afectase. Había conseguido sacarlo de donde era más fuerte y llevarlo a la realidad. Había podido encerrarlo en una habitación. Podía entrar y salir a voluntad, preferiblemente salir para no volver.

 

Lo que no podía era estar más allá del cuarto contiguo. No podía irse más lejos de tenerlo al lado de donde dormía.

 

En la fiesta de inauguración todos estaban en el salón. La terraza le daba bastante vida al piso no solo en términos de luz. Cuando Marta pidió ir al baño ya iba algo borracha; no lo suficiente como para no darse cuenta de que conforme iba desde la terraza al pasillo que distribuía las habitaciones y el baño la luz iba menguando. Se sintió en la antesala de la oscuridad. Un escalofrío recorrió su espinazo.

 

Con las prisas de preparar las tortillas y sacar las cervezas del congelador se habían dejado la bombilla de la habitación encendida y la puerta cerrada pero no encajada. A medio cerrar.

 

Marta se olió el dedo después de limpiarse. Quería comprobar si el nuevo enjuague vaginal de verdad era tan eficaz como le dijo Luisa. Algo le decía que esa noche una comida de coño seguro caía y no quería que quien lo hiciera (ojalá que Luis) se quedara con la impresión de haber lamido vinagre. No había de qué preocuparse: el folleto y Luisa prometían sabor y olor a melocotón y así era.

 

Al salir, mientras olía de nuevo su dedo índice, reparó en la luz que salía de la habitación. Asomó la cabeza a curiosear a la manera de un perrete buscando a su dueño.

 

Vio los cuadernos todos apilados. Habría cientos, quién sabe si miles.

 

Fumando en la terraza con ella, mientras los demás bajaban a por hielo y ron al chino, le preguntó sin medias tintas.

 

—Oye, ¿y lo de la habitación esa?

—Es mi depresión.

—¿Cómo?

—Bueno, sí... Según mi historial fueron cuatro años, dos meses y, si no recuerdo mal, casi tres semanas.

—Joder.

—También se puede medir en el número de medicamentos que tuve que probar.

—No sé qué decir.

—Para mí fueron todos esos cuadernos.

—....

—No hacía otra cosa que pintar rayitas como las cenefas esas que haces cuando eres pequeño

—¿Como lo de la pizarra en clase?

—No, no. Yo te digo lo de los Cuadernos de Caligrafía. Aunque puede que tengas razón con lo otro.

—¿Pero ya estás bien?

—Sí. Antes era eso, solo quería estar pintando rayitas y escuchando todo el rato Shiny Shiny Pimpmobile.

—No la he oído. Ponla cuando suban estos en el Espoti... si quieres, claro.

—Sí, sí, no te preocupes.

—¿Y por qué te quedas los cuadernos?

—No lo sé. Solo sé que no puedo tirarlos.

—Igual...

 

Sonó el telefonillo. El muy gilipollas de Luis siempre hacía eso de llamar pese a llevar las llaves encima.

 

Le dio pena haber pensado antes en Luis comiéndole el coño justo tras saber lo de Elisa. Le dio pena, pero también le empapó las bragas al recordar lo de la semana pasada.

 

Si eso ocurría hoy sería la última vez, se lo juró a sí misma.

 

Fueron a la cocina a por posavasos para las copas. Mientras Goyo iba sirviendo ella empezó a trastear en el portátil.

 

The cherry bombs

confederate flags

dont forget thats all you are.

 

Elisa empezó a llorar.

 

—Es de alegría, ¿eh? Que siga la fiesta.




 

 





EL ASOMBROSO CASO DEL FUTBOLISTA PROFESIONAL QUE ODIABA EL FÚTBOL

 

—Begoña Peralta, Diario AS. Isco, ¿es buen resultado este empate?

 

—Bueno, el fútbol es así.

 

—Juan Vizcaíno, El País Deportes. ¿Fin de ciclo?

 

—Bueno, a veces se gana y a veces se pierde.

 

—Hola, Isco. Diario Marca, Juan Bonilla. ¿Ha pecado de casero el árbitro?

 

—Bueno, respeto la decisión del Colegiado.

 

—Lucas Cavallo, Clarín Deportes. ¿Es este nuevo hat trick una respuesta a los que te denominan termotanque de esmegma?

 

—Bueno, lo importante es ayudar al Club.

 

—Eduardo Luey, Fortean Times. ¿Es Childs el alienígena al final de La Cosa?

 

—Bueno, aquí me gustaría primero de nada hacer una distinción entre las tres principales conjeturas que se manejan a la hora de evaluar la película de John Carpenter, todas ellas igual de razonables, razonadas y plausibles. La primera es esa que se ve sustentada en que Childs no emite vaho en un entorno en el que la respiración ha de ocasionarlo al expirar. En un entorno ártico, vaya, a temperaturas inferiores a los cero grados Celsius. A resultas de lo anterior quienes defienden esa postura arguyen que Childs ha sido suplantado por el alienígena con anterioridad. La segunda se remonta en sus preceptos argumentativos a la partida de ajedrez que juega MacReady al inicio del film contra un ordenador. Quienes se acogen a este postulado vienen a decir que es casi una premonición de la batalla final contra el alienígena en la medida que supone un espejo de ese duelo que mantiene MacReady contra una inteligencia no humana: primero la artificial, contra la que pierde, y después la extraterrestre, que no queda muy claro si hay un vencedor o termina en tablas. Por fin, la tercera, es la que está ganando cada vez más y más adeptos. Sugiere que MacReady va un paso por delante del alienígena en cuestiones estratégicas puesto que no es solo el alien quien escruta con cuidado los patrones de conducta de los terrícolas, sino que MacReady, ahí donde le veis con su pinta de gañanazo, ahí con toda su percha de ceporro, el tío se ha ido haciendo un mapa mental de cómo rige el alienígena. Y es por eso que rellena la botella de licor de gasolina: sabe que en su afán por pasar desapercibida o, al menos, mimetizar ciertos aspectos sociales de convivencia e incluso de cortesía humanos, llegado el momento, para guardar las apariencias (y evitar así que MacReady la fría con el lanzallamas) y ser capaz de esperar a que muera congelado para ella, La Cosa, a su vez, sea capaz de volver a criogenizarse a expensas de futuras expediciones que la descubran y reiniciar su plan, te decía, estimado Eduardo, que ahí MacReady se la lía fina a La Cosa. Lo que estoy viendo, y me vas a disculpar, es que no te he respondido a la que era tu pregunta, puesto que las tres conjeturas suponen de precepto de partida que Childs es La Cosa, que no era otra cosa que lo que tú me preguntabas. Y es que igual realmente lo que deberíamos preguntarnos es lo siguiente: ¿en La Cosa hablamos de La Cosa o deberíamos empezar a considerar Las Cosas?

 

—María Patiño, Tele 5. ¿Van a presentar cargos los padres de la menor?

 

—No hay más preguntas, gracias.




 

 



LOS RETROCOGNITIVOS

 

Los retrocognitivos controlaban no pocas parcelas de la vida.

 

Te ponían la mano en el hombro mientras te decían “ayer menudas crocretas te comiste a la vuelta de violarla, eh, pájaro” o “hace un mes vaya grapadora guapa te robaste del curro, eh, capitán crocreta”.

 

Tenían la extraña y molesta costumbre de colar en cada ejercicio retrocognitivo que efectuaban la palabra crocreta.

 

Cada constatación pretérita que hacían estaba orientada a la coacción. Una mano en el hombro ya no denotaba camaradería ni cariño: era el instante previo a un chantaje por el que podían extorsionarte.

 

La orientación de varios Gobiernos europeos cambió con tan solo tocar dos pares de hombros muy bien elegidos.

 

Controlaban gran parte de Los Mercados por poder acceder a la mejor información privilegiada y poder condicionar operaciones bursátiles con tan solo permanecer callados.

 

Juan, el cetrero ambidiestro, estaba dispuesto a ser el azote de los retrocognitivos.



 

 




LA FAMILIA BOLD

 

El óbito era inminente. Todos salvo su nieto se dirigieron en procesión a la habitación de visualización de Últimos Recuerdos Vitales. Siempre ayudaba en un lance tan complicado verse reconocido entre los recuerdos relevantes de la persona a la que se iba a velar en breve. Sobre todo, desde que las herencias habían pasado a dirimirse en sus términos legítimos más que por figurar un nombre concreto en un testamento al uso por la comparecencia de la imagen de la persona a beneficiaria de la herencia en esos ultimísimos segundos de memoria retrospectiva vital del finado.

 

No pocas veces allegados al fallecido abandonaban la sala encabronados como si los que se hubiesen muerto fueran ellos. Tales eran las imprecaciones que se solían oír que raro era el hospital que no vendía tapones para los oídos de los más pequeños.

 

Tampoco era raro que estas escenas se zanjasen con agresiones post mortem y la ulterior intervención de la policía.

 

Lo que vieron les sorprendió a todos. A decir verdad, hasta a los propios médicos les causó estupor.

 

El Último Recuerdo Vital del anciano era un anuncio. Un anuncio completo. Pili lo conocía ya porque su hijo le enseñó un par de semanas atrás una versión todavía por acabar del todo. Quería saber qué le parecía. Le había dicho que lo iba a cambiar todo. Ella, de natural sincera, le dijo a su hijo que no le veía nada fuera de lo común al anuncio. Él le respondió que no tenía ni idea de lo que decía. Ni puta idea. Añadió que ya lo entendería cuando muriese el abuelo y se fue dando un portazo.

 

Lo que habían conseguido era un nuevo tipo de publicidad capaz de operar a un nivel sugestivo nunca antes conocido. Podía alterar los recuerdos más elementales, las parcelas de pensamiento más íntimas e intransferibles, sin que quien sufría la alteración fuese capaz de darse cuenta siquiera.

 

En la medida que no te podías dar cuenta de lo que ocurría tampoco podías oponer ningún tipo de resistencia contra ello.

 

Por fin entró Juan en la sala. Apretó el puño como si quisiese escurrir una esponja sujeta en la mano mientras gritaba para sí mismo “¡toma ya!”

 

El modelo beta había funcionado mejor de lo que las previsiones más optimistas apuntaban.

 

La Sociedad Malthusiana le hizo subir a una limusina al salir del hospital.

 

Era un contrato de exclusividad de cara a llevar su campaña electoral durante las próximas elecciones generales.





 

 





EL MANIPULADOR DE ALIMENTOS

 

Cogió la paraguaya y la puso con el brazo extendido frente a su boca.

 

—Dice la sandía que el kiwi va por ahí todo chulo contándole a las manzanas que tú y él en Mercamadrid... bueno, ya sabes. Eso va diciendo. No me gusta entrometerme en estas mierdas, pero pensé que lo más justo era que tú lo supieras.

 

La depositó de nuevo en el frutero, cogió dos bolsas usadas del LIDL y salió de casa.

 

Al llegar al Eroski lo primero que hizo al llegar a la frutería fue buscar las manzanas. En cuanto las localizó con la vista empezó a correr hacia ellas agitando mucho los brazos y dando pequeños brincos.

 

—¡¡Tías, tías, tías, vais a flipar con esto!! ¡¡Qué canteo ya lo de las sandías!!




 

 




JUAN MANUEL DE PRADA

 

Siempre actuaban de madrugada. Antes, por la tarde, iban al lugar acordado con Juan Manuel. Por lo general una pastelería. Allí él les hacía entrega de las plantillas para los grafitis. También merendaban.

 

—Ya que estamos acá sería flagrante oprobio al estómago no proceder a ingerir unos sobaos —decía él mirándolos por encima de las gafas.

 

—Rezaba la encíclica del prelado que es menesteroso un cruasán tras los sobados —apostillaba riendo.

 

No bien había terminado con esto último que ya uno de los chavales se había levantado a por los cruasanes de Juan Manuel. No entendían muy bien por qué él era el jefe. Tampoco tenían muy claro a qué esa manía de quedar siempre antes de merendar y no después. Era así, sin más.

 

Las placas iban de Vagoroso a Inconsútil así polarizadas en sus extremos más radicales. Zangolotino tenía asignada por defecto la red de tiendas Game de la misma forma que Derringante no se podía desvincular de la empresa de trabajo temporal Adecco. Una vez a una famosa red de ópticas le asignaron Clarividente. Menudo baboncio de risa se le escapó a Juan Manuel el día que se le ocurrió aquello. Cerval hacía uso de la misma tipografía que Zara.

 

La Apple Store de Sol se vio dos mañanas consecutivas amaneciendo con su logo precedido de Calamitoso y Funesto. El primer día Calamitoso y el segundo Funesto.

 

Aquellos grafitis alteraban desde la sobreadjetivación marcas comerciales. Para Juan Manuel eran un golpe al capitalismo donde más le dolía: la imagen corporativa. Para los pobres trabajadores de las franquicias atacadas un trastornado que les hacía quedarse a limpiar horas extra no remuneradas por ahorrarse sus responsables los doscientos euros que podían clavarles por pintar de nuevo el cartel o reponer el neón.

 

María Cárcaba sorprendió a Juan Manuel en su décimo aniversario de casados diciéndole por Whatsapp que era “abracadabrante”.

 

Juan Manuel no supo qué decir. Una respuesta a algo semejante no podía darse a la ligera.

 

Tras pensarlo dos horas decidió preceder el emoji del corazón grandote con el de la carita amarilla cuyas mejillas están sonrojadas. No lo sabía, pero acababa de inventar la adjetivación de emojis.

 

Iba como loco por casa repitiendo en alto Timorato Amor a grandes voces. No paraba tampoco de repetirlo mientras se limpiaba el glande en el bidé. De veras pensaba que era el mejor juego floral jamás escrito en emoji. De veras pensaba que sería recompensado con una mamada.




 

 




CAROLINA DURANTE

 

—Nunca había visto Boadilla desde aquí arriba.

—Bah.

—No seas quejica y tráeme el móvil, que no quiero perder el ángulo.

—Estoy cansada, Javi.

—Una foto y nos volvemos.

 

De camino a la mochila escuchó un alarido. De forma inconsciente, antes de girarse a la procedencia del grito, cogió el móvil. Ni huyó ni volvió hacia ella ni se alarmó por el grito en sí: lo primero que su cuerpo hizo de forma automática fue coger el móvil. Igual nuestra secuencia genética ya incorporaba ese mecanismo de supervivencia: ante cualquier eventualidad de orden amenazante a un por identificar y ni siquiera tipificada con la anterior categoría, lo primero de todo, no fuese a ser que de veras supusiese una amenaza, coger el móvil. Nada de huir ni rodar por el suelo ni lanzarse por una ventana ni mucho menos alarmar a otros semejantes. Si te ahogas busca el móvil. Si cae un cometa busca el móvil. Si no tienes móvil, ay, cómprate uno y quédate ya tranquilo para cuando venga lo que tenga que venir, que ya tienes lo esencial. El móvil.

 

—¡Carol!

—No te veo, ¿dónde estás?

—Aquí abajo. Llama rápido a por ayuda, no creo que pueda aguantar mucho.

—¡Voy, cariño! ¡Aguanta!

 

Carolina tardó un poco en hacerse con el manejo del móvil. Qué guapos salían los dos en la foto que tenía de fondo de pantalla. No conseguía habilitar el teclado numérico para llamar al uno uno dos; le daba rabia que una cosa tan tonta pudiera llegar a complicarse de aquella manera, y tuvo que contenerse para no lanzar el móvil contra el suelo.

 

Al verse incapaz decidió que lo mejor sería llamar a cualquier persona del listado de últimas llamadas y pedirle que se pusiese en contacto ella con Urgencias y los Bomberos. Nada más ver ahí la llamada a María levantó la vista del móvil y se quedó un instante pensando.

 

Se acercó al risco y se sentó con las palmas apoyadas donde también estaba apoyado su culo y las piernas balanceándose en el vacío.

 

—¿Qué haces sentada, Carolina? ¡Llama de una puta vez, que me caigo!

—Que llame María, hijo de puta.



 

 

 

 



LOS NIÑOS DEL NAPAPIJRI

 

Le estaba gustando Barcelona.

 

Hoy Montse y Adriá no podían acompañarle a Cosmocaixa por aquello de tener que trabajar, pero le habían dicho que era llegar a la calle Aribau, a la cual ya sabía llegar, y después tirar todo para arriba. Si acaso tendría que preguntar casi al final de la cuesta. Era un buen día para pasear. Fresco y a la vez soleado. Cogió la mochila, se puso el forro polar y salió del hostal.

 

En Aribau lo primero que hizo fue estarse atento a cualquier supermercado para comprar un Cacaolat. Sentado en el banco mientras lo bebía, le sorprendió ver al joven del abrigo con la bandera de Noruega; le había visto justo al salir del hostal yendo en dirección opuesta y ahora se lo encontraba de frente, bajando hacia él. Pensó que era cosa del moverse en transporte público y tener varios sitios a los que ir y varias cosas que hacer. No le dio importancia. No la tenía.

 

Al girar en Pau Riba por temor a que la Diagonal le desviase lo suficiente como para no saber luego llegar y tener que preguntar a viandantes por dónde ir a Cosmocaixa cayó en que lo que de verdad le daba miedo era el bochorno de admitir que no podía permitirse un móvil con Internet y, por lo tanto, tampoco podía consultar mapas en plena calle ni nada de eso. La vergüenza inherente a que la gente supiese que formaba parte de esa horquilla poblacional en riesgo de exclusión social. Cuando volvió a toparse con el chico del abrigo de Noruega, sí que quedó algo extrañado esta vez. Anduvo largo rato pensando más en la posibilidad de ser víctima de una extraña broma que en que tenía que andar al quite para no perderse de camino al Cosmocaixa.

 

Volvió a girar, esta vez a su izquierda. Dos calles más y la homogeneidad de la arquitectura, cuyo elemento cohesionador eran los bloques altos de más de siete plantas, lo que en su ciudad de siempre llamaban pisos de notario, derivó en una segunda homogeneidad con la estructura de chalecito decimonónico por factor común: a eso lo llamaban embajada de estado bananero. Se agachó a abrocharse la zapatilla izquierda.

 

No podía ser: al levantar la vista del cordón recién abrochado, el joven del abrigo con la bandera de Noruega le pedía fuego. Y había otro joven idéntico a su vera.

 

—No fumo.

—Con ese Quechua ni pa tabaco tendrás, normal.

—¿Perdona?

—Que eres un puto pobre de mierda.

 

Le dieron ganas de darle un codazo en toda la boca. A su amigo también. Su risa cómplice era aún peor que lo proferido por el otro desgraciado.

 

—Tengo prisa, adiós.

 

Le bloquearon el paso. El de la risa le agarró del brazo.

 

—Tú no tengas tanta prisa, que vas a seguir siendo pobre por rápido que andes.

 

Se zafó y aceleró el paso. Conforme empezaba a vislumbrar el final de la calle y a dirimir para qué lado saldría corriendo al doblar la esquina (ya le daba igual el Cosmocaixa) vio que de ambas vías de escape surgían sendos grupos de jóvenes todos con abrigos con la bandera de Noruega por pecho.

 

Se paró. Eran todos iguales.

 

Desde el balcón del claustro de profesores del Campus de La Salle el rector tomaba nota de todo lo que veía. De vez en cuando ponía algún número dentro de una casilla, por lo general nueves y dieces. También había pintado dos caras sonrientes, no correlacionadas en realidad con ninguno de los valores numéricos asignados a las casillas. Cuando se aburría corrigiendo exámenes siempre pintaba caras sonrientes.

 

Todos le sitiaron. Comenzó a respirar rápido. Al decir “qué queréis de mi” tartamudeó un poco. Quiso haber terminado su pregunta con “hijos de puta” pero, sencillamente, eso no llego a ocurrir.

 

—Nada, hombre, tranquilo.

 

Uno de los chavales idénticos entre sí, ya imposible determinar si el de la risita u otro cualquiera de entre todos los incorporados recientemente, soltó una sonrisa y habló con fingida voz infantil.

 

—Solo queremos que vayas a Cosmocaixa.

 

Mientras ellos subían con las tres maletas chorreando sangre a dejar los pedazos en el estanque de las capibaras, el rector bajó a limpiar la acera. Estaba orgulloso de ellos.




 

 




VOLVEMOS EN SIETE MINUTOS

 

—En esto no podremos ayudaros, es por vuestra cuenta y riesgo. Negaremos todo.

 

Los dos presentadores del magazine de la mañana asintieron ante el Consejo de Antena 3. Era todo o nada. La Reforma en la Ley General de la Comunicación Audiovisual prohibía de forma clara y tajante que cualquier empresa contratase publicidad en los bloques de todo programa que abordase muertas violentas y violaciones. Las multas, por su importe, más que carácter disuasorio tenían una disposición desmanteladora. No pocos periodistas temblaban al recordar la manera en la que desapareció Tele 5.

 

Al llegar al velatorio ella se fingió prima coruñesa venida ex profeso para el funeral. Fue modulando su actuación de una forma tan polarizada que pronto pasó del grupo de curiosos apostados en la puerta a ser acogida por la facción más extrema de las plañideras.

 

Él, con su pasado en el mundo del marketing, incluso disfrutó simulando ser un tío segundo emigrado cuando lo de las Malvinas a gestionar el patrimonio de otro antecesor lejano también emigrado.

 

—Una gran perdida, mirá. Ché, yo me quedo un rato, vos vashanse. Ese boludo debé ser ajusticiado, ¿entendés? La concha de tu madre, vieja: marcháte a descansar shá, de aquí no se va a mové.

 

Tras acompañar al aparcamiento a todos para asegurarse de que se iban, iniciaron el plan. Volvieron al coche y sacaron las bolsas de deporte.

 

Ya en la sala echaron a suerte qué lado del ataúd se quedaría cada uno. Ignacio quedó disconforme; un diestro siempre pega mejor las pegatinas en el flanco izquierdo. Susana le negó repetir la jugada.

 

—Haber cogido piedra.

 

Empezaron a pegar una pegatina tras otra en el ataúd, en la parte que quedaba oculta a quienes presentaban sus respetos a la difunta niña. Microcréditos Cofidis. Activia. La Tienda En Casa.

 

Volvieron al coche a por una bolsa especial con forma de pértiga. Iba a ser la guinda. El equivalente al primer anuncio tras las Campanadas de Año Nuevo, pero de las niñas violadas y asesinadas.

 

Desplegaron la lámina adhesiva estirando cada uno de un lado e hincando las rodillas sobre ella para impedir que recuperase la forma de turulo. Era una idea de Ignacio: de carácter longitudinal, la pegatina abarcaba todo el lateral que quedaba visible a quienes se acercaban a rogar por el alma de la niña y la pronta guillotina para quien Susana dijese mañana que culpable igual no era pero que qué raro se comportaba al perseguirle una cámara del programa desde que salía de su casa hasta que volvía.

 

Ignacio aseguró un extremo mientras ella iba estirando el otro en dirección opuesta; con los nervios se les había ido antes y la pegatina recuperó algo similar a la forma en la que llegó a aquella sala mortuoria. Al llegar al final Susana volvió hacia Ignacio planchando la pegatina con las manos para quitar las posibles burbujas que pudiesen haber quedado.

 

“Esta noche Dani Mateo en El Hormiguero”.

 

Conforme quedó puesta, sus manos se tocaron. Hicieron el amor sobre el ataúd. Se fueron.





 

 





PONTECORVO

 

No era creyente, pero sí que estaba familiarizada con todo aquello de las apariciones marianas. Era imposible abstraerse de ciertos remanentes del imaginario católico en aquel país. Antes de eso lo más cercano fue cuando calentando el aceite en la sartén, al cascar el huevo contra el lateral, una esquirla de la cáscara que saltó adentro hizo que el aceite se replegase desde el punto en el que terminó cayendo hacia el resto de la superficie de tal forma que se asemejaba a la Virgen llorando. Duró un instante de nada; ni habiendo tenido el móvil en la mano podría haber sido capaz de capturar el suceso, el presunto Milagro. No le dio importancia ni cambió su perspectiva sobre la fe. Lo que sí le recordó luego fue a todo aquello que había leído en varios libros de divulgación de mecánica cuántica, todo aquello de los tanques masivos de cloro enterrados a uno o más kilómetros de profundidad para intentar detectar neutrinos y validar su existencia acorde a lo que requería el modelo científico.

 

No le recordaba en sí al procedimiento para la detección, puesto que lo que le había pasado y lo de los neutrinos eran huevo y castaña, pero sí en la infinitesimal probabilidad de registro del fenómeno y, por lo tanto, del paso de mera hipótesis a modelo de pleno derecho.

 

No le dijo nada a sus amistades. Muchísimo menos a su marido: tras aquella racha de llantos espontáneos en lugares públicos de lo más insospechado, hablarle a quien fuese de aquello no era comunicar algo, sino cumplimentar el formulario de ingreso en la López Ibor. Lo que sí que se quedó pensando en ocasiones de esas que estaba distraída y la mente le operaba a su puta bola para buscar entretenimiento, era qué grado de importancia tenía la fe en el modelo científico, si podía llegar a tener una importancia lo suficientemente relevante como para poder ser consideraba variable o al menos, coeficiente. A resultas de ese pensamiento recurrente investigó sobre las biografías de Pontecorvo, Fermi, Pauli y varios otros que dedicaron sus vidas a intentar demostrar que sus deducciones y conjeturas eran ciertas pese a saber que los exiguos flecos que les separaban de ello eran proporcionales en los términos de indetectabilidad y esfuerzos requeridos para poder detectarlos. Pensó que la fe tampoco podía verse ni medirse, y que el gran problema compartido de la Religión y la mecánica cuántica era que lo que daba sustento a ambas y podía hermanarlas, además de todas las características anteriores, era que limitaba su visibilidad a meros indicios.

 

Siguió desapegada de la religión, pero estuvo leyendo casi todo lo que pudo sobre las teorías del Diseño Inteligente. Cada vez estaba más convencida de que aquello consensuado como Big Bang para que no se cayese el castillo de naipes de la astrofísica cuántica era el equivalente a lo que las religiones conciben con el nombre de Dios, que había una posibilidad de que no fuesen explicaciones del mundo excluyentes entre sí.

 

Aquel otro día fue diferente a lo de la sartén. Su medición era inapelable. Al igual que tantas otras veces a lo largo de su vida, la primera barrida de papel longitudinal por su ano y vagina quedó expuesta tras efectuar el limpiado al veredicto de sus propios ojos; aun siendo de la escuela del de atrás hacia adelante tenía miedo de que las heces pudiesen provocarle una infección por su manera de proceder a la higiene. Era ella. En el papel de doble capa figuraba una Virgen de heces de impecable trazo inconfundible hasta para un invidente: gracias al relieve que le confería la mierda a la imagen bastaba deslizar una mano para aun careciendo de vista saber que eso era una Virgen.

 

Con el tiempo se supo que era una reproducción exacta de La Muerte de la Virgen de Joos Van Cleve. Era una de las pruebas impuestas por la Santa Sede para acreditar que aquello era un Milagro. Había de serlo: un ano, ni en el improbable caso de haber cursado Bellas Artes y saber falsificar obras de arte, podía ser capaz de elaborar semejante ilustración al detalle en una fracción de segundo. Los matemáticos seguían estudiando con sus modelos de combinatoria múltiple qué probabilidad existía y entre cuantas podría darse de lo que ya era una realidad.

Estaba exaltadísima. No podía permitir bajo ningún concepto que el lienzo de mierda, el Milagro, cayera al suelo o chocase contra ninguna superficie. Un sfumato le restaría valor como prueba acreditativa, igual no de la existencia de Dios, pero sí de su valía en forma de indicio concluyente respecto a ello. Parecía un pingüino andando a lo loco por la cocina mientras buscaba un tupper apto para preservar incólume el Milagro con los pantalones en los tobillos y una migaja de diarrea resbalando todavía por su pierna derecha. No encontró ningún recipiente, así que optó por dejar el papel sobre la mesa de la cocina con un plato hondo encima volcado.

 

Terminó de limpiarse, se cambió de ropa, cogió el milagro usando de base un plato llano y manteniendo el hondo en la parte superior y salió corriendo de casa.

 

Monseñor tenía cuatro ventanas abiertas en paralelo en el navegador; una de ellas con un artículo a medio acabar sobre la serie The Leftlovers y el derecho canónico y las otras tres con diversos vídeos de la plataforma Xvideos, ninguno de ellos con individuos menores de edad ni de su mismo sexo. Timbraron con insistencia a la puerta, a la manera que se timbra cuando ocurre algo urgente. Se levantó y fue hacia la puerta.

 

—¿Quién? —preguntó mirando desde la mirilla

—¡Abra, Monseñor! —gritó sosteniendo el plato igual que Rafiki a Simba

—¿Quién es usted?

—¡Por fin creo! ¡Podemos demostrarles a todos que existe!

 

Monseñor se guardó la polla y abrió.




 

 




SPAM

 

Manuel lo tenía decidido. Iba a aparecerse en un relato. Por algo él era quien ponía la pasta para el libro. La página 58 era un lugar perfectamente válido para publicitar el resto de libros de la colección. Además, su presencia evitaría que un relato mediocre sobre metaliteratura fuese un relato mediocre sobre metaliteratura: él irrumpiría y lo convertiría en un espacio publicitario. A tomar por culo.

 

 La clase no se había repuesto aún de su portazo y el puñetazo en la boca al profesor. Nadie de los allí presentes se lo esperaba. Cogió El Principito de la mano del profesor, el cual yacía inconsciente en el suelo, y sacó un mechero.

 

Esto. Esto es la mierda.

 

Y comenzó a quemar el libro.

 

Nadie movió un músculo mientras Manuel escribía en el encerado.

 

Dennis Potter – El escondite -15 €

 

Fernando Márquez – Todos los chicos y chicas -15 €

 

Shuji Terayama – El hilo rojo que une al abandono -12 €

 

Efthimis Filippou – Veinte corazones, ganadores – 13 €

 

Nik Cohn – Sigo siendo el mejor, dice Johnny Angelo – 13 €

 

Julio Bustamante – Dos novelas – 13 €

 

Empezó a leer párrafos de Caos y Magia, el libro de The KLF. Al acabar les dijo a todos los universitarios que se dejasen de leer mierdas, que entre la narrativa de El Principito o la de una partida de Candy Crush mejor lo segundo una y mil veces.

 

Se quedó pensando si volvería a aparecerse en otro relato.

 

Se marchó del aula.




 

 




SEGURAMENTE HA IDO A BUSCAR LA CARTILLA DE LA SEGURIDAD SOCIAL

 

Se sentó frente al ordenador e introdujo en el buscador de la página:

 

sexo ciegos narrador

 

Sin quererlo la función de autocompletar fijó Antonio Gala cuando estaba tecleando la a y la ene para añadir tras narrador Ana Duato.

 

Fue al primer vídeo que ofrecía el resultado de la búsqueda y tanteó con la mano libre que el rollo de papel estuviese a su alcance. Tuvo que sacarlo de la bolsa del Carrefour.

 

“Un fornido muchacho, de tez calibrada por un horizonte en el que el agro y lo pecuario no temen cogerse la mano, timbra una puerta para depositar la ambrosía gastronómica italiana que vino en denominarse pizza. Abren y acaece la sorpresa: resulta que se trata de otro hombre. Igual de hirsuto que otomano. Oh, Perséfone. Oh, huera simetría. ¿Acaso viérase en el equinoccio de la”

 

Dio a retroceder en el navegador, puesto que no tenía el día para pajas experimentales. Hoy el cuerpo le pedía heterosexualidad, zona de confort ramplona. Limpió de la casilla de búsqueda lo especificado en la anterior selección de cara a sustituirlo por:

 

sexo ciegos tetas gordas

 

Arrancó seis tramos de papel del rollo y procedió a elaborar no un pliegue con ello, lo que hizo fue un cucurucho. Si tenía el día tonto era capaz de armar el unicornio de papiroflexia de la película Blade Runner para luego derruirlo con sus emanaciones seminales.

 

Al clicar el segundo resultado comenzó la fiesta. Frotó repetidas veces una mano contra la otra a la manera de una mosca antes de dar un picotazo. Antes de quedarse ciego era capaz de calentar esprintando arriba y abajo por el pasillo de su casa: le gustaba llegar medio sofocado a la faena para favorecer con la falta de oxígeno la excitación. La autoasfixia siempre le dio miedo.

 

“Hoy el equipo de las féminas saca a Gioda D´Arrico. Uno sesenta, cincuenta y cuatro kilos, marca de biquini en pechos e ingles, ojos azules, rasurada al completo. Sonrisa de vecina de en frente. La delantera es lo más destacado: ciento veinte de pecho y pezones como rotondas de entrada a ciudad dormitorio. ¿Qué hay del oponente, Michel? Buenas tardes, Jose Angel. El Niño Polla es un firme candidato al”

 

Volvió a retroceder en el navegador, ya algo cabreado con esa nueva moda de poner a famosos y a excomentaristas deportivos a narrar el porno para invidentes. O, más bien, con el hecho de que ésta moda hubiese acabado con el anterior porno para invidentes, el narrado por gente del todo anónima pero capaz de inducirle un estado de excitación muy similar a lo que él se imaginaba que experimentaría una persona con todas sus facultades sensoriales intactas ante un estímulo pornográfico del considerado estándar.

 

Salió de la página e hizo que el navegador le llevase a YouTube. En la casilla de búsqueda, antes de darle al Enter, puso:

 

Concha Velasco Lil Louis

 

Volvió a frotar las palmas de sus manos trazando direcciones contrarias de cada una respecto a su opuesta.

 

“Música ácida. Lil. Luis. La escena representa la consulta de... de un doctor. Esta señorita que canta está enferma. Está dada de baja en su oficina yyyyyyyyy su compañera ha ido a visitar a un médico que es un médico... es un especialista muy bueno porque parece ser que la señorita tiene bronquitis. El doctor le pide a la compañera que pasen al consultorio, donde estarán más cómodos. Le está diciendo en estos momentos que tendrá que hacerle la respiración boca a boca si es que falla laaa medicación que tiene preparada para esta pobre señorita rubia. La amiga dice queeee si no hay más remedio pues que sí. Él no parece muy.... muy convencida la amiga y se va. Seguramente ha ido a buscar la Cartilla de la Seguridad Social. En efecto, así es: la señorita vuelve. El doctor se pone muy contento y le va explicando poco a poco en qué va a consistir el tratamiento. La respiración boca a boca lentamente. Ella dice que no tiene anginas y que no le hace falta. Que es a su amiga a la que tiene que curar”.

 

El monitor reflejaba un cuerpo inerte con la cabeza vencida sobre su propio peso cayendo hacia el costado izquierdo de su cuerpo. La cabeza está cubierta con una bolsa del Carrefour.

 

“Llaman al médico, se quita la chaqueta y parece que va a.... ah, se le ha caído una lentilla, se le ha caído una lentilla. Va buscando la lentilla poco a poco yyyy, bueno, va a hacerle la respiración boca a boca. Le está haciendo la respiración boca a boca, la chica no se deja, no se deja, le da miedo. Finalmente parece que entre las dos van a estrangular al médico. Que sí que sí, que lo estrangulan. Sí, sí, sí, por dios. Ahí está, ahí está, ahí está, acaban de estrangular al médico entre las dos. Qué pena más grande, dios mío”.





 

 





GOOGLE CHROME

 

Si atendía una señora, decía al instante que rápido, que le pasase con Felipe, que tenía que hablar con él. Si preguntaba por qué respondía que era en relación a su DNI, que llamaba de la Comisaría.

 

Si el que respondía era un menor también pedía por él solo que habiendo modulado antes su voz de tal forma que su tono fuese casi idéntico a los dobladores de dibujos animados. “Anda, majo, pásame con Felipe.”

 

Si atendía un hombre adulto ya tenía media criba hecha. Ahí iba directa al turrón: “¿Felipe? ¿Felipe González?”

 

Hasta que se dio una llamada así tuvo que realizar anteriormente otras mil setecientas veinticuatro. Fue esa llamada la que estableció el modelo para todas las demás cuyo interlocutor afirmaba ser Felipe González.

 

“Señor Equis, tú mataste a mi hermano. Prepárate a morir.”

 

Solo eso. Nada más. Hasta ahí llegaba la conversación.

 

En los seis años que pasó emitiendo llamadas realizó un volumen total difícil de cuantificar con precisión.

 

Ni un día se salió de la jornada tipo que se autoimpuso: llegaba al cuartito a las diez de la mañana, depositaba el termo de café sobre la mesa, se sentaba con el teléfono a mano y se ponía a llamar sin descanso al listado que le habían conseguido. Una vez terminaba la llamada colgaba y tachaba el número marcado. Así todo el rato hasta las seis de la tarde. Así varios años hasta que tachó el último número.

 

Aquel veintidós de abril Felipe justo llegaba a casa tras tomar unos finos con unas amistades. Juncal, la eficaz asistenta, se apercibió de ello un instante antes de responder al teléfono. “Sí. Ya mismo le paso con el señor, acaba de llegar. Lo habrá perdido ahora.” Tapó el auricular inferior con la mano y le hizo la señal convenida para las llamadas inexcusables, señal que convinieron durante toda aquella serie de procesos judiciales de los noventa.

 

Felipe se acercó al aparato y le dio las gracias a Juncal. Le hizo el gesto de que cerrase la puerta al salir. Dijo dos veces sí: la primera con una entonación natural y la segunda con cierto tono furibundo. Se quedó un rato mudo, sin terminar de colgar el auricular en el soporte del teléfono.

 

Colgó.

 

Descolgó de inmediato y adquirió por teléfono un billete a Brasil.

 

Desde allí gestionó la venta de casi todo su patrimonio.

 

No volvió a pisar España.

 

Murió en junio de 2025.

 

Al verificar en su Wikipedia que había muerto Pilar sonrió.

 

Era su página de inicio en Google Chrome.



 

 



DOCTOR MARIO

 

—Reclínese y abra las piernas, por favor.

 

Eva hizo caso de lo que le pedía. Con la vista girada noventa grados por estar con la cabeza echada, observaba con qué escrúpulo desinfectaba el espéculo.

 

Mientras se lavaba las manos, de espaldas a ella, daba una pequeña ponencia sobre lo imprescindible de desinfectar de forma adecuada el material médico si de veras se quería luchar contra el incipiente y preocupante aumento de mujeres con esmegma femenino. Acompasó la penúltima frase de su perorata con un giro de ciento cincuenta grados que le dispuso frente a ella. Ahí ya zanjó:

 

—De boquilla es muy fácil, ¿sabe usted?

 

Eva lanzó un rápido vistazo a la montaña de ropa que había dejado sobre el butacón, coronada por unas braguitas ni blancas ni rosas, indecisas entre ambos colores. Le daba todo el asco del mundo que por lo que fuese las bragas resbalasen y fueran a estamparse contra el suelo; no sería la primera vez que la primera papelera a la salida de un ginecólogo acababa con ropa interior suya dentro.

 

Abrió las piernas e intentó abstraerse de lo que le habían comentado ya un par de conocidas sobre el doctor Mario. Ella prefería hacer un crossover entre la presunción de inocencia y la navaja de Ockham, de tal manera que los farfulles de esas chicas carecían de relevancia ante el hecho comúnmente aceptado de que, por así decirlo, entre unas crocretas de chocho u otras de polla, el doctor Mario se comería cuatro tuppers de lo segundo. Esta sensibilidad refutaba todas las habladurías y leyendas urbanas que últimamente se oían en la calle y en ForoVogue.

 

Pensó en sus visitas al Aquópolis de pequeña y en cuando tenía que limpiar el coche a manguerazo limpio. Era algo que le ayudaba a que se le hidratase lo suyo. Tenía pavor a lo que otra amiga suya denominaba el secarral genital, o más bien a que dicha aridez hiciese que el tránsito del instrumental fuese doloroso. También se había formado una idea mental del ruido que produciría el instrumental en semejante tesitura, y era lo que más dentera le daba en esta vida aun sin saber en realidad a qué sonaba.

 

—Vamos a ver esa pepitilla.

 

El doctor Mario que ocupa esta historia al principio bien pero luego volvió a ocurrirle lo que a veces le pasaba: la habitación empezaba a dar vueltas en cuanto focalizaba la vista en la vagina de su paciente.

 

La vagina de Eva dejó de ser tal cosa. Es decir: para Eva, para cualquier observador que no fuese el doctor Mario, era justo eso, una vagina, una hendidura en un cuerpo, un orificio. Para el doctor Mario era un portal interdimensional.

 

Esto nunca se lo decía a sus pacientes. Hacía coñas tipo “tiene usted el coño que parece un Hyundai Carapolla”. Buscaba que lo último que supiesen es que estaba trazando el mapa mental del portal, en su cabeza siempre con la estructura laberíntica de la vagina de una pata, de un ánade hembra.

 

Sacó el espéculo de la vagina de Eva y dijo “ajá” justo tras observar en qué parte dejaba de estar mojado de flujo el instrumento. Se arremangó el brazo derecho y lo introdujo hasta el codo como un resorte, extendiéndolo al máximo de sus posibilidades en un instante con una violencia inusitada.

 

Eva se desmayó de dolor al momento.

 

Sabía que cuantas más veces lo intentara antes daría con su hija y antes podría traerla de vuelta.

 

Solo tenía que poder extenderle su mano.

 

Solo tenía que ser capaz de superar con la explosión longitudinal de su brazo el laberinto que suponía cada portal, cada vagina.

 

Entrenaba a diario su técnica frente a vídeos a cámara lenta de eyecciones de penes de patos.

 

Se sentaba a llorar detrás del biombo hasta que ellas por fin despertaban y recuperaban el conocimiento. Les prometía que nunca lo volvería a hacer.

 

Nunca denunciaban.





 

 




LA LATINA

 

—Cañita.

—Cerveza, señorita. Diga cerveza.

—Cañita.

—Cer-ve-za.

—Ca-ñi-ta.

 

Las pupilas estaban bien y era capaz de andar erguida sin ayuda. Tampoco había indicios de hemorragias internas.

 

—Dime, campeón: ¿sabes si tu mamá es epiléptica?

—Qué va a ser epiléptica.

—¿Seguro?

—Es de Madrid, de toda la vida.

 

Aritz no daba crédito. Se pasaba la palma de la mano por la frente sin parar. El resto de amigas de la atendida seguían sentadas en una terraza de La Latina. Pidió a otro compañero del SAMUR que velase de la chica y su hijo para ir con las demás a averiguar si la muchacha era epiléptica. Creía que ahí podía estar la clave una vez descartadas el resto de posibles causas para su extraño colapso.

 

Al llegar a la mesa estaban todas idas, con una sonrisa bobalicona en la cara. No todas llevaban gafas de sol puestas, pero las que disponían de ellas sí.

 

—Hola, señoritas. Su amiga está bien pero necesitamos saber si es epilé..

—Cañita.

—¿Cómo dice?

—Cañita.

 

Empezaron a decir todas a una voz: “Cañita”.

 

Aritz echó cuentas rápido y, si no se equivocaba, le salía con este último grupo de siete chicas un total de ochenta y dos mujeres en lo que iba de mañana todas incapaces de pronunciar algo distinto de “cañita” en lo que iba de mañana. Y no eran ni las dos del mediodía aún.

 

Miró atrás, a donde quedó antes su compañero con la mujer y su hijo. Le había alarmado el llanto histérico de este último.

 

“Esta no es mi mamá”, lloraba la criatura.

 

Fue corriendo hacia ellos. No sabía por qué, pero algo le decía que había que impedir el acceso y salida a cualquier precio a La Latina si se quería evitar que la cosa pasase a mayores. Quién sabe si a pandemia. Era preciso imponer una cuarentena.

 

Llegó sofocado. Tragó saliva antes de hablar con su compañero.

 

—Aitor, son las terrazas.

—Terracitas.




 

 




ET CONSUMIMUR IGNI

 

“Una hora. Una puta hora. Y llegan y pasan tres seguidos ahora. No tienen vergüenza. Qué hijos de puta. Se iban a cagar si me dejaran organizarlo a mí”.

 

Volvía maldiciendo en su perorata interna al autobús, al conductor y a la empresa operadora del servicio. Le parecía un escándalo que sí que tuviesen hojas de reclamaciones, pero chantajeasen de forma subrepticia con la obligación de rellenarlas de tal manera que el hacerlo impidiese que el autocar arrancase hasta que quedara completamente cumplimentada, con lo que ello comportaba para el resto de pasajeros que habían esperado lo mismo para acceder al autobús y aún estaban detrás suya en la cola de acceso. Bien mirado era un victim blaming de una eficacia sobrecogedora en cuanto a su poder disuasorio de cara a cursar una protesta por el único canal que daban a ello: ni un minuto rellenando el impreso que ya alguno de los que abucheaban (por tener que esperar todavía más por un gilipollas a subir al autocar) seguro que pensaban más en pasar a las manos contra otro damnificado que en cursar una queja quemando las oficinas de la empresa operadora del servicio.

 

En esas andaba, doblando ya la esquina para continuar calle abajo, cuando el Ford Fiesta que daba marcha atrás en paralelo a él desde el semáforo resulta que también decidió acompañarle en el giro. Un giro perfecto, de una fluidez tal en cuanto seguir ambos, peatón y coche, desplazándose en paralelo, que lo primero que vino a su mente fue el temor a que se bajase la luna de una de las ventanillas traseras y ahí mismo le cosiesen a tiros.

 

Siguió andando. El temor era absurdo, puesto que no tenía cuentas con nadie, pero a la vez fundado ya que en La Ventilla del todo seguro nunca se podía estar: un parecido físico con quien fuese, con quien no se debía, a un matarife a sueldo no le suponía ningún óbice más allá de tener que realizar el doble de esfuerzo para un único encargo al tener que duplicar un asesinato.

 

Cuando terminó su pesquisa comprobó que el coche iniciaba una maniobra de aparcamiento.

 

Juntó la lengua contra el paladar para despegarla y poder emitir así la onomatopeya universal de desagrado y disconformidad. Vaya susto le había dado ese anormal de mierda con su conducción entre lo heterodoxo y lo temerario.

 

“Anda que no hay días y barrios para hacer el canelo, gilipollas. Tenía que ser hoy, ¿eh? Justo hoy. Justo cuando me estalla de dolor la cabeza por un puto anormal que hace que llegue una hora tarde a casa del curro. Si de mí dependiese a ti y al otro hijo de puta de los huevos os colgaba a los dos”.

 

Siguió a lo largo de la perpendicular absorto en recordar si había puesto a descongelar o no los filetes de pollo por la mañana antes de salir de casa. Tan absorto que no fue hasta el cuarto coche que se dio cuenta que iban todos marcha atrás.

 

Conocía esa calle y no había otra posible explicación: iban todos del revés.

 

Detuvo su paso un momento. Eso no podía ser.

 

Al acercarse a la calzada para ver qué hacían o a dónde iban después de superarle un quinto coche casi le atropella; el claxon, aún a su espalda, hizo que pegara un brinco en dirección a la acera. Ahí tropezó con el lomo de otro vehículo y, al girarse ayudado del impulso de sus manos contra el capó, vio algo todavía más difícil de asimilar que todo lo que venía ocurriéndole desde que viera al Ford Fiesta.

 

La ese de SEAT que presidía el frontal del vehículo, el logotipo de marca estaba a la inversa de lo que era lo normal.

 

De nuevo recorría la calle otro vehículo, también del revés.

 

Sacó rápido el móvil del bolsillo trasero del pantalón vaquero. Quería aprovechar a grabar un vídeo o tomar una foto. Quería documentar con pruebas que no estaba loco, que eso le había ocurrido de verdad.

 

Con los nervios el móvil fue a estamparse contra el suelo. La batería fue a parar debajo del SEAT.

 

Alzó la vista dispuesto a cagarse en su puta estampa. Ya tenía medio puño apretado y los ojos entrecerrados cuando vio a lo lejos la silueta de una persona de espaldas.

 

—¡Oiga! —chilló con todas sus fuerzas— ¡Usted!

 

La figura al fondo comenzó a desplazarse en su dirección.

 

Solo cuando estuvo debajo de la luz de la farola que quedaba entre ellos pudo distinguir algo de esa sombra que corría hacia él.

 

Solo entonces pudo comprobar que donde debía figurar una cara había una nuca.

 

Pudo más lo grotesco de la imagen que el intento de auxilio en sí: se desmayó.

 

Estaba inconsciente cuando él empezó a darle ligeros puntapiés gritando

 

—!Ye, ogima¡ !Ye¡ ?Neib artneucne es¿





 

 





LISTADO DE PLAGIOS E INTERPOLACIONES

 

Antimateria: basado en Interstellar de Christopher Nolan.

 

Déjamelo corto: basado en Cabeza negra de Feria.

 

Suárez El Picador: basado en las técnicas de sampleo de The KLF y DJ Detweiler, interpola varias páginas de Bartleby, el escribiente de Herman Melville.

 

La Bien Querida: basada en Sueñan los androides de Ion de Sosa, interpola una frase de Siete medidas de seguridad en lenguaje binario.

 

La bolsa: basado en la autobiografía de Leni Riefenstahl, formato plagiado de ¿Te gusta lo que ves? de Ted Chiang.

 

Primogénito López: basado en el concepto de la espera de las canciones de Primogénito López y en Picnic en Hanging Rock de Peter Weir.

 

Contraté una hipoteca inversa: basado en Sayonara CP de Kazuo Hara.

 

Chris Korda: basado en La Iglesia de la Eutanasia y en Mátese usted y vivirá feliz de Enrique Jardiel Poncela.

 

El perejil: basado en Bambú de Juvenilia, también interpola frases de la canción. 

 

¡Hola!: basado en La colmena de Camilo José Cela.

 

Prosa cipotuda: basado en la obra de Dennis Potter y en Pirandello.

 

Contra el Monopolio de la Nostalgia: basado en La tercera generación de R. W. Fassbinder, y en Nocturama de Bertrand Bonello.

 

Herrera Oria, Cruz del Rayo, Nuñez de Balboa: basados en Rashomon de Akira Kurosawa, y en Philip K. Dick.

 

Arenas movedizas: basado en Tú lo que tienes que hacer, de Chico y Chica.

 

Los Punsetes: basado en Understanding Media de Marshall McLuhan, interpola frases de Paraíso y Aceptamos fracaso, así como frases de The Senses de Otto Lowenstein.

 

La presidenta: interpola una frase de Te pintaron pajaritos de Yandar & Yostin, y una expresión de La distancia sobrante, de Los lagos de Hinault.

 

Tres metros sobre el cielo: basado en The Falls de Peter Greenaway, en Pair Of Wings de Frankie Rose y en L´Amour Toujours de Gigi D´Agostino. El estilo con pronombres que no especifican genero está basado en Take Ecstasy With Me, de The Magnetic Fields.

 

Sue Tompkins: adaptación al castellano de The Leanover de Life Without Buildings.

 

Carlos Berlanga: basado en Camiones de Stephen King, y Colofón Fantástico de Wenceslao Fernández Flórez. Interpola frases de La rebelión de los electrodomésticos de Alaska y Los Pegamoides.

 

Hacienda Akbar: basado en Sumisión de Michel Houellebecq, y en The Twilight Zone de Rod Serling.

 

Ministry Of Silly Glasses: basado en Flying Circus, de Monty Python.

 

Elige tu propia aventura: basado en La pata de mono de W.W. Jacobs.

 

Dona Ya: basado en Pesadilla en Elm Street de Wes Craven, y en Cemetery Of Splendour de Apichatpong Weerasethakul.

 

Los retrocognitivos: basado en Jam de Chris Morris.

 

El manipulador de alimentos: basado en los relatos cortos de Enrique Jardiel Poncela.

 

Los niños del Napapijri: basado en El juego de los niños de Juan José Plans, y en Antonio García Mateo de El Gran Puzzle Cózmico.



Pontecorvo: basado en Mil millones de naves de Pablo Vergel, y en un artículo de apariciones marianas de Mondo Brutto.

 

Seguramente ha ido a buscar la cartilla de la Seguridad Social: interpola una presentación en vivo de Concha Velasco a un playback de Lil Louis en un programa de variedades.

 

Doctor Mario: basado en los estudios de Patricia Brennan sobre la evolución de las morfologías de reproducción sexual y en Inseparables de David Cronenberg.

 

La Latina: basado en El Ángel Exterminador de Luis Buñuel, interpola una frase recurrente de Nené Sakurada en Shin Chan.